Sonia Gedeón
Columnista / 31 de octubre de 2020

Aquelarre

Crecí en una generación ajena a los conjuros y aquelarres, pescando agujetas en la orilla de la bahía y correteando olas en la playa donde no había cabida para los espantos, los muertos y ni mucho menos para las brujas.

Eso sí, esperábamos ansiosos el primero de noviembre, para salir a las calles del barrio jugando y coreando: “Ángeles somos, del cielo venimos, pidiendo limosna para nosotros mismos…” Llevábamos una gran olla y un palo de escoba atravesado para cargar el pesado bastimento de un sancocho que nunca cocinamos, porque al llegar sudados y sedientos a la casa de los abuelos, siempre nos esperaban con una jarra de leche helada con Kola Román y una inmensa bandeja de quibbes, envueltos de hojas de parra y otras delicias, y hasta allí llegaba la ilusión del sancocho en el patio.

Con el paso de los años, la llegada de los colegios bilingües y la internacionalización de las comunicaciones, llegó el Halloween, que procede de la expresión inglesa All Hallow’s Eve, que significa víspera de todos los muertos, una fiesta pagana que fue ganando terreno en nuestra cultura con sus icónicos disfraces, sus calabazas encendidas, sus murciélagos, sus gatos negros y sus películas de espanto.  

El Halloween, que tuvo su origen en Irlanda con los rituales practicados por los Celtas para celebrar el fín de la temporada de cosechas, también coincide con una noche de luna llena de lobos aullantes y con el equinoccio de otoño. 

Sin embargo, la costumbre de disfrazarse nació en Francia entre los siglos XIV y XV durante la celebración de la Fiesta de todos los santos, mientras Europa era flagelada por la peste bubónica, también conocida como la muerte negra, en la cual falleció la mitad de su población.

 En el pasado, contrario a lo que sucede en la actualidad por la desbordada indisciplina social en el planeta, la peste creó en la población un gran temor a la muerte que dió pie al nacimiento de muchas representaciones artísticas para recordar su fragilidad frente a la muerte. Estas manifestaciones, dado el espíritu burlesco de los franceses, eran conocidas como la danza de la muerte. Adornaban las paredes de los cementerios, la víspera del 2 de noviembre, día de los difuntos, con imágenes en las que se veía al diablo guiando una cadena de gente, desde papas, reyes, monjes, leprosos, campesinos, políticos, médicos, escritores, etc. y los conducían hacia la tumba, para recordar que la muerte no respeta dignidades. 

En esta noche de Halloween, cuando debemos permanecer en casa y proteger a los niños de los conjuros del Covid, bien podríamos convocar un aquelarre para darle un golpe contundente al Coronavirus, de manera que nos dé así una tregua para pasar Navidad en familia y en paz, sin el asedio del mortal bicho.

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