Sonia Gedeón
Columnista / 17 de abril de 2021

El edecán de las reinas

Corría el mes de noviembre de 1983, y la ciudad todavía celebraba el triunfo de la cartagenera Susana Caldas Lemaitre como Señorita Colombia, cuando un joven isleño del archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina, de amplia sonrisa y apasionado por los reinados fue admitido para el cargo de botones del Hilton Cartagena, sede del Concurso Nacional de Belleza. Su nombre Gilberto Antonio Peña Taylor.

Esa primera oportunidad de trabajo que con su buen ojo le asignó Asunción de Moncaleano, gerente de Recursos Humanos de la época, marcó para siempre su destino y desde entonces su nombre se convirtió en un referente de hospitalidad y buen servicio.

A Gilberto, o Anthony, como prefería que le llamaran, aquel adagio que dice: “No es el cargo el que lo hace a uno, sino uno el que hace el cargo”, le venia como anillo al dedo. Desde su puesto de comando en el lobby se ganó la simpatía de miles de colombianos que, a través de las décadas, fueron huéspedes del primer hotel cinco estrellas de la ciudad. Tenía un sexto sentido para reconocer, identificar y complacer las preferencias de los pasajeros.

Su calidez iba mucho más allá de cargar una maleta, abrir una puerta o responder una llamada. Con una memoria prodigiosa se aprendía los nombres de los pasajeros, el tipo de habitación de su preferencia y todos aquellos detalles de reconocimiento que el turista busca y con los cuales se siente halagado.

Anthony no tuvo la fortuna de ir a la universidad, mas en la lectura encontró un refugio y una manera de superarse.  Escribió a mano alzada manuales de servicio al cliente para talleres que dictaba en el Sena, dada su trayectoria, experiencia e inagotable disposición de complacer y atender con gallardía a quien correspondiera.

De ese primer semillero de trabajadores del Hilton Cartagena en los años 80’s, Anthony fue el mejor ejemplo de superación, amabilidad y sentido de pertenencia que tanta falta hace hoy a las nuevas generaciones.

Fueron 32 años de trabajo ininterrumpido en la industria de la hospitalidad, donde, por su desempeño y don de gentes, fue promovido, primero, a recepcionista cuando recién se implementó la sistematización de procesos. Allí aprendió de computación y caja. Años más tarde, cuando se amplió el hotel y se abrieron los pisos ejecutivos y el Executive Lounge, no pudieron elegir mejor al anfitrión de ese espacio de atención a los viajeros frecuentes.

Reconocimientos tuvo muchos, su nombre siempre estaba entre los nominados y ganadores en las distintas modalidades de galardones que otorgaba la cadena, tanto en lo local como en lo internacional. El de mayor trascendencia, fue el Premio Portafolio Empresarial 1997, en la categoría Servicio al cliente, que otorga anualmente el Diario Portafolio y El Tiempo. Su jefe de muchas faenas, Judy Merlano, recuerda lo que para él significó vivir esa gala de la premiación en Bogotá. La describe como una noche llena de magia, orgullo costeño y sensibilidad, que disfrutó a plenitud sabiéndose reconocido en las entrañas del mundo empresarial, más con la misma humildad y simpatía de siempre.

Así como se esforzaba por aprender, estaba siempre al día en materia informativa. La prensa escrita se convirtió en su aliado para entender el acontecer nacional y eso le permitía ser los ojos de relaciones públicas y ventas en el lobby. Con su habitual galantería hacia sentir muy bienvenidos a los viajeros desde el primer momento, y en las fiestas de noviembre se ganó el derecho de ser el edecán real de las candidatas, en el desfile en traje de baño, en la piscina del Hilton.

Vivió y trabajó para el bienestar de sus hermanas Verónica e Irma. Siempre estuvo pendiente de complacerlas y apoyarlas en todo. Procuraba que no les faltara nada y que fueran felices. Con lo goloso que era, muchas veces se sacrificó en esos gustos extras a la hora de sentarse a la mesa o de comprarse una camisa nueva para darles lo que necesitaran.

La vida de Anthony estuvo lejos de ser la del príncipe Felipe de Edimburgo. Sin embargo, construyó alrededor de sus reinas su propio reino que recreó en libros, con estadísticas minuciosas de cada una de las actuaciones de las Señoritas Colombia desde Susana Caldas hasta nuestros días. Esos libros se los llevó el año pasado el huracán Iota y reposan en el fondo del mar. Sus preferidas: Susana Caldas, María Mónica Urbina, Sandra Borda, Paola Turbay, Paula Andrea Betancour y Paulina Vega. Entre las reinas de casa, Rochie Stevenson, María José Barraza, María Clara Lemaitre, María Fernanda Villamarín y Vicky Vellojín.

Sus amigos y compañeros que celebramos su rescate con vida y traslado a Cartagena, el pasado noviembre, hoy lloramos su partida a la eternidad. Se fue sin pensarlo, muy ligero de equipaje, soñando con una torta de pan sin pasas y cabello de ángel cuando le dieran de alta del hospital. Al momento de irse, su corazón estaba pleno de gratitud con Jaidith, su escudera y cómplice de los últimos meses, y de regocijo de saberse querido por esa hermandad Hiltoniana, que hizo más llevadera la ceguera que lo aquejaba y que lo aisló para siempre de este mundo.

Esta semana ya no podré leerte está columna que esperabas con tanta ilusión cada sábado. A esa hora estaremos unidos en oración, celebrando tu vida, por ser el buen amigo y extraordinario ser humano que fuiste. Descansa en paz Anthony.

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