Wilson García
Columnista / 3 de julio de 2021

Cuál es mi “deber”

Si bien se encuentra en discursos, documentos y en las manifestaciones de hoy, que uno de los argumentos que refuerzan la razón de ser participante de una sociedad civil es que nacemos en un estado de derecho como modelo para interrelacionarnos con autonomía y respeto, dentro de lo cual cada uno de los ciudadanos tendríamos que ser conscientes de nuestros derechos y deberes para vivir en un ámbito de libertad y orden como lo recuerda la cinta del escudo nacional, hoy ante cualquier tema y en cualquier ámbito estamos viviendo un momento explosivo de rabias acumuladas a causa de la suma de una mayoritaria mala calidad de vida en general (laboral, familiar, emocional, material, espiritual) que desdibuja y desmadra todo carácter exponiéndonos a un alto riesgo por reactividad agresiva sin racionalidad ni medida.

En mi época de escuela tuve una clase que se llamaba Sociales, otra llamada Civismo, y en secundaria una con un nombre jocoso, Comportamiento y Salud, donde nos enseñaban a ser cívicos y entendernos como seres sexuales responsables del cuidado de si mismo. Entre una y otra se suponía que debí haber entendido cómo hacer parte de un grupo social respetando su constitución y configuración para comprender las reglas existentes que enmarcan las normas de control de nuestras conductas, con el objeto de motivar las que sean correctas o desalentar el uso de las que se consideran indeseables para el bien común. Lo primero fue que en ninguna de esas clases hubo pedagogía detenida sobre la importancia de entender cómo estamos constituidos para funcionar como individuo, como familia, como profesional, como ser social y como aportante a una construcción permanente de sociedad y país. Nunca recibí un ABC de la Constitución Política Colombiana. En estas columnas he tratado de plasmar los momentos que han sido puntos de atención en mi proceso de aprendizaje y convivencia, y la de hoy me invita a escribir sobre algo que siempre me cuestiona y me alborota, los derechos y deberes para poder ser un ser social.

Es inherente al ser humano que en su naturaleza agradezca con nobleza el acompañamiento que recibe, tanto en su infancia como en un estado de inhabilidad, o envejecimiento, pero esa gratitud se está enlodando con las acciones de violencia que nos rodean, al culparse generacional, irracional y mutuamente por una acción u otra afectando todas las vidas. Las etapas de la vida nos ubican sabiamente en franjas temporales con condiciones físicas y mentales para poder ejercer nuestras capacidades intelectuales y emocionales a favor o en contra de nosotros mismos, según la franja en la que nos encontremos, niñez, adolescencia, madurez, o adultez. Lo que no se esperaba es que las sociedades tarden tanto en comprenderse en esta coexistencia para compartir espacios y tiempos interrelacionando los momentos de la vida sin que esto sea un argumento de confrontación, separación, desprecio, subestimación o manipulación entre una edad y otra. Eso de repetir públicamente los abuelitos, la vieja, o los chiquitos entre otros, es un modo de inhabilidad preconcebida para intimidar y desestimar competencias de los que viven en esa etapa de la vida.

Desde niño me llamó la atención el modo como los adultos se dirigen a los infantes, con esos gestos y tonos de voces que los transforma en caricaturas atontadas para decirle “hola” a un bebe: “A gu gu, A gaga”, deformándole la expresividad y el lenguaje de manera innecesaria. A los niños se les juega con su imaginación pero no se les manipula su creatividad; a los adolescentes se les debe acompañar y oír antes que reprimir, a los jóvenes se les debe motivar sus capacidades, a los adultos se les debe dejar aplicar sus conocimientos y a los mayores se les debe honrar, respetar, acompañar y amar. Cada una de estas etapas de la vida merecen un lugar en sana convivencia sin imposición de una sobre la otra, sin abusos de sus derechos, con consciencia de sus deberes y sobre todo con la visión holística que permita conservar acciones políticas que los protejan, que estimulen, que juzguen con transparencia, que castiguen con justificación, que otorgue segunda oportunidad y que honre la vida misma por encima de cualquier pensamiento o acción de autoritarismo con ambición ciega y desmedida.

Pensando en mi papel y actuación en medio de todas estas manifestaciones que vivimos, leyendo grafitis de “mejor no ser tibio”, “no vote en blanco”, “no sea blando”, y removiendo mis pensamientos a causa de la presión social que nos agobia, tengo claro que a lo primero a que me opongo es a toda enajenación manipulada para que cambie mi carácter y modo de pensar, encaro todo lo que quiera obligarme a hacer parte de una ideología u otra, que me pida actuar por una línea u otra, o insista en acolitar una voz u otra, nada de eso haré porque como dice el jornalero español, en mi hambre mando yo, y es mi pensamiento, voz y carácter el que me permita ser individuo social que aplique derechos y deberes a pesar de haber nacido en una sociedad que vive del fiado, entendiendo que vivir del fiado no es solo deber dinero, son muchas más profundas e importantes las actitudes, compromisos, promesas, honores, respetos, reconocimientos que quedamos debiendo para construir sociedad íntegra y desarrollada.

En “C”olombia todos vivimos del fiado, démonos cuenta que se incentivan y publicitan políticas que permiten la promoción del crédito para invertir, de las tarjetas bancarias para viaje ocio y placer, de los préstamos para estudiar, de las hipotecas para resolver pérdidas de dinero, de la usura como negocio, del interés sobre el préstamo como trabajo honrado y normal, de la tasa de interés como política económica de desarrollo, en fin estamos imbuidos en un sistema que en vez de educarnos para producir sin deber o crear consciencia sobre el significado de “deber”, lo que hace es ponernos a todos a “deber” convirtiéndonos en un país que deformó el valor del “deber ser” por el del “deber dinero”, llevándonos a vivir del fiado como maquinaria de enriquecimiento y poder a un costo de facturar o cobrar con sangre y de modos macabros todas sus deudas ideológicas no saldadas, no acordadas, no dialogadas, como lo estamos viendo noticia a noticia, combate a combate y muerto a muerto que brota de esta desconfianza política y social. No bastándonos con debernos a nosotros mismos, ante el mundo entero estamos quedando con deudas de derechos humanos, mostrando la incipiente capacidad de raciocinio colectivo cuando de generosidad, cuidado de si mismo, principios, valores y respeto a la vida se trata. Los invito a vivir la cultura como espacio de búsqueda de identidad y expresión personal, es un buen lugar para crear consciencia de la convivencia plural y diferencial, a mi por ejemplo me ha ayudado a consolidar entre mis principios que mi deber es vivir y dejar vivir, ser y dejar ser.

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