Juan Alejandro Tapia
Columnista / 22 de abril de 2023

‘Amarillo sangre’ en la Feria del Libro 

Me preguntan con frecuencia cómo le va a mi novela. Algunos, más directos que la mayoría, no dejan lugar a rodeos o respuestas ambiguas: «¿Cuántos ejemplares has vendido?». Es la forma habitual de medir el éxito, en números, en plata. Si mis cuentas no fallan, poco más de cien personas tienen en sus manos la primera edición de Amarillo sangre, el «mamotreto», como llamaba García Márquez al original de La mala hora, que me tomó cuatro años escribir, corregir y publicar. De esas, la mitad son amigos de buen corazón que la adquirieron por solidaridad; otro tanto, familiares cercanos; y el resto, compradores de ocasión, gente que confió en descubrir una mina de oro o simplemente corrió el riesgo de invertir en un escritor inexistente en el mercado, un escritor sin obra. De lo que no llevo registro ni cálculo es de cuántos pasaron de la primera página y, mucho menos, de los que llegaron hasta el final. A ese último grupúsculo de aventureros van dirigidas estas líneas.

Comencé a escribir en el colegio, a finales de los años ochenta, y el periodismo, a mediados de la década siguiente, me dio la posibilidad de que me pagaran por hacerlo. No tuve que aprender de nadie un concepto universal, simplemente lo supe desde el primer día: escribo para mí. Fabulador sin igual, Gabo repetía la mentira de que escribía «para sus amigos» solo porque le gustaba hacerlos sentir a gusto y que se sintieran a gusto con él, pero siempre escribió para sí mismo. Para nadie más. Escribir no es un ejercicio de generosidad, sino de la más pura vanidad. ¿O de qué otra forma puede catalogarse que un autor dedique, en su despilfarro creativo, cuatro, cinco, seis horas a quitar o poner una coma, cambiar una preposición o buscar una palabra perdida? Vanidad de vanidades: mientras el mundo cae a pedazos o la vida familiar del propio escritor se derrumba, una coma… No, unos puntos suspensivos… No, un punto y aparte. 

Lo primero es el título. Sin título no hay brújula, aunque haya historia. Desde mis inicios en la crónica roja supe que un día iba a escribir Amarillo sangre, el «mamotreto» que este fin de semana presentaré en la Feria del Libro de Bogotá. La novela se vale del género policiaco para mostrar una cara poco conocida del periodismo, la del reportero derrotado por su trabajo. Por lo general el proceso es a la inversa: utilizar el periodismo como excusa para abordar un crimen. Acá el asesinato de un antiguo jefe de Hacienda de Barranquilla es el pretexto para hacer una reflexión descarnada de la profesión desde un diario amarillista. Es una novela que descubre al periodista en su condición más íntima, con sus miserias, prejuicios, rivalidades, pero, también, con su dedicación, malicia, capacidad de análisis y, ante todo, deseo de servir. Más que una trama central hay un hilo conductor a lo largo de los cuatro capítulos, del cual prenden, como enredaderas, las historias de los personajes, que terminan por ser lo más relevante.

Tengo una relación tóxica con mi novela. Cuatro  meses después de su publicación, he leído tres veces el texto completo y cada vez que la veo en una mesa o un estante no resisto la tentación de hojearla en forma aleatoria. Falta poco para aprendérmela de memoria. Como con toda relación que llega a su fin, en el proceso de dejar partir, de soltar, he encontrado errores que no volvería a cometer, he sido mi crítico más enconado y hasta he cuestionado mi compromiso, mi vocación de escritor. Es ahí cuando han llegado mis escasos lectores a rescatarme, porque si bien escribir es un ejercicio solitario de vanidad, leer lo es de unión y sencillez.

Leer es meterse en la piel del otro, calzarse sus zapatos, ver la vida con sus ojos, es desprenderse de la vanidad. He caminado por las calles de El Vedado, en La Habana, junto a Mario Conde, gracias a la mano prodigiosa de Leonardo Padura; he estado en Santo Domingo, Lima y en la selva limítrofe entre Colombia y Perú porque Vargas Llosa guió mis pasos; he ido al Pacífico profundo y presenciado el espectáculo de las ballenas frente a las playas del Chocó porque Tomás González me regaló un pasaje sin regreso, y así como me ocurre con mis autores favoritos, mis lectores han visto en Amarillo sangre la Barranquilla que yo veo, no la de ellos. Y cada comentario, ponzoñoso o comedido, ilustrativo o superficial, es el premio a mi visión del mundo, a mi vanidad.

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