Sonia Gedeón
Columnista / 20 de junio de 2020

La figura del padre

En una sociedad como la nuestra donde las madres cabeza de familia predominan, es un privilegio a mis años aun contar con la figura del padre. Un padre que nos dejó elegir el camino, más nos dio las bases de la solidaridad, el trabajo en equipo, la responsabilidad, el sentido de pertenencia y la unión de la familia por encima de todas las cosas.

Crecí junto a hermanos y primos como una sola manada en torno a la casa de los abuelos, donde las tertulias alrededor de la mesa eran viajes interminables a las tierras de nuestros antepasados libaneses, no solo en cada vianda que se servía sino en las historias llegadas del cercano Oriente, un verdadero festín de fábulas cargadas de nostalgia y amor por una tierra fértil que se sentía cada vez más lejana.

Era claro que el futuro para ellos estaba en el nuevo mundo y habían llegado para quedarse y así nos educaron. A respetar y valorar a nuestra patria, a ser generosos de espíritu y de corazón. Siempre le escuché decir a mi padre que es más feliz el que da que el que recibe y que la humildad es fuente de permanente satisfacción.

En lo cotidiano nos educó con el ejemplo y nos empoderó en la familia como eje, para no claudicar ante las adversidades, a luchar unidos por nuestros sueños, a saber ganar y perder y más importante aún a perseverar con disciplina, tolerancia y una buena dosis de positivismo y buen humor.

En esas largas tertulias también aprendimos el significado y el valor de la amistad. Amigos que son la extensión de la familia sin distingos de fe, raza o filiación política, y donde el valor de la palabra está por encima de cualquier documento legal. De ahí derivamos nuestros sólidos principios éticos que acompañan nuestra vida diaria y que son sin duda factores generadores de confianza en este mundo de valores invertidos.

De la mano de mi padre también aprendí a viajar y a explorar el mundo con otros ojos. Es algo que tenemos en el ADN heredado de los fenicios. Ambos abuelos siempre tenían la maleta lista y de los más tempranos recuerdos que tengo de mi padre, era verlo con su maletín viajero, andando por todo el Caribe, de pueblo en pueblo vendiendo ropa de hombre que él mismo confeccionaba. Cada regreso era enriquecido con cientos de historias de travesía en chalupas, en jeeps descapotados, en buses de escalera que alimentaban nuestras fantasías infantiles.

Hoy, a sus 88 años, vital y enérgico, mi padre sigue siendo un viajero de largo aliento. Al viajar tiene la energía de un joven de 30, va y vuelve a Bogotá en un mismo día, sin un asomo de fatiga. Suele organizar viajes por aire, mar y tierra con los nietos, y en un gigantesco mapamundi en su biblioteca tiene marcados con alfileres de colores los lugares del mundo que ha tenido el privilegio de enseñarle a sus cinco nietos, que son su más preciado activo.  

Es a ese padre de sonrisa fácil, quien inspiró hace unos años, el Personaje Consentido que cada domingo entrevistaba en las páginas de El Universal, a quien rindo un homenaje por su paciencia y sabiduría en estos tiempos de confinamiento en que ha tenido que recoger sus alas para guardarse en casa. Eso sí, sin dejar de soñar con levantar de nuevo el vuelo con la misma vitalidad y entusiasmo de siempre.

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