Carlos Polo
Columnista / 27 de abril de 2024

Una travesía por las búsquedas libertarias de la literatura del Caribe

El discurso del Caribe es sonoro, por momentos rico en su misma diversidad, e intrincado desde sus mismos laberintos semánticos y morfológicos. Ese discurso universal, propio y particularmente vernáculo, que han venido pronunciando los diferentes escribas, narradores, poetas y prosistas que han habitado y recreado con sus plumas al gran Caribe desde sus riberas y sus orillas salinas, es un discurso potente y vigoroso que se refuerza desde sus raíces periféricas.

Los autores apostados en esta orilla del mundo, han podido capturar a golpe de reflexión y emoción, gran parte de ese Caribe temporal y espacial que dio lugar a unos discursos propios y singulares que nos apartan de la imposición canónica eurocéntrica. Si existen poetas, autores libertarios que se han desmarcado de los anacronismos y los anquilosados imitadores de las tradiciones eurocentristas, esos son y han sido los vates del Caribe con su rítmica  verbosidad.

La doctora en Ciencias Filológicas Ana Margarita Mateo Palmer y el doctor en la misma área de estudios, Luis Álvarez Álvarez, en su libro El Caribe en su discurso literario, plantean la configuración de un propio paradigma para lograr “trascender los cepos modeladores europeos”, idea que nos remite a (Ureña, 1998):“Nos prometen la salud espiritual si mantenemos recio y firme el lazo que nos ata a la cultura europea. Creen que nuestra función no será crear, comenzando desde los principios, yendo a la raíz de las cosas, sino continuar, proseguir, desarrollar, sin romper tradiciones” (p. 281).

Si analizamos en su conjunto la amalgama de cantos populares, cuentos, textos, novelas, mitos, leyendas que han nutrido una literatura singular en donde el mar y su salubridad están tan presentes como cada una de las voces que lo han habitado durante siglos, el resultado es una literatura parida de un pensamiento peculiar, de formas determinadas y de modos y quehaceres que nos caracterizan como habitantes de un territorio especial.

Para entender al Caribe y los tejidos que nacen de sus voces singulares, hay que indagar, hay que esculcar entre quienes lo han nombrado, reivindicado y redefinido. La lista es demasiado extensa para convocarlos a todos, pero sin duda el Caribe no tendría el mismo nombre en el mapa y en el imaginario universal sin: Martí, Carpentier, Guillén, Artel, Césaire; Walcott; Cabrera Infante; Gómez Jattin; García Márquez entre muchas otras voces que le han cantado a este territorio para enseñarle al mundo sobre sus riquezas escondidas y su intacta rebeldía, la misma que en ocasiones ha desafiado al mismísimo mar irrumpiendo en sus dominios como un puñetazo.

El docente e investigador Amílkar Caballero De la Hoz en su ensayo, Álvaro Miranda: la recreación del reino del Caribe, sus voces y sus silencios y la construcción del canon poético en occidente, indica que, entender el Caribe implica mirarlo desde diversos saberes: la historia, la geografía, la lingüística. Afirma que para recrearlo se necesitan múltiples visiones estéticas que puedan ‘modelizar’ la complejidad de las relaciones de los elementos que se conjugaron para formar esta región.

 El Caribe fue el territorio en donde antes que el resto del continente americano, se debieron acumular libros de ficción, tal como lo indica el escritor Irving A. Leonard, quien asegura que dichas obras de ficción ya podían hallarse en las Antillas desde los primeros años de la conquista, ubicando dichos rangos y dicha producción en Santo Domingo y Cuba.

De acuerdo con Caballero De la Hoz, el primer atisbo de una literatura que intenta desmarcarse de manera radical de los patrones europeístas, en el Caribe colombiano, surge con el poema Al Magdalena, del vate Manuel María Madiedo. “Es Madiedo el primer esteta caribeño en lanzar una propuesta autónoma en las letras caribeñas rechazando la imitación europea”, señala.

El particular y muy raizal uso del lenguaje en el Caribe ha cumplido una función inalterable en la formación de una cultura, tal como lo han determinado todos los lingüistas y culturólogos. El lenguaje como tal es una señal inequívoca de región y de identidad. La cultura es en sí misma un complicado compendio de aspectos en donde se sustentan las bases cognitivas e ideológicas de un pueblo organizado como sociedad. En ella se fundamentan las ideas, los pensamientos, los ideales, la espiritualidad, emociones y sentimientos que se transmiten a través del aprendizaje.

Los rasgos culturales son indistintamente rasgos identitarios y en el Caribe no hay nada más identitario que su lengua. Dichos rasgos han trascendido lo netamente oral y popular, permeando la formalidad y la misma academia. El Caribe es mucho más que el mar que divide a América del Norte y del Sur. Antonio Benítez Rojo al pensar el Caribe habla de fragmentación, de inestabilidad, de una especie de recíproco aislamiento, de desarraigo, de esa complejidad cultural, intrínseca en su dispersa historiografía.

Qué trite que etá la noche/ la noche qué trite etá; no hay en er cielo una etrella/ Remá, remá. Canta Candelario Obeso su bello poema al boga ausente. Hay un llanto de gaitas diluido en la noche. Y la noche/ metida en ron costeño / bate sus alas frías sobre la playa en penumbra/ estremece el rumor de los vientos porteños… Baila Artel su cumbia tejida en letras, registros que no fuesen posible sin la chispa de una rebeldía identitaria, de una búsqueda experimental desde las letras, de otra forma de independencia.

Son muchas las voces del Caribe que han intentado una fuga de ese pensamiento hegemónico, uniforme, rígido y monocorde impuesto por el colono, por el invasor. Algunos autores lograron huir de esa narrativa dominante, conservadora, dictatorial, que no da cabida a otras formas, posibilidades, registros, colores y a la libertad expresiva que identifica al vate Caribe. Voces que se han burlado y le han puesto el pecho, a los sistemas dominantes, voces que no se han dejado imponer esa lógica de la exclusión, que crea clasificaciones arbitrarias para mantener en su redil a todo aquello que pretenda escapar de su molde impositivo, descalificando las expresiones étnicas, populares, autóctonas e identitarias.

La travesía de los investigadores Mateo y Álvarez no solo recorrió los mitos, las leyendas, las migraciones, los viajes, las consideraciones acerca de la raza, lo insular y lo continental, las lenguas, los parentescos entre los mares Caribe y Mediterráneo, su música y sus danzas, sus carnavales, la misma geografía y en últimas su poesía y su literatura en general, para poder avanzar con mucha más claridad en la organización de un verdadero discurso literario, en donde ese territorio multirracial y pluricultural llamado Caribe pudiera entrar lo más completo posible y en todas sus dimensiones.

El Caribe y su tejido textual y libertario, no solo es afro, amerindio, mestizo, criollo, también es europeo, como lo es la misma cumbia y el carnaval. Este Caribe indómito y salobre, no cabe entero en una sola categoría, en un solo registro, en un solo discurso, sino en un metadiscurso englobado y totalizador en donde puedan converger todas las características que lo hacen indómito, particular, intrincado y polifónico.

+ Noticias


Estrenos de este mes de julio en Netflix, Amazon Prime y Disney +
Cinco opciones para celebrar en la mesa navideña
El arte de embellecer novias, el emprendimiento de Rafael y Luis Eduardo
¡Lo último! Aumentan las estafas con el uso de Inteligencia Artifical