Juan Alejandro Tapia
Columnista / 8 de junio de 2024

En defensa de Esperanza

Saltaron como fieras a la yugular de Néstor Morales los amantes del folclor vallenato cuando hace un par de semanas el director de Mañanas Blu, con su estilo corrosivo -que, al Cesar lo que es de él, ha llevado a la emisora al primer lugar en la franja matutina-, criticó el homenaje musical en el Congreso de la República a la memoria y obra del maestro Omar Geles, preguntándose qué habría pasado si la difunta hubiese sido la actriz porno Esperanza Gómez.

Néstor -lo llamo por su nombre de pila porque trabajé dos años a su lado y no pretendo referirme a su manera de conducir el programa, a todas luces exitosa, sino a su comentario y la reacción que suscitó- no estuvo de acuerdo con profanar el recinto donde los honorables parlamentarios deciden el futuro de la patria con la interpretación sentida que hizo el senador atlanticense Carlos Meisel de Los caminos de la vida, la composición mítica de Geles, quizá la mejor intervención del congresista del Centro Democrático en sus dos periodos como legislador.

En un intento desesperado por salvarlo de la hoguera de las redes sociales, en la que ha sido incinerado más de una vez hasta volverse tendencia nacional, sus compañeros de la mesa de trabajo, con el padre Linero a la cabeza, vallenatólogo y amigo de Geles, le recordaron a Néstor el legado del fallecido acordeonero y compositor que, según sus biógrafos, dejó más de mil canciones. Sin embargo, con el cuerpo del artista todavía fresco, la indignación corrió desde La Guajira hasta el Amazonas en un santiamén, pues Geles había logrado unificar, alrededor de su talento indiscutido, a un país de regiones.

Pero nadie, en la mesa de trabajo o en las redes, salió a defender a Esperanza Gómez. Como si su desemepeño en la industria porno, reconocido internacionalmente, no la hiciera merecedora, llegado el día, de una medalla o un pergamino del Congreso. A sus 44 años, dedicada casi que por completo al contenido en línea, la actriz nacida en Belalcázar (Caldas) abrió una ruta para decenas de sus compatriotas, primero con las grandes productoras de Estados Unidos y luego como empresaria de su propio material para adultos. Solo la moral prejuiciosa de una sociedad hipócrita impide ver en ella un ejemplo de tenacidad y superación.

Es la sociedad que jerarquiza a los ciudadanos por el diploma que cuelgue en su pared. Que eleva al economista y rebaja al licenciado en educación física, que cree que la función de un periodista o un magistrado o un cirujano es más importante que la de un plomero, un carnicero o un maestro de obra. Para esa sociedad, que incluye a miles de admiradores secretos de sus películas, Esperanza Gómez no es más que una provinciana indecente que cometió el pecado de triunfar.

Con la pandemia, millones de actrices porno en el mundo, entre ellas Esperanza Gómez, migraron a los contenidos en línea y a plataformas como Onlyfans para mantener a flote sus ganancias. Colombia es el tercer país de América Latina en producción de material para adultos y ocupa el puesto 17 en el ranking orbital. Esta industria paga 80 mil millones de pesos anuales en impuestos desde 2019, cuando el Ministerio de Hacienda reguló «toda actividad digital de contenido sexual y/o erótico explícito para la recreación del consumidor».

Quizá lo que incomoda de Esperanza Gómez no es su manera de ganarse la vida, sino la satisfacción que transmite su voz, sus ojos, su cuerpo entero, al referirse a su trabajo. La pregunta la persigue cada vez que, en su condición de estrella, concede una entrevista dentro o fuera de Colombia: ¿por qué una mujer con sus cualidades, que van más allá de su físico -se ha animado a opinar de política, economía y la situación social de su país-, terminó en la pornografía?

Ella, franca y con la mirada fija en su interlocutor, responde sin asomo de vergüenza: porque era su sueño. Porque fue lo que quiso ser desde que entendió que no estaba hecha para modelo ni ejecutiva ni ama de casa, y para conseguirlo fue capaz de convencer a su marido de apoyarla. Tal vez, a pesar del señalamiento injustificado del periodista, la actriz colombiana más conocida en el mundo después de Sofía Vergara merezca, entre tanto condecorado sin relevancia, la Cruz de Boyacá.

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