Carlos Polo
Columnista / 10 de septiembre de 2022

El mes de los eternos perseguidores de la buena música

Las notas a  contratiempo, el sincope, la improvisación, la acentuación del compás, el estado de gracia, morder en una nota un destello de la iluminación, no, – no se trata de iluminación artificial o de la energía eléctrica, que por estos días en esta ciudad, está más cotosa que las mojarras en Barú, y ya casi que están cobrando por la luz al final del túnel-, no, hablo de ese estado sublime que alcanzan los místicos y locos, los Parker, los Miles, los Gillespie, los Coltrane, los Siddhartha Gautama, los Yeshua, los Zoroastros o los Hermes Trimegistos…

Pienso luego escribo sobre las plantaciones de algodón, y se vienen a la mente aquellos barcos cargados de músicos, poetas, reyes, artistas y todos esos magos de ébano sacados a la fuerza de su territorio. Pienso en Luisiana, en su ragtime y aquella mágica tristeza convertida en sonoridad… Pienso en el blues y en aquellas  lágrimas azules que surcaban el cielo de New Orleans, en el gospell y la voz aguardentosa de Armstrong, en Ella, en Billie, en Bessie, en la Habana, en Changó y en Yemayá…

Pienso en los consuetudinarios esnobistas que se atiborran la boca repitiendo la vieja falacia: “Pero es que en Barranquilla no pasa nada”, no obstante, hace 26 años ya, que los herederos de un poderoso legado musical se atrincheran durante una semana en esta pequeña ciudad portuaria para ofrecernos sus maravillosas descargas.

Quizás en Barranquilla no hay conciertos del Conejo Malo- por lo menos por ahora- o de las 4 babys del Pretty Boy,  ni de los perreitos intensos subidos a las Motomamis, pero en Barranquilla, a donde vino a parar para quedarse para siempre el Centurión de la noche, hace un poco más de 5 lustros que en septiembre nos visitan grandes leyendas mundiales de la música popular y de uno de los géneros musicales más complejos y exigentes de todos los tiempos. 

En septiembre en Barranquilla, no solo se siente que viene diciembre, también, al igual que en las grandes ciudades del mundo, que tienen grandes festivales como el de Montreaux, en Suiza, -guardando las justas proporciones- Jazzaldía de San Sebastián, el  Newport  Jazz Festival, el primero que se celebró en el mundo en 1954, gratamente recordado  por el ya inmortal solo de Miles Davis en Round Midnight en 1955, el  New Orleans Jazz & Heritage Festival o el Festival de Jazz de la Riviera Maya… Barranquilla tiene su Festival de Jazz, Barranquijazz, un evento de ciudad con 26 años ya, que está a la altura de  los festivales más populares e importantes del globo.

Barranquijazz nació gracias a la inquietud de un puñado de melómanos y músicos que se reunían a escuchar jazz, blues y otras sonoridades, que no estaban precisamente aferradas al canon y a la tradición local. Justo a la mitad de una década convulsa, los 90, en casa de Samuel Minsky, hoy director de Barranquijazz y de la Fundación Cultural Nueva Música, se gestó ese pequeño milagro cotidiano, y aunque este combo de inquietos perseguidores del compás más esquivo, no eran precisamente el Club de la Serpiente, su extraña pulsión cortazariana le estaba dando forma sin siquiera saberlo, a uno de los eventos culturales más relevantes de la ciudad, de toda la Región Caribe y el país.

Minsky recuerda aquella época con cariño e incluso con algo de perplejidad al caer en cuenta de toda el agua que ha corrido por debajo del puente 26 años después: “Viajábamos también a otras partes, éramos Antonio Caballero, Rafa Bassi, Hernando Viñas, Miguel Iriarte y otros más, que nos encontrábamos y escuchábamos jazz. Después de eso se presentó la posibilidad de hacer cositas e hicimos un par de conciertos de jazz, que se hicieron en el Amira”. Tic, toc, tic, toc, tic, tac, toc… ¿Y el Amira pa´ cuando? Todos seguimos a la espera…

En 1995 se levantó el primer pilar que le dio vida a un festival por donde han pasado los más grandes músicos del jazz de buena parte del planeta. En el 97 la casa ya estaba levantada y la arquitectura del gran monstruo musical que despierta cada año en septiembre, ya estaba edificada, y desde entonces, por sus entrañas empezó a correr toda la sabia musical de los ancestros y de los contemporáneos, el latin jazz, la samba, el bossa nova, la salsa, el son cubano, el montuno, el jazz ‘ortodoxo’, el experimental, el europeo, el norteamericano, la vieja y la nueva escuela, las distintas sonoridades del mundo, invitadas a convergir en esta pequeña ciudad de Carnaval, que hoy es un oído sufriente de vallenatos
nueva ola y reggaetones.

Al principio fue un loco azar de toma todo y todos ponen, que con el tiempo, si bien ha ido mejorando, aún en estos albores, tienen que darse la pela para conseguir lo necesario para armar una programación de altura como la de este 2022, que cuenta con la presencia de Chucho Valdés y Paquito D’ Rivera Reunion Sextet, Buena Vista Social Club, la poderosa Cumbre de Trompetas integrada por los cubanos Maykel Gonzáles, Julito Padrón y Basilio Márquez; la Tierney Sutton Band de USA; Thomas Florin –Dig dug dug Trío, de Suiza, Beatriz All Stars, de Holanda, EYM Trío, de Francia, Pinó Moré de Bogotá, las Estrellas del Caribe, del Palenque de San Basilio y la Or Band de Barranquilla, entre otras.

De acuerdo con Minsky, en torno al festival, que también aporta una franja académica y cultural, durante estos 26 años, se ha creado un movimiento, un interesante intercambio que ha permeado a los músicos, muchos de los cuales han crecido y se han desarrollado en sus carreras en paralelo a la misma trayectoria del evento, Minsky asegura que se ha forjado una generación de músicos que viene creando una música de mucho más alto nivel.

Para el director del festival, Barranquijazz ha logrado poner a la ciudad de Barranquilla a la altura de cualquier ciudad del mundo, porque para sentir y escuchar una de las músicas más exquisitas del planeta, disfrutar de primera mano a músicos de muy alto nivel, ya no hay necesidad de ir hasta Rotterdam o Montreaux.

El jazz lejos de ser un género a secas, es un estado de ánimo, un sincope transgresor que se mantiene en constante fuga, una disrupción del tiempo y el espacio, un perseguidor que huye del vacío, un posible Johnny Carter tocando una nota en el presente, que se le antoja estar tocando en el futuro: “Esto lo estoy tocando mañana”… Un saxofón solitario en una noche destetada, un reloj desprovisto del tiempo, un goce pagano del que no se vuelve…

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