Patricia Escobar
Columnista / 1 de julio de 2023

El valor de la puntualidad

Estar a tiempo para cumplir con los compromisos es un valor que denota carácter, orden y eficacia y que, con todo respeto, no ha acompañado al presidente Gustavo Petro que ya tiene fama de incumplido.

Hace algunos días el mandatario llegó tres horas tarde a la primera cita que tenía en La Guajira donde con gran parte de su gabinete estuvo varios días laborando. En medio de una temperatura casi infernal” las personalidades convocadas para el evento, muchas de ellas, uniformadas, tuvieron que esperar a Petro quién, como ya es costumbre, parece que no se dio por enterado de lo que, entre otras cosas, es una falta de respeto.

En su ‘defensa’ habría que decir que no es el único mandatario colombiano que se caracteriza por la impuntualidad, pero la verdad es que, por lo visto hasta ahora, el lleva la bandera, y se ha dado el lujo de exhibir esa característica hasta en eventos internacionales.

La impuntualidad ha hecho carrera en nuestro país, donde cada día más personas llegan tarde a sus compromisos y casi siempre tienen una ‘buena’ excusa. Y lo peor es que pareciera que este vicio es tan fuerte como el del alcohol, y tan difícil de erradicar como el de la droga. El incumplido es casi que incorregible a menos que adopte una disciplina fuerte y constante, y en el caso de un mandatario, difícil de poner en práctica por la cantidad de compromisos que adquiere y por aquello de que se deben a la gente, y todos quieren que lo escuchen y atiendan.

En el caso del presidente de Colombia la primera acción para ir erradicando ese vicio del incumplimiento está en su personal cercano, el personal encargado de diseñarle la agenda en la que además de los eventos debe incluirse los tiempos de desplazamiento, e imprevistos como atención a espontáneos que se van a cruzar en el camino.

Pero Petro no es el único incumplido de Colombia, aunque sí el más notable. Son incumplidos casi todos los miembros de su gabinete, la mayoría de los congresistas que comienzan a trabajar tres o cuatro horas después de la citación que se les hace, o que no llegan, así como la mayoría de los ‘mortales’ con los que nos relacionamos a diario.

El incumplido se olvida de una manida frase de que “el tiempo es oro”, y de que, por lo general, todos tenemos varias cosas por hacer. El incumplido se muestra como egoísta creyéndose que el mundo gira sólo por él. Ignora que la puntualidad es orden, disciplina, respeto, cortesía, responsabilidad.

En los países del primer mundo se toma en serio la puntualidad. La primera vez que viajé a Europa me quedé aterrada de ver los anuncios de partida o llegada de vehículos de transporte que indicaban, por ejemplo, que el bus pasaría a las 4 y 44, y llegaba a las 4 y 44 en punto. Peor aún, cuando el desplazamiento era a pie, los “informantes” te indicaban que el sitio que buscaban estaba a cinco minutos caminando derecho (¡!) ¿Cómo saben el ritmo al que me desplazaré?, era la pregunta que me hacía, pero al final, sin una respuesta convincente, en ese tiempo llegábamos.

Dicen que los países donde la puntualidad es norma generalizada son Alemania, Suiza, Japón, Suecia, Holanda, y el Reino Unido. Por algo son los más desarrollados, los más organizados, los más bellos, los que tienen mejor calidad de vida, donde la equidad es posible, donde la riqueza se nota en cada esquina.

Hay una anécdota reciente que es importante resaltar y que habla de lo importante que es la puntualidad en lugares que se caracterizan por su desarrollo, cuando salió a relucir la famosa “hora inglesa” con la renuncia de lord Michael Bates por haber llegado dos minutos -sí, ¡dos minutos tarde!- al encuentro con diputados de su país. Eso fue hace cuatro años, pero en Gran Bretaña sigue siendo un parámetro que reafirma el respeto.

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