Carlos Polo
Columnista / 3 de diciembre de 2022

El concierto más extraño del mundo: Soda Stereo y Rikarena

Ella usó mi cabeza como un revólver/ e incendió mi conciencia con sus demonios…

Finalmente, allí estaban, el mago Cerati con su voz profunda y sedosa, Zeta, Alberti y toda la gran bandola con sus fierros arriba…  Y mi cabeza era un incendio, una flama agitada, era casi imposible de creer que en esta ‘Bacánquilla’, Caribe, alegre y tropical, como decía el viejo Mandrake, el Animal Tomón, estuvieran sonando, en vivo y en directo, los jodidos animales nocturnos de la ciudad de la furia.

Pasa el tiempo y ahora creo que/ el vacío es un lugar normal…

Las luces estroboscópicas parpadeaban como luciérnagas psicóticas, el hielo seco se expandió por toda la tarima, mis botas levantaban arena y saltaban sobre las piedras, yo mismo era una especie de piedra en el agua seca por dentro… Cerati oficiaba el rito, construía mitos, los acordes de su guitarra invitaban a la experiencia.

Arriba la luna era un lago encendido en el cielo. El lugar era un escampado que funcionaba normalmente como un estacionamiento para buses, todo el parqueadero estaba cercado con láminas de zinc, al mejor estilo de una caseta carnavalera. El 95 % del público conversaba, miraba hacia cualquier lado, le eran indiferentes los devaneos de Gustavo que disfrutaba su estancia de este lado del trópico.

Solo un 5 por ciento de los asistentes reconoció realmente que estaba frente a un momento único, antológico. El resto, esperaba y desesperaba, algunos gritaban y reclaman a voz en cuello la presencia de la agrupación merenguera que habían venido a ver, y esos argentinos mechudos y raros, que se expresaban en otro lenguaje, en uno que no les decía absolutamente nada, solo eran un estorbo…  

Ella usó mi cabeza como un revólver/ No creerías las cosas que he hecho por ella…

¡Rikarena, Rikarena, Rikarena! El coro comenzaba a crecer y a tomar fuerzas, así es nuestra ciudad y una cosa como el cutibiripachá, o el cutibilipachá, el culiblulibililayayá, o cual sea el significado de esa onomatopeya, estribillo, o trabalenguas…  Es lo que realmente esperaba el respetable público de nuestra querida ‘Bacánquilla’.

Nosotros no contábamos, no éramos realmente público, solo un pequeño grupo de raros, afectos a una idea, a un concepto que no encaja entre los cutibiripachá, los arrucuchichi, los arrurrúminiño, los bailesdelperrito, del miquito, del monito, la tangitarroja… Lo cierto es que adelante, lo más cerca a la tarima que se podía, estábamos los que somos, los que eran, los que son, un grupo minúsculo que, pese a todas las condiciones culturales de una ciudad como esta, también habíamos sido permeados por otras posibilidades sonoras.

El día en que se presentó Soda Stereo en Barranquilla por primera y única vez, tuve la fortuna y el privilegio histórico de estar allí por una serie de afortunados encuentros y desencuentros, por una suerte de fortuitos desafueros y por la hermandad y la magia de la música.

Yo/ caminaré entre las piedras/ Hasta sentir el temblor/ En mis piernas…

En el aquel entonces tenía dos empleos, uno en las mañanas, en el que transportaba a una vendedora de libros educativos entre distintas escuelas de la ciudad y en la última parada, un perro callejero se me prendió de la bota, en esa época me calzaba unas tejanas de cuero bien altas y unos vaqueros de tela gruesa, lo que ayudó a que los colmillos de aquel chanda desgraciado apenas y alcanzaran a rozarme la piel.

A la una de la tarde estando ya en la tienda de alquiler de videos y películas en donde laboraba como domiciliario hasta las 9 de la noche, me recibieron con la noticia de que tenía una llamada a la espera y justo en ese momento tenía dos entregas de películas y una devolución marcadas en mi planilla.

