Juan Alejandro Tapia
Columnista / 11 de noviembre de 2023

Confesiones

Esta semana fue tendencia en redes la modelo e influenciadora Laura Tobón porque, en un arrebato de sinceridad, se atrevió a decir, con crudeza, lo que ninguno de los de su especie dice: que no hay que compararse con ella, mucho menos intentar seguirle el ritmo, porque su trabajo es verse bella y lucir siempre arreglada, glamurosa, tarea ardua en la que gasta los millones que consigue por subir fotos superproducidas de sí misma y los millones en ropa y accesorios que las compañías le regalan. Hace un par de semanas la que pasó por el confesionario de las redes fue la actriz Lina Tejeiro para reconocer que ha tenido una relación conflictiva con su cuerpo y que por años la solucionó con quirófano y bisturí. Parecían sinceras ambas, aunque por descontado está que sus videos les dejaron grandes dividendos. Es decir, suministrar realidad a cuentagotas ayuda a multiplicar el impacto del artificio.

Tejeiro, como en su momento Jéssica Cediel, dio testimonio de su calvario con los biopolímeros y  compartió con sus seguidores las cicatrices que atestiguan su padecimiento, todo muy bien editado, a blanco y negro, nada lastimero, apenas una dosis de sinceridad antes de subir el siguiente video. Es la tendencia en el mundo del espectáculo y el multiverso de las redes: abrir el corazón. Acaba de hacerlo Britney Spears en su celebrada biografía, y poco antes lo habían hecho el príncipe Harry y su esposa, a los que siguieron David y Victoria Beckham y un sinnúmero de personalidades. 

Pero exponer las miserias particulares -explotarlas, más bien- sin salirse del esquema de cuento de hadas, sacar los esqueletos del armario solo para vender los huesos, puede terminar por distorsionar o transformar esas experiencias negativas en una realidad edulcorada tan peligrosa como la ilusión de una vida sin tormentos.

El mejor ejemplo lo hemos recibido de la pornografía. Cuando los cuerpos voluptuosos, elásticos e insaciables de los actores traspasaron el límite de la perfección, que es el mismo de la credibilidad, la industria se fue a pique y debió renacer de sus cenizas. Apareció entonces el género ‘amateur’: videos hechos en casa, sin más producción que la de un celular, con hombres y mujeres en los que el consumidor puede verse reflejado. Pero tampoco son reales. Siguen un guion o son subidos a las plataformas por parejas que buscan encender el fuego para ganar dinero. A diferencia de lo que ocurría con las escenas de las diosas latinas y anglosajonas y los machos superdotados, resulta  prácticamente imposible marcar una línea divisoria entre la realidad y la fantasía. Es un modelo de pornografía que ha trastocado el comportamiento sexual de la sociedad más que el esteriotipado. 

El nuevo teléfono móvil Google Pixel 8 Pro ha llamado la atención de los usuarios a lo largo y ancho del planeta porque altera la percepción de la realidad como no lo ha hecho otro, ya que agrega y elimina elementos de las imágenes gracias al uso de la inteligencia artificial. Hacer cada vez más falsas las fotografías -como modificar las caras de los protagonistas o el fondo que los arropa- plantea un dilema ético sobre la imagen personal. No se trata ya de seleccionar las fotos ni de pasarlas por un filtro que resalte los rasgos físicos o mejore la luz y el color, sino de transformarlas en todo sentido. 

La búsqueda de pieles tersas, dientes alineados y siluetas estilizadas, sobre paisajes de ensueño en los que hasta las nubes o el movimiento de las olas son invención, podría llegar a su fin con la misma inteligencia artificial que les permitirá a las celebridades y personas del común alcanzar la perfección de lo irreal con aparatos como el de Google, que cuenta con funciones como ‘borrador mágico’ y ‘mejor versión’. Una nueva autenticidad ha empezado a abrirse camino, una que da vía libre a la aparición de una espinilla, pero no de un rostro con acné, de celulitis en cuerpos trabajados y de alopecia prematura en treintañeros varoniles y barbados. Un ideal que aparenta estar al alcance de la mano, pero que puede generar más frustración que una utopía.

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