Patricia Escobar
Columnista / 8 de mayo de 2021

Alzar la voz vs. escuchar

La olla a presión ya comenzó a pitar, y fuerte, y si no se le pone atención, se producirá un desastre. Así, gráfica y sucintamente veo yo las cosas desde mi “encierro forzoso”.

Siento que antes de la pandemia, muchos de los colombianos vivíamos en una burbuja que no nos permitía saber con certeza quÉ pasaba más allá de lo que nuestros ojos alcanzaban a ver, y de lo que nuestros oídos querían escuchar.

El encierro producto del indescifrable virus comenzó entonces a destapar las cosas. Lo primero fue darnos cuenta de que el famoso sistema de salud, que para los mentirosos profesionales de siempre era “el mejor de Latinoamérica”, era sólo una falacia. Posiblemente en algunas ciudades del país existían edificios de salud, pero sin equipos y sin personal para atender situaciones de emergencia y mucho menos una pandemia de estas dimensiones.

Después, al mandarnos a trabajar y estudiar en casa, nos dimos cuenta de que tampoco era tan cierto aquello de que estábamos en la línea de la internacionalización y globalización, imposible de que sea efectiva con una muy mala y escasa conectividad. Trabajar o estudiar en casa es un sufrimiento porque no tenemos red, porque se cae constantemente, porque es muy lenta, porque no hay plataformas a la altura de las necesidades del siglo XXI sin pandemia.

El cierre forzado de medianos y pequeños negocios, de sectores como el turismo y el entretenimiento mandaron a muchos colombianos a la calle y se “descubrió” que los nuevos desempleados no eran los únicos colombianos que cada mañana se levantan con la angustia de qué hacer para llevar el sustento a casa. Hoy la mitad del país hace parte de lo que los economistas califican como “pobres”.

En esa tarea del rebusque y de buscar economías nos dimos cuenta también que este país que definimos como “agrícola” porque tiene productivas tierras, los campesinos eran invisibles, las tierras “buenas” estaba en manos de quienes no las trabajan y el Estado nunca les ha dado la mano a quienes madrugan para que nos alimentemos.

Comprobamos en carne propia lo que otros decían sobre un sistema financiero leonino, que sólo piensa en ganar, que no ha sido medianamente justo con sus copartidarios y que es intocable para los gobiernos de turno porque son ellos los principales financiadores de las campañas política

Se destapó, para quienes vivíamos en esa burbuja, que este país le debe, como dicen las abuelas, “a cada santo una vela” y que, a pesar de las angustias, los indolentes seguían robando, haciendo negocios nada santos y aprovechándose de la falta de instrucción de la mayoría de sus habitantes.

Con todos esos ingredientes en la olla, un Gobierno que parece indolente, con un ministro de otro planeta, presenta una Reforma Tributaria que, como lo he expresado en todos los escenarios posibles, es necesaria pero inoportuna y demoledora para la clase media que al final de cuentas está soportando la economía colombiana. Y ese fue el ingrediente que faltaba para que la olla comenzara a pintar con fuerza amenazante.

Comenzaron entonces a levantarse voces de todos los lados y de todos los niveles. Voces que no fueron escuchadas y entonces el pueblo levantó más su voz y se lanzó a las calles sin importarle contaminarse o contaminar el virus.

Aquí hay dos cosas que parecen anteponerse: escuchar, que prácticamente es atender lo que se oye, y alzar la voz, que es gritar para ser escuchado. Está claro que, si escuchamos a los demás, cosa que parece no estar en la norma de nuestros gobernantes, podemos evitar que el otro grite. La gente grita por el desespero, porque no es escuchada. Y ese desespero está en su más alto nivel porque adicional a todo lo que se está destapando, los colombianos no estamos acostumbrados a los encierros, a las limitaciones sociales, a que nos restrinjan nuestra movilidad. Nos estamos volviendo locos en nuestras propias casas.

Ahora, cuando ya la olla está a punto, se habla de que se va a escuchar a la gente. Importante que se sepa qué es escuchar, que no es lo mismo que oír. Es válido el diálogo con respeto, con argumentos, con realismo, sin apasionamientos y mucho menos sin politiquería. Se necesita un tiempo prudencial en el que tenemos que bajarle el tono a las disputas, a las ofensas, a las críticas, y para abrir nuestros corazones con humildad y pensando que tenemos un país que nos abriga a todos y debemos defender.

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