Wilson García
Columnista / 13 de febrero de 2021

Detener la vida, salvar la vida

Cuántas veces pasamos por momentos en los que hay que detener la vida para salvar la vida. Este que estamos viviendo es uno de ellos. Cada que pasamos por estos momentos, la transformación interior del ser es inminente. Los giros que ocasionamos en nuestras vidas debido a estos estados alterados, por causas ajenas a nuestra voluntad, nos obligan a empezar de cero y a entender que nada es completo en la vida.

En mi caso, hacer teatro en medio de los años de presión, tensión y violencia en la ciudad de Medellín fue un hecho que me detuvo la vida, porque era una actividad de riesgo que decidí llevar a cabo y casi con la misma convicción de la locura propia de los espíritus lúdicos que se creían infalibles por el mero hecho de vivir en mundos imaginarios, negando realidades invivibles, como la de ver con frecuencia cuerpos de asesinados tirados en las calles antioqueñas, abordé esos violentos cuadros como motivación para escribir tres poemas sobre la afectación de la existencia y la facilidad de morir en una Medellín asesina que nos obligaba a cada instante a detener nuestras vidas para salvarlas.

Estos poemas los dispuse para ser interpretados a manera de performance en las aceras, en las escalas de los edificios, en la calle misma, sorprendiendo al transeúnte y al habitante de calle, porque en esa ciudad la calle y la urbe incuban seres que viven en la marginalidad y la habitan ocupando todos los recovecos, mientras revuelcan sus afectadas existencias en chiqueros de cemento. Hacer esto ponía en frágil situación mi condición de ciudadano y representarlo abiertamente incomodaba, porque hacer teatro de reflexión incomoda al espectador.

Pensé que con el tiempo desarrollaríamos un pensamiento colectivo que superara el deterioro social, pero seguimos siendo una sociedad que nos matamos sin consideración alguna, sin entender por qué nos damos el derecho de detener la vida de unos con el pretexto de salvar la vida de otros; qué paradojas incomprensibles son esas que hemos normalizado en nuestro pensar. Pareciera que desde que dos carpinteros asesinaron a don Rafael Uribe Uribe a las afueras del Congreso en 1914, los colombianos nos permitimos integrar en nuestras ideologías que matar es un modo de arreglar la vida, porque tal como lo expresaron los carpinteros al levantar sus hachuelas, “lo mataron porque él les fregaba la vida.”

“Esto sí es vida”

Encontrar un punto en la imaginación y fugarse de la realidad.        

Tejer y tejer estos puntos hasta formar una colcha de ilusión.                  

Imágenes y espacios de ficción que habitan en una profundidad perdida dentro de cada vida.                  

Qué bueno ¡Eh! … Qué rico Mhh! … Maravilloso ¡Oh!        

Sin esfuerzos ni sufrimientos.                            

Cantar, bailar, beber, comer, sin preocupación alguna, sin control cualquiera.        

Reír, jugar, disfrutar, gozar.                           

Esto sí… Así sí…

Así es que es… Así seguiré… Aquí es.        

La tranquilidad, el blanco, el vino, la música.       

Todo en sueño de colores.                  

Sentimientos que me alegran.       

Por aquí es… así es…       

esto si lo puedo llamar vida.                

!Eh¡ que vida, esto si es vida.

«Qué vida la mía»

¡No! no y no. ¡Ay! ¡Ay!  aquí… sí que dolor.                   

Me levanto, me baño, me arreglo, me…         

Y un día más me… ¡ahh!           

Dolor del alma, dolor del cuerpo.

¡Pero qué voy a hacer!                   

¡Ah qué es esto! ¡Ah! qué pereza,

qué gente esta la que me rodea.                  

¿Qué día es este? Qué tiempo de muerte.        

No me aguanto, no me encuentro.                  

Qué vida es esta… Qué vida la mía.

“Esa era mi vida”

Este dolor que hoy siento,

esta existencia que pierdo

y la vida misma de los seres terrenos que hoy no entiendo.

No entiendo, no los entiendo, no me entiendo.

No sé de que me acusan, no sé por qué me asedian.

Yo vivo la vida. La vida que me fue prestada.

Yo vivo la vida que hoy un intruso quiere arrebatarme.

El latir galopante de mis nervios me invade,

el desdeje y desmembre de mi ánimo y mi cuerpo me ruñe.

Yo veo,

yo oigo,

yo huelo,

yo gusto,

yo siento…

Pero otro no quiere que vea,

ni oiga,

ni huela,

ni guste,

ni sienta.

“¡Ah! que habrá mejor que la vida, no. Hay otra cosa mejor que la vida, lo único que uno debe estimar es la vida, porque es la única que no viene por segunda vez”. Colombia nuestro común denominador.

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