Sonia Gedeón
Columnista / 12 de septiembre de 2020

El rostro oculto de los miradores

Al Corralito de Piedra lo conocemos por su fachada de fortaleza, por sus calles estrechas, por el mar que lo abraza y la muralla que lo cierra, por el sofocante calor que nos pega de día y la brisa fresca que sopla de noche. Es esta dicotomía entre lo abierto y lo cerrado, donde está la esencia de esta ciudad que lucha por mantener su patrimonio arquitectónico, como parte de su gran atractivo turístico.

Los miradores, pieza fundamental de este patrimonio, dejaron de ser testigos silenciosos de lo que fue y es el paso del tiempo en la historia de la ciudad. Hoy, muchos de ellos son terrazas muy apetecidas por la juventud en busca de espacios para compartir un trago a la puesta del sol, after parties o para conquistar a la persona amada a la luz de la luna.  

De origen islámico, el mirador de la casa cartagenera vino a ser la prolongación individual del sistema defensivo de la ciudad, como refugio y centinela para los habitantes de antaño y como estadero al aire libre para las nuevas generaciones.

Para la ciudad expuesta siempre al acecho de corsarios y piratas, los miradores se convirtieron en celosos guardianes, alertas y vigilantes de los tesoros en oro, plata y esmeraldas que aquí almacenaban en tránsito para el viejo continente. Por lo regular en el tercer piso de las casas, para algunos el mirador es la prolongación de un balcón sobre los tejados de la casa alta o señorial, formando una torre similar a la atalaya islámica y los hay de tres tipos de acuerdo con su forma y estructura. Ellos son de cuerpo bajo, de cuerpo superior y de silla.

Entre los miradores famosos por su imponencia y dimensiones tenemos el del Bodegón de la Candelaria, en la Calle de las Damas. Su mirador es un típico ejemplar de cuerpo superior con piso de ladrillo y techo con vigas de madera, ventanas con vista por los cuatro costados y unido por una escalera interna al segundo nivel de la casa. La vista panorámica desde allí es un privilegiado regalo visual de la cúpula de San Pedro, del Cerro de la Popa, de los tejados circunvecinos del claustro de Santa Teresa y de los rascacielos de Bocagrande.

A su vez los de las casas del Marqués de Valdehoyos, del Premio Real, el Museo del Oro y del Condé de Pestagua, hoy restaurados, son una versión moderna de los de cuerpo superior sin perder su esencia y atractivo como espacios para contemplar los tejados del Corralito de Piedra y en el horizonte el mar Caribe, cuyo espacio y disfrute está reservado a sus moradores y visitantes.

Uno de los que dieron de qué hablar desde tiempos inmemoriales está en la Calle Santos de Piedra, frente a la Catedral, el de la antigua Casa de los Espiritistas. Es un mirador de cuerpo bajo, de un nivel superpuesto en el último piso de la casa unido por una escalera de caracol a la terraza, el cual presentaba una yuxtaposición interesante entre un mirador doméstico y uno religioso, que además, daba la sensación de que no más con sacar la mano y se podía tocar la catedral. Hoy, la casa está siendo intervenida para ser hotel y se desconoce el posible nuevo uso de este espacio.

Otro de igual importancia y no tan conocido que se puede apreciar desde el parque Fernández de Madrid, es el Mirador de San Diego, que se alza entre las casas bajas que habitaba la pequeña burguesía y que se puede describir como una garita sin ventanas, inspirado en la arquitectura militar de la colonia.

Hasta hace dos décadas, la mayoría de los miradores de las casas cartageneras estaban abandonados, pero la Cartagena de hoy nos muestra una proliferación de miradores y terrazas, unos ajustados a la tradición arquitectónica y otros son unos adefesios vulgares en el afán de ganarle espacio a la propiedad para la explotación económica, como el que sobresale en el Callejón de los Estribos, una verdadera afrenta al Patrimonio, sin desconocer que su disfrute es de gran atractivo para los desprevenidos turistas.

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