Ramiro, un excompañero de aulas, al que le habían entregado para que dirigiera y comercializara un programa de radio en el que yo tenía cierta participación, me preguntó si podía reemplazarlo en la rueda de prensa que iba a dar la banda, dicho sea de paso, en ese momento ya Soda era la agrupación más influyente de todo el continente, con un sonido y una estética muy particular que no tenía nada que envidiarle a las bandas británicas o norteamericanas, un rock puro que no cayó en la tentación de las fusiones y confusiones, con unas letras bien elaboradas que ostentaban una fuerte carga poética.

Lo cierto es que como pude me escapé hasta la rueda de prensa, pero llegué tarde, no conseguí boletas, ni la entrevista para el programa. De vuelta al trabajo, decepcionado y descartando cualquier posibilidad de ver a la banda en vivo, me recibieron con la noticia de que aquella mujer de generosas proporciones, a la que los cabrones de mis amigos llamaban El pernil, por aquello de la voluptuosidad, estaba ahí, como un misil en mi placard

Mis hermanos le decían la vampira, porque le divertía dejarme marcados los brazos y la espalda, aquella chica resbaladiza, indecisa y medio loca, me estaba comiendo el coco, incluso la noche que nos escapamos a un motel, la misma en que nos mordimos los labios y también coreamos a rabiar una canción de Soda en algún bar, no pasó tampoco el amor ni el sexo.

Aquella loca corrida, de melena alborotada y rostro salpicado de estrellas, otra vez usó mi cabeza como un revólver, me revolvió la conciencia y me dejó en la estacada, solo y derrotado por una camioneta último modelo, fui a parar al concierto por puro desdén. Ya me diría Mauro, el Ratón loco, antes de que lográramos entrar: “Cuatro llantas pueden más que dos”.

Despiértame/ cuando pase el temblor/ Despiértame cuando pase el temblor…

Los riffs psicodélicos de Cerati me trajeron los labios de Inés. Durante años tuvimos una extraña complicidad musical y nuestros bocas se buscaban entre la gente, entre el latido de los tarros y el armónico retumbar del bajo, no obstante, aquella otra chica me seguía comiendo el coco, y el ego herido continuaba sangrando por dentro…

Me verás volar por la ciudad de la furia/ Donde nadie sabe de mí/ y yo soy parte de todos…

En ese momento estalló el éxtasis, con aquella extraña versión, más acompasada, más lenta, Gustavo Cerati me voló los sentidos ¡Rikarena, Rikarena, Rikarena! ¡Bájense ya burros viejos! ¡Rikarena, Rikarena, Rikarena! ¡Ya está bueno! Gritaba la masa.

El 95% de los asistentes estaba allí para asistir a una especie de dinámica de recreacionista: “Una manito aquí, una manito acá y cutibiricutibiricutibiripachá cutibilipachá culiblulibililayayá”. Todos juntos, poniendo una mano aquí, luego la otra allá, y luego un espasmo epiléptico de sacudidas de caderas y pelvis, a eso era a lo que habían ido y eso era lo que los tenía esperando desesperados.

En sus caras no veo el pudor/ Ya no hay fábulas/ En la ciudad de las murgas…

Cuando terminó la canción, en un mínimo espabilar, Inés se perdió entre la gente, y sus labios se esfumaron como flechas salvajes.

Me verás caer/ como un ave de presa/ Me verás caer/ Sobre terrazas desiertas…

Y yo que he sido siempre un hombre alado, preferí la noche que a sus labios fugaces. Justo cuando me sentía el ser más solo del mundo, cuando mi alma empezó a divagar por las calles azules y ‘Bacánquilla’ no se veía tan susceptible, fue entonces cuando me topé de frente con sus ojos y su risa, y la hasta el momento inalcanzable estudiante de periodismo, me permitió caer entre sus brazos… Diana supo por algún tiempo como ocultarme bien entre la niebla, entre la niebla, pero esa, esa, es otra historia.

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