Carlos Polo
Columnista / 7 de mayo de 2022

No hay dolor más grande

Afuera, la inmensa bóveda  del cielo amaneció pintada de un color plomizo y los trinos de los pájaros interpretan una sinfonía compacta y uniforme, que ameniza una profunda melancolía.  En el ambiente, un  olor a tierra mojada me trae un rumor tenue de otra época, de otro tiempo. En el patio se vuelven a amontonar pequeños grupos de mangos maduros dejados al olvido, como las hojas marchitas y yertas que les hacen compañía.

Hace un año, en estas mismas fechas, mi cabeza era un manojo de nervios exaltados, mi corazón una llaga irritada, el teléfono una cuchillada, un grito desesperado, un puñetazo en la cara, un sobresalto continúo. Hace un año, el destino me lanzó a un túnel frío, oscuro y solitario… Hace un año mi familia y yo nos vimos enfrentados a las horas más oscuras, al dolor que no se va.

Hace un año, por estas mismas fechas, cuando el país ardía allá afuera, cuando el estallido social se expandió como un grito, tú, hermano de mi alma, casi mi padre, mi mejor amigo, mi guía y mi copa de luz en este mundo antropófago y cruel, estabas postrado en una cama, solo, debatiéndote  entre la vida  y la muerte, y nosotros, negro de mi corazón, solo podíamos orar, doblar rodillas y esperar el reporte médico que se convirtió en la única razón de ser de nuestras vidas.

Hace un año, por estas mismas fechas, el asesino silencioso e invisible se estaba cobrando a diario entre 600 y 700 valiosas vidas de hermanos como tú, de madres, de padres, de hijos, de abuelos, de gente valiosa como tú mi querido Alex, de colombianos y colombianas que  enfrentaban el embate más feroz de una nueva oleada de esta cosa incolora, inane y microscópica, que no es más que un heraldo de la muerte.

Hace un año, por estas mismas fechas, agotados por la falta de sueño, impotentes, expectantes, añorando y temiendo el repicar del teléfono, saltábamos de grupo de oración a grupo de oración durante todo el día, pidiendo por ti mi hermano querido… Fueron días aciagos, de doblar rodillas, de pedir, de implorar al cielo para que no te llevaran, para que no te fueran de nuestro lado.

Hace un año por estas mismas fechas estábamos encerrados, y la cosa inane estaba acechando en todas partes, en cada rincón, en cada calle, sobre todo en los hospitales y no podíamos verte, no podíamos acompañarte, y yo en las noches, me concentraba y me proyectaba para verme junto a ti, al pie de la cama de ese hospital,  y sobarte el cabello, apretarte la mano y  hablarte… Pidiéndote fuerzas, coraje, que le metieras huevos a eso hermano, que no te cansaras, que no tiraras la toalla, que soltaras rápido aquella teta mecánica a la que estabas conectado para mamar oxígeno… Que le echaras ganas y le ganaras a esa cosa invisible, porque esa vaina inane no podía ser más fuerte que tú.

Hace un año que te vi entrar a una ambulancia y luego salir de ella para que te tragara la boca oscura de un hospital  y allí te quedaste escondido y a  veces cuando te sueño, pienso que por fin dejamos de jugar al escondite y te vuelvo a ver bailando bajo la luz del semáforo en la esquina de la salsa. Hace un año que  me robaron el mes de mayo, los colores del mundo, la risa de sus aguaceros… Hace un año que me robaron tu vozarrón de bongó, tu carcajada de guaguancó… Hace un año que tu corazón de tambó dejó de sonar, dejó de bailar, hace un año que se paró tu corazón y el mío quedó hecho jirones, astillas, ripios…  Hace un año que te fuiste y contigo se fue una parte de mi vida, de mi historia, porque no moriste solo, con tu muerte, una parte de mí murió también. Hace un año ya de aquellos espantosos 13 días sin sueño, sin hambre, plagados de miedo y de tristeza.

Hace un año que se detuvieron miles de corazones en el mundo entero y hermanos como yo, con el dolor metido en cada poro de la piel, se derrumbaron frente a sus viejitas mientras le contaban que su otro hijo se había ido para allá, a donde no se vuelve.

Eso no se lo perdono al mes de mayo que se fue contigo, que te robó de mi lado, que se llevó a mi otro yo, a  mi voz repetida, que dejó a mi cicatriz clonada de la tuya, abandonada y sola frente al espejo. No le perdono al mes de mayo que me haya condenado a naufragar en los ojos de mi viejita mientras le decía que habías partido, mientras ella solo atinaba a mascullar entre hipidos, “lo último que me dijo mi hijo fue ‘mami te amo’ ¡No hay dolor más grande que la muerte de un hijo!”

Afuera el cielo continúa encapotado, gris, plomizo, y los pájaros no paran de cantar su solitario blues de mayo, gangoso, lluvioso, húmedo, y por mi mejilla se desliza una tristeza líquida que desemboca en las comisuras de mis labios…  No, no le perdono al mes de mayo de 2021, su infértil falta de lluvia, que por su incompetencia, me haya conminado a llover a mí,  por la nariz, por la boca, por los ojos, no le puedo perdonar al mes de mayo que me haya dejado convertido en invierno.   

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