Patricia Escobar
Columnista / 14 de agosto de 2021

Mirar y disfrutar lo nuestro

El cierre de fronteras por causa de la pandemia, la falta de recursos económicos y una buena campaña de publicidad, han hecho que, en el último año, los barranquilleros hayamos puesto nuestros ojos en lo que tenemos cerca, en lo que la naturaleza nos ha regalado, en lo que el Atlántico tiene para ofrecer.

La historia comenzó cuando desde la Secretaria de Cultura, sí, de Cultura Departamental, que presidió María Teresa Fernández, unos 8 años atrás, se implementaron dos programas importantes: La Ruta de los Festivales y la Ruta de los Carnavales, donde se comenzaron a visibilizarse eventos con años de existencia pero que no pasaban de ser eventos que disfrutaban principalmente los habitantes de los poblados cercanos donde se realizaban. Digamos que el Carnaval de Santo Tomás y el Festival de la Arepa de huevo, eran los más conocidos. Pero en este departamento, como en el resto del país, no pasa un fin de semana sin que se desarrolle una fiesta, se celebre un acontecimiento, o se tenga un motivo para festejar.

Unido a esas celebraciones comenzaba a desarrollarse un turismo incipiente que inicia con el desplazamiento de un lugar a otro por carreteras, en su gran mayoría en buen estado; llegar a un municipio y corregimiento habitado en la mayoría de los casos por personas amables y descomplicadas, y por supuesto, conocer lo que hoy se conoce como emprendimientos, pequeños negocios que todos los días ofrecen productos: alimentos y/o artesanías.

Los que se atrevían a salir, se encontraban con paisajes que no imaginaban, con lugares con historia que ofrecían otros atractivos. Ya no eran las playas, muchos de las cuales no conocían porque las miradas siempre estuvieron en Puerto Colombia, Salgar y Sabanilla; ni siquiera eran las poblaciones, como Usiacurí que siempre han estado ahí, con una morfología especial; también eran sitios como El Morro, el Volcán de Lodo, el Malecón de Santa Lucía, el Mirador de Tubará.

Los barranquilleros han comenzado a descubrir que este pequeño territorio que se negó a reconocer sus posibilidades turísticas y de emprendimiento tenía lugares con un clima templado, gracias a su altura geográfica, rodeado de verde y muy cerca al inmenso mar, como la parte alta de Juan de Acosta que es más que millo y confecciones, y donde a alguien se le ocurrió construir uno de los primeros ecohoteles del departamento. Como templado también es el clima de Tubará donde se comenzó a promocionar su mirador, o Usiacurí, o Piojó, municipios donde se ofrecen posibilidades de hacer turismo, con senderismo y avistamiento de aves.

Nuestro departamento ofrece reservas naturales como la de Los Charcones, en Piojó, a 42 kilómetros de Barranquilla, un espacio natural con varios cuerpos de agua. Su principal aporte hídrico son las aguas subterráneas del municipio depuradas por un sistema denominado lagunaje, donde emana agua dulce y manantial. Los Charcones cuenta con senderos interpretativos en el bosque seco tropical identificados por Lomita del Conejo, el Tucán, Tigrillo, el Corredor del Venado, Piedras Marinas y el Mono Aullador.

Y en busca de agua, la Laguna y embalse del Guájaro se convierten en una gran opción. SE encuentra a unos 50 kilómetros al suroeste de Barranquilla, en jurisdicción de los municipios de Repelón, Manatí y Sabanalarga. El embalse cuenta con dos atractivos turísticos, de los cuales uno de ellos se está ubicado en el Corregimiento El Porvenir «Las Compuertas», jurisdicción de Manatí. Allí se divisa el pase de agua desde el Canal del Dique. En ese punto se puede observar a cientos de pescadores sacando de las corrientes de agua gran variedad de peces, que minutos después son el deleite en pequeños y típicos restaurantes. Otro de estos es el Malecón Puerto Bello en el corregimiento de La Peña, jurisdicción de Sabanalarga.

En el Embalse del Guájaro se encuentra la Isla de los Micos, que se divisa desde la carretera a Manatí, y al frente se encuentra la Serranía de Punta Polonia, donde aún se conservan especies nativas como el mono y el tigrillo.

En otro punto, Pital de Megua, un nuevo emprendedor puso su casa de descanso al servicio de un turismo distinto, y Casita Amarylla, muy cerca a los sembrados de girasoles, tan de moda por estos días, ofrece planes distintos para pasar en paz un fin de semana.

Avistamiento de aves, senderismo, naturaleza virgen, plantas exóticas, mariposarios, museos, Eco-hoteles, playas, artesanías, lugares típicos, festivales y municipios pintorescos comienzan a mostrarnos que sí podemos tener otras fuentes de ingreso, otros planes para realizar, otros motivos para salir de la rutina y conectarnos con la naturaleza. Pero ojo, tenemos que comenzar a difundir y trabajar la idea de un turismo responsable con el medio ambiente, tenemos que comenzar a prepararnos en atención al público y excelente servicio.

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