Familia / 24 de abril de 2021

Que en medio del encierro, los niños sigan creciendo felices

Patricia Escobar

El cambio de rutina en la vida de los más chicos por culpa de la pandemia está ocasionando grandes trastornos que apenas estamos comenzando a ver, pero que se agravarán si no tomamos medidas ya. Aprovechando los últimos días del Mes del Niño, sería bueno darles una mirada a los pequeños de la casa.

Los niños necesitan correr, brincar, bailar, jugar, embarrarse, compartir con amiguitos, respirar aire puro, ver el sol, disfrutar de la lluvia, estar con similares.

Los niños necesitan amor, abrazos, afecto, atención, alegría, seguridad, mucho juego, pero en los últimos 14 meses han estado sometidos a un encierro que en algunos casos se ha convertido en un infierno, a un aislamiento que los padres han tratado de compensar con el apego a los aparatos tecnológicos lo que no sólo les está afectando emocionalmente, si no física y socialmente.

Estos días de cuarentena son propicios para brindarles tiempo de calidad a los niños, aún en medio de las obligaciones laborales y domésticas de los adultos. (www.dib.com.ar)

Y como si fuera poco en los últimos días hemos conocido que también los afecta el Covid y que algunos ya han llegado a una UCI.

Compartir, ser solidarios, crecer, vivir, necesitan de la socialización como un canal de aprendiza insuperable. El ser humano es sociable por naturaleza.

Con el confinamiento, se han roto rutinas establecidas que son muy necesarias y producen en los niños tranquilidad, sensación de confianza y bienestar. El cambio, el confinamiento que impone el Covid, puede provocar reacciones diversas a nivel psicológico, como un aumento de la ansiedad, un incremento en el desgano o la introversión en los niños, y en otros casos, agresividad inexplicable.

“Con el confinamiento, se han roto rutinas establecidas que son muy necesarias y producen en los niños tranquilidad, sensación de confianza y bienestar”.

Duele ver que los niños, especialmente los que están en la etapa escolar, pasan más de 10 horas pegados a un computador, a una tablet o a un teléfono inteligente. ¿Qué implica eso? Que la movilidad se ve restringida, que el estar sentados todo el día –muchas veces mal sentados–, no les permite el desarrollo de sus extremidades, que se fortalezcan los músculos y se desarrolle el sistema óseo. Todo el día frente a un aparato electrónico desgasta la vista y al estarlo manipulando fuerzan las manos más de la cuenta, y dentro de pocos años se verán las molestias y hasta malformaciones.

Por otro lado, un niño obligado a atender a un profesor que no siente cercano, a pesar de que lo ve ahí, a centímetros, con compañeros ausentes y unos padres o cuidadores presionando, en un ambiente nada adecuado, no aprende al mismo ritmo que se podría aprender en un aula, y lo que es peor, su desarrollo emocional se afecta tremendamente.

A este panorama desalentador hay que sumarle la violencia intrafamiliar a la que están siendo sometidos en muchos casos. Una violencia producida o incrementada por la aglomeración familiar en espacios pequeños que de la noche a la mañana se han convertido en aulas de clase, oficinas y albergues. Eso, sin contar las condiciones económicas de los padres y las relaciones afectivas entre ellos.

La recomendación es organizar los tiempos de estudio, de juego y de compartir en familia. (Internet)

Hay estudios que indican que los efectos de estos aislamientos ya son notorios a través de los cambios repentinos de humor de los niños y adolescentes, su mayor irritabilidad, su inquietud motora. La ausencia de familiares produce además profunda tristeza en pequeños que estaban acostumbrados a compartir con tíos, abuelos o primos.

Al cambiarse la rutina de los niños y tener mucha menos actividad física, no es raro que también los pequeños estén mostrando cambios en el ciclo del sueño.

La situación física y mental de los niños de la pandemia es grave y aunque ya se comienzan a vislumbrar los efectos nefastos de este cambio abrupto de vida, sus reales dimensiones se observarán dentro de algunos años y por eso es urgente que para minimizar esos efectos se comience a trabajar desde ya en paliativos.

Algunas recomendaciones que podemos comenzar a implementar padres, abuelos y cuidadores tienen que ver con el establecimiento de rutinas de vida, con calidad de tiempo, con adopción de medidas de seguridad y con mucho diálogo.

“Los niños tienen que aprender que, aunque tengan un solo espacio físico éste funciona en ciertos horarios como un aula de clases, en otras como el hogar ideal y en otras como el espacio de recreación. Eso se logra con horarios precisos, un poco de ambientación y mucha imaginación”.

Los niños tienen que aprender que, aunque tengan un solo espacio físico éste funciona en ciertos horarios como un aula de clases, en otras como el hogar ideal y en otras como el espacio de recreación. Eso se logra con horarios precisos, un poco de ambientación y mucha imaginación. Por ejemplo, se estudia en horas de la mañana. Entonces el niño se prepara como si fuera al colegio y su espacio no está con elementos que no pueden tener en clases, como juguetes ni comida. Después de clases viene la hora de recreación, entonces en el espacio desaparecen los elementos de colegio: el computador y los útiles, y se generan juegos, ejercicios físicos, actividades en las que participen otros miembros de la familia, y cuando “estemos en familia”, se comparten actividades, charlas, lecturas y hasta oficios que pueden hacerse entre varios.

Esta es la oportunidad para que los niños disfruten de un libro, aprendan a hacer manualidades o desarrollen sus habilidades artísticas. Esta es la oportunidad para jugar con los hijos y hablar con los pequeños. Si se goza de un patio interior o un parque cercano hay que aprovechar los tiempos para disfrutarlos.

La tarea no es fácil, pero no es imposible. Hay que intentarlo sin abandonar las normas mínimas de autocuidado como el uso permanente y adecuado del tapabocas, el lavado de manos y el distanciamiento físico.

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