Juan Alejandro Tapia
Columnista / 11 de febrero de 2023

Cuento de Carnaval

Es sábado de Carnaval y Juan Marimonda lo sabe. Apenas se levantó de la cama dobló su tristeza y la acomodó en el cajón de los calzoncillos, el mismo donde encontró su máscara distintiva. Sacó del armario su viejo traje de retazos y le pegó una sacudida. Con esto basta, pensó en la soledad de su habitación, pues no era de los Marimonda que usan corbata de lentejuelas, esos son los pupis, sus primos, los del barrio Arriba. Contrario a lo que podrían pensar las millares de personas que dentro de unas horas lo verán con las nalgas contra el pavimento, en el desfile de la Batalla de Flores, no soporta el desorden, es trabajador y no se gasta  la plata en ron. Solo se expone a la burla por llamar la atención de esa negra coqueta de muslos firmes y boca de fresa que nada más le da bola durante los cuatro días de fiesta.

Cristina Puloy se mudó hace años del barrio Abajo, y aunque su existencia es tranquila y acomodada entre los de arriba, lo extraña. Extraña a sus amigas, la pandilla de las negritas; extraña el olor a sopa de rabo o guandú que vuela por las terrazas, y lo extraña a él, con sus brincos y esa voz repulsiva que su primo de Santa Lucía bautizó «pea pea» ya se imaginarán por qué. No tiene queja de Pedro Garabato, pero lo que al principio la enamoró, su elegancia y galantería, ahora le disgusta. Su marido dura más frente al espejo que ella, que solo es de ponerse unas mallas y su vestido rojo con pepas blancas de toda la vida. Tampoco necesita mas. Es la hija de Ramón Congo y el Carnaval lo lleva en la sangre.

Nadie la obligó a casarse con Garabato, pero había salvado de las garras de la muerte a su padre. El mismo viejo, tras recuperarse de la cirrosis, lo había llevado a la casa y presentado con solemnidad. «Y al doctor también le gusta el Carnaval», habían sido sus palabras, y para qué fue eso. Durante el «pre» se divirtieron de lo lindo y ella incluso posó de garabata en el Country y en la 84 con su afro alisado y peinado. Cuando llegaron los cuatro días oficiales ya Juan Marimonda era una estrofa más de ‘Te olvidé’ y el viejo Congo y su madre se habían salido con la suya, que la niña merecía algo mejor que ese pobre diablo arlequín.

Desde entonces solo se veían en la Vía 40, ella trataba de no lanzarle besos, pero estaba en su naturaleza. Garabato no se daba cuenta, preocupado por seguirle la corriente a Ricardo Monocuco, ese cachaco, paloma y gato que humillaba a las farotas con sus chistecitos de cama, les tiraba piedras a los coyongos y le soltaba los lacitos a María Moñitos. Del único que no se mofaba era de su primo de Santa Lucía, que le había dejado claro la vez que le echó al suelo el sombrero de papelitos que la próxima le abría el Canal del Dique para que aprendiera a respetar a los ribereños.

Pero este año Juan no estaba dispuesto a conformarse con un beso arrojado al aire. Rompió filas y se puso serio, como si el disfraz no lo protegiera de sus demonios, y caminó en sentido contrario con el silencio como escudo contra la algarabía. Jamás, en un siglo de historia, se había visto una marimonda más inexpresiva. Estuvo a punto de arrancarse las orejas, cercenarse el moco y transformarse en un hombre cualquiera, en el hombre que era, pero entonces notó que la Puloy también dejaba atrás a su pandilla y venía a su encuentro. 

–¿Estás loco? No puedes parar de brincar.  La gente te está viendo.

–Ni tú de coquetear. Con él, conmigo, con todos 

Ninguno de los dos volvió a hablar. Ella abrió su sombrilla para cubrirlos de las miradas inclementes, cual rayos del sol, y juntos abandonaron el desfile como una marimonda triste y una negrita sin picardía, pero felices por fin de ser Juan y Cristina.

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