Vanessa Restrepo Hoyos
Columnista / 11 de diciembre de 2021

A mil por hora

Al parecer la vida continua como antes. Al parecer… porque nunca nada es igual y menos si se ha pasado por una pandemia, y es precisamente por ella que siento como si ahora nos estuviéramos moviendo a la velocidad de la luz en el intento por recuperar ese año y medio “perdido”, ese que “se detuvo” o al que se le puso una gigantesca X  en el calendario.

Muchos sectores de la economía salieron afectados debido al confinamiento; dejamos de reunirnos con familiares y amigos; los parques quedaron sin vida cuando el balanceo de sus columpios se detuvo; las risas y voces de los niños en las aulas escolares fueron reemplazadas por el silencio sonoro del vacío; las fiestas y eventos sociales quedaron en el recuerdo y muchos seres queridos partieron para siempre.

Las consecuencias a largo plazo tampoco se hicieron esperar. Ahora que todo está volviendo a la “normalidad”, la constante en las conversaciones cotidianas es que los comercios no están vendiendo ni la mitad de lo que vendían antes; que hay escasez de productos y de materia prima de diversa índole; que los contenedores con mercancía y alimentos se están demorando el doble o el triple de tiempo en llegar a los puertos; que la ocupación hotelera es baja y que la frecuencia de vuelos ha disminuido, entre otras cosas.

Sin embargo, lo que me muestra el día a día es todo lo contrario. Veo movimiento por todos lados. Es como si hubiéramos vuelto a una “normalidad” pero con éxtasis: celebraciones de cumpleaños y primeras comuniones  por doquier; restaurantes y bares repletos hasta su máximo aforo permitido, centros comerciales en plena actividad y manadas de gente viajando. Solo con ver la cantidad de carros en las calles, es un indicativo de las ganas que hay de recobrar todo lo que el 2020 y parte del 2021, nos quitó.

De hecho, la historia ha demostrado que luego de grandes crisis, pandemias y plagas, suelen venir las fiestas y el despilfarro. Así sucedió al terminar la gripe española en 1918 con los apodados “locos años 20”.

El médico, sociólogo y profesor de ciencias sociales y naturales de la Universidad de Yale, Nicholas Christakis, considerado por la revista Foreign Policy como uno de los 100 mejores pensadores globales, expuso en su último libro, Apollo’s Arrow: The Profound and Enduring Impact of Coronavirus on the Way We Live (La flecha de Apolo: el impacto profundo y duradero del coronavirus en la forma en que vivimos), que típicamente durante las crisis, la gente se orienta más hacia la religión y el ahorro, así como a buscarle sentido y significado moral a sus vidas y recalca que cuando estos períodos llegan a su fin, el comportamiento se invierte.

Refiriéndose a la actual pandemia, el investigador pronosticó en entrevista con la BBC en enero de este año que, “cuando logremos la inmunidad de grupo, aunque el virus aún estará con nosotros, su poder será menor. Luego vendrá el período intermedio, donde el impacto biológico de la pandemia quedará atrás, pero aún tendremos que lidiar con el económico y social, y alrededor de 2024 entraremos en el período de la pospandemia».

Asimismo, explicó que en esta última etapa, la gente buscará más interacción social, irá a clubes nocturnos, restaurantes, manifestaciones políticas, eventos deportivos, recitales, la religiosidad disminuirá, habrá una mayor tolerancia al riesgo y gastará el dinero que no había podido gastar.

¿Nos estaremos saltando el período intermedio que menciona Christakis y estaremos comportándonos como si ya estuviéramos en la pospandemia, aunque la crisis sanitaria mundial no haya terminado? Tal vez.

El Dr. Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la Organización Mundial de la Salud, OMS, expresó en la inauguración de su asamblea extraordinaria  celebrada hace unos días, que no deberíamos necesitar otro llamado de atención, sino mantenernos alertas sobre este virus.

“El surgimiento de Ómicron es solo un aviso más de que pese a que  muchos de nosotros pensemos que el Covid-19  ha acabado, no es así. Continuamos viviendo  ciclos de pánico y olvido en los que los avances conseguidos con gran esfuerzo, pueden perderse”, añadió.

A título personal, pese a que me alegra enormemente que la mayoría de los sectores se estén fortaleciendo, que muchas personas puedan llevar de nuevo su sustento diario a casa, que podamos abrazar otra vez a nuestros seres queridos y, lo más importante, que las tasas de mortalidad por Covid-19 hayan bajado significativamente, me ha costado acostumbrarme al acelerado ritmo de la reapertura.

Volvieron las congestiones vehiculares; los tacones y el maquillaje; el corre corre mañanero alistando los niños para el colegio; los aeropuertos a tope y el poco tiempo de paz que hace un año lo dedicaba para mí, ahora me lo arrebatan las diligencias y los compromisos.

Quizá por esto siento que, aún con las restricciones que siguen en vigor para mitigar la pandemia, incluso con las nuevas que están implementando algunos países, el mundo se está moviendo a mil por hora.

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