Patricia Escobar
Columnista / 25 de julio de 2020

¡Qué cantidad de expertos!

Cuando comienzo a revisar mis redes sociales (ahora en este confinamiento lo hago con mayor frecuencia), me doy cuenta cuán rezagada me he quedado en el tiempo.

Hoy hay una explosión de cursos “gratis” de todo tipo, pero especialmente de ventas on-line, de marketing digital, de emprendimientos virtuales y de mil cosas más, cuyos títulos a veces, ni entiendo. Y no estoy hablando de los cursos “tradicionales” que desde hace años venían ofreciendo entidades educativas legalmente constituidas como el Sena, o las universidades. No. Me refiero a la cantidad de “nuevos expertos” que transmiten frente a la cámara, sus pobres, medianos o grandes saberes, sobre un tema, casi siempre relacionado con la virtualidad, con el éxito en redes y con las ventas sin tocar el producto.

Bueno, y yo me pregunto, ¿a qué horas aparecieron tantos “expertos”?, ¿dónde y qué estaba haciendo yo mientras otros caminaban caminos poco conocidos para los mayores de 55 años? Y como prefiero siempre ver el vaso medio lleno, me consuelo diciéndome: yo estaba viviendo, disfrutando de una conversación face to face donde podía apreciar la mirada de los interlocutores, sus gestos y ademanes, su forma de sentarse, caminar, o hablar, su sudor, sentir el olor de mi alrededor.

Yo estaba viendo la ciudad mientras caminaba para llegar a algún lugar  o mientras viajaba en un taxi para llegar a un destino lejano. Me encantaba observar la forma tan distinta que cada día y cada hora tienen las nubes. Me encantaba detallar desde lejos la limpieza o no de las casas o edificaciones por donde pasaba, y me imaginaba quienes la habitaban. Me hacía una película propia de cada lugar con sus habitantes.

Yo estaba feliz hablando con amigos y tomando un café en cualquier esquina o en cualquier lugar donde además de la conversa, observaba cómo se comportaban los que estaban cerca. Pero no para criticar, si no para irme haciendo un plano mental, equivocado o no, de la sociedad por la que transitaba.

Yo estaba leyendo sobre hechos de mi país que me interesaban. Escuchando las versiones de un país polarizado para irme formando mis propios conceptos. O estaba jugando a ser buena abuela con mis nietos en un parque o en una heladería.

Y mientras todo eso pasaba, yo era ama de casa, madre de tres hijos, todos bien distintos, abuela de dos nietos, trabajadora independiente, un ser vivo agradecido de la vida, dejándome sorprender por las pequeñas cosas que a cada segundo pasan y que muchas veces no nos detenemos a mirar.

Ahora, la virtualidad y “los trucos” para ser exitosos, en esa maraña que nos permite llegar a todas partes y perdernos de las cosas sencillas y humanas, se volvieron una moda que a mí, me cuesta aceptar.

Reconozco que hay necesidad de actualizarse en tecnología, aplicaciones, plataformas y manejo de redes. Reconozco que la virtualidad, en algunos campos, llegó para quedarse. Pero con tantos “expertos” bombardeándonos de conceptos y estrategias, nosotros los mayores, los de “rebelión de las canas”, nos estamos enloqueciendo.

Se olvidan los nuevos “expertos” en el tema, que nada en el mundo supera el contacto humano, que lo que uno aprende cuando está frente a las cosas y se activan todos los sentidos, nunca se olvida, que con la virtualidad uno no es tan ordenado, ni tan participativo, y eso degenerará en una generación con pocos compromisos. Y se olvidan, sobre todo, que en la vida no todo es vender.

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