Patricia Escobar
Columnista / 1 de junio de 2020

Al desnudo

Esta emergencia de salud, pandemia, crisis, encierro, cuarentena o paranoia ha desnudado y dejado al descubierto un perverso sistema financiero, el único que se ha mostrado unido y fuerte ante las dificultades que atraviesa el país, que no se ha inmutado ante las súplicas de pequeños y medianos comerciantes que no pueden acceder a las ayudas económicas de los anuncios oficiales, y si acaso lo logran, es para que los bancos se autopaguen lo que el solicitante les debía. El sistema financiero, la banca de Colombia, es el sector que más plata reportará como ganancias cuando esto termine. Ganará más que los domiciliarios, tan de moda en estos días.

Esta ya larga cuarentena ha mostrado la terrible desigualdad en el acceso a la educación y, sobre todo, las falencias de conectividad a pesar de que hay un ministerio de las TIC. Ha demostrado que, en este país, un computador o un móvil es un lujo para muchas familias. Que en muchos hogares solo existe un aparato electrónico que deben compartir cuatro niños. Que para encontrar señal hay que subirse a un árbol o caminar por una trocha casi una hora. Que muchos de nuestros profesores y maestros no están a la altura de las exigencias del siglo XXI, porque por lo general son considerados ciudadanos de segunda y sus pésimos salarios y excesivas horas de clase no les permiten capacitarse.

Al desnudo también ha quedado el sistema de salud, y lo malévola que resultó la Ley 100. Un país donde hay ciudades capitales en las que no existía, y aún no existe, una cama de cuidados intensivos; donde los médicos tienen que trabajar sin las mínimas condiciones laborales y de seguridad, donde los pacientes son clientes, y donde la tecnología es un lujo para las clínicas privadas, no puede considerarse un país medianamente sano o de primer mundo.

Este bicho malvado y lo que nos ha producido ha desnudado también a una sociedad desunida, con gremios y asociaciones de papel que no han sido monolíticas en las exigencias de soluciones, que se pelean porque no hay listados claros de los profesionales de sus ramas, que no hacen propuestas de manera uniforme. Sobresalen los músicos y todo el sector de la cultura que, a pesar de ser un sector mayoritario en el país, ha sido tratado como minoritario, básicamente por su misma desunión.

Y por último, ha dejado al desnudo a una prensa “profesional” convertida en altavoz de la oficialidad gubernamental, incapaz de formular preguntas concretas a quienes se supone tienen la respuesta, incapaz de ser voceros del pueblo angustiado, de investigar e ir más allá. Una prensa que se ha dejado apabullar por las redes sociales en manos de muchos inoficiosos o mal intencionados que no hacen sino generar más caos.

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