Juan Alejandro Tapia
Columnista / 6 de mayo de 2023

Inteligencia artificial

«Saquen una hoja y guarden sus teléfonos». La orden tomó por sorpresa a los estudiantes, que esperaban poder usar sus móviles para buscar información relacionada con el examen final de la asignatura o, como habían hecho en los parciales, entregar un trabajo realizado en casa. La escena, decenas de alumnos incrédulos ante la novedad de responder una prueba a papel y lápiz, como en la época de sus padres, ha venido repitiéndose por escuelas y universidades de todo el mundo como antídoto contra el ya uso cotidiano del ChatGPT, en una demostración de cómo el pasado puede salir en auxilio de la humanidad frente a la irrupción de la inteligencia artificial.

El magnate sudafricano Elon Musk, una de las personas más ricas y poderosas del mundo, se ha empecinado en colonizar Marte en menos de dos décadas. Mientras vende autos eléctricos con su compañía Tesla gasta cantidades inimaginables de combustible en la adecuación de la nave Starship, impulsada por el cohete más potente de la historia, Super Heavy, propiedad de su empresa Space X. La NASA, entre tanto, planea que el hombre vuelva a pisar la Luna en 2025 y ya eligió la tripulación para la misión Artemis, la nueva Apolo: tres anglosajones, entre ellos una mujer, y un afrodescendiente. Víctor Glover, el piloto de la nave y primer hombre no blanco que viajará al satélite, dio hace poco una declaración reveladora sobre el avance de la era espacial: «La primera persona que irá a Marte ya está viva y es uno de los chicos que hoy van al colegio”, dijo en entrevista con medios de comunicación de varios países, el 4 de abril. La inteligencia artificial, la misma de la que se valen los estudiantes para plagiar textos y entregar a tiempo sus deberes, es la responsable de que Musk y la agencia espacial estadounidense pisen el acelerador a fondo en la carrera por la conquista de otros mundos.

Mucho más controversial que la competencia por el espacio es la posibilidad de hacer realidad el sueño de Steven Spielberg en Jurassic Park. La ‘desextinción’, término de película de Hollywood o libro de ciencia ficción, no es ya una quimera de cineastas, sino que en 2028, cinco años de cuenta regresiva nada más, podrían volver a sentirse sobre la tierra las pisadas del mamut lanudo desaparecido hace 4.000 años, al igual que las del dodo, ave no voladora que se extinguió en el siglo XVII por culpa de la caza indiscriminada. La empresa Colossal, manejada por el emprendedor tecnológico texano Ben Lamm, de 41 años, ha contratado a dos de los más brillantes genetistas y espera entregar resultados en el plazo fijado. El capital para ‘revivir’ al mamut y al dodo proviene de gente tan interesada en la ciencia como París Hilton, Thomas Tull (dueño de la franquicia Parque Jurásico) y los gemelos Winkleboss (inversores originales de Facebook), según publica en su edición del 5 de mayo el diario El País, de España, uno de los más respetados y creíbles del mundo. Advierte Lamm en la entrevista que la aceleración del proceso obedece al uso de la inteligencia artificial y que es imposible traer de vuelta a un dinosaurio porque no existe ADN para hacerlo. Menos mal.

A propósito de Spielberg, no ha sido valorada con justicia una de sus más grandes obras maestras, AI (Inteligencia Artificial, por sus siglas en inglés), de 2001, en la que un niño robótico ensamblado con tecnología similar a la que ya existe, encargado por una pareja de carne y hueso a una compañía que elabora modelos al gusto, es rescatado cientos de años después de la extinción de la especie humana por máquinas superiores que le dan tratamiento de reliquia arqueológica.Tras hallarlo en el fondo del mar, encienden sus circuitos y le proporcionan un entorno casi idéntico al almacenado en su memoria (habitación, juguetes y padres androides a imagen y semejanza de los originales), en un rasgo de «humanidad» producto de la evolución de su capacidad de analizar y procesar datos.

No parece sensato suponer un escenario de rivalidad con las máquinas propiciado por estas; por el contrario, la inteligencia artificial puede llevar a curar enfermedades, a acelerar la exploración del espacio y a cambiar la forma de entender todas las áreas del conocimiento. Quizá, como ocurre con los profesores que han vuelto a la metodología del papel y lápiz, las respuestas al futuro se encuentren en el pasado, en la enseñanza en casa y en las aulas de un viejo valor como la honestidad, de tal forma que el adolescente plagiador de hoy no se convierta en el hombre que utilice la tecnología contra los suyos en el mañana. Pero, aún así, queda la esperanza de que, como sucederá dentro de un puñado de años con el mamut, las máquinas nos traigan del vuelta una vez desaparecidos.

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