Sonia Gedeón
Columnista / 22 de agosto de 2020

Colombia, país de vírgenes

Al encender el televisor todas las noches en estos días de pandemia encuentro entretenidos los reciclajes de telenovelas como Diomedes, el Cacique de la Junta, que se la pasa invocando a la Virgen del Carmen para que lo cuide y también le perdone todas sus andanzas, mientras al presidente Duque en el otro extremo un juez le ordena que no puede honrar abiertamente a la patrona de Colombia, la Virgen de Chiquinquirá.

Investigué entonces un poco sobre quiénes veneran y por qué invocan muchos colombianos a la Virgen María y encontré que en Colombia hay 82 vírgenes, y  ni siquiera artistas de la talla y trascendencia del maestro Fernando Botero escapan a su seducción. Prueba de ello es el hermoso lienzo de Nuestra Señora de Colombia, que cuelga en el Museo de Antioquia en sitial de honor.

Como todas las obras de Botero, Nuestra Señora de Colombia, la mismísima Virgen de Chiquinquirá, se presenta robusta, ataviada en un hábito rojo carmesí que contrasta con su inmensa blancura y su corona dorada como una calabaza invertida, libre de toda pedrería. La imagen tiene pequeños ojos negros y aparece flotando en una nube de espuma, con su larga cabellera rubia, con el niño en su brazo derecho sosteniendo la bandera de Colombia y el escapulario en el brazo izquierdo como manda la tradición religiosa. La excepción es la hermosa pieza en mármol de Carrara de la Virgen del Carmen que vigila la entrada a la hermosa bahía de Cartagena, cuyo niño descansa sobre el brazo izquierdo y por ello, se le denomina la Virgen Zurda.

En Colombia la exaltación a la Virgen María es una constante tanto geográfica como costumbrista que hace de estos sitios de peregrinación por su extraordinaria belleza, lugares de gran atractivo turístico en los que se conjuga la fe con los más bellos paisajes enclavados en sitios de complejo acceso, como el Santuario de Nuestra Señora de Las Lajas, en Nariño, el más hermoso de todos, o en otros donde la virgen cambia su aspecto de mujer blanca para tener rasgos indígenas, como se presenta la patrona de Tibasosa en Boyacá.

A lo largo y ancho del país, de acuerdo con leyendas y costumbres, la Milagrosa recibe diferentes apodos. Es así como en Salazar de las Palmas, Santander, le dicen La Ojona y en Simití, Bolívar, para no irnos muy lejos, la llaman La Original, mientras que en otras regiones la virgen asume dignidades como en Rionegro, Antioquía, donde se le denomina Alcaldesa Mayor.

En toda la Costa Caribe por lo general se venera la Virgen del Carmen, y no hay bus de servicio público que se respete que no tenga su imagen como patrona  de los conductores, también los pescadores y navegantes se la apropian y en particular la Marina colombiana, así como un inmenso núcleo de la población comprometida con actividades disímiles como los músicos y los agricultores en cuyas viviendas no falta un altar, una velita encendida, verbenas y voladores cada 16 de julio.

En Cartagena, mi patria chica, la virgen que se roba los corazones de los feligreses de la fe católica es la de la Candelaria, quien desde el santuario de La Popa, nos vigila y nos cuida desde los tiempos de la Colonia, cuando como cuenta la leyenda se apareció en la Calle de las Damas, para pedir a fray Alonso de la Cruz, construir una iglesia en la cima de la colina mas alta de la ciudad, sitio hoy de peregrinación de turistas de todos los credos que llegan hasta el santuario, unos a rezar y otros a tomar la más hermosa de las fotos panorámicas.

A la Virgen de la Candelaria se la venera con inmensa devoción y tradición cada dos de febrero, cuando en hombros es bajada por romerías que llegan de todos los rincones de la ciudad, para en procesión honrar a la protectora del Corralito de Piedra.

También tenemos vírgenes que reflejan duelo, como La Dolorosa, que cada Viernes Santo recorre con  decoro las calles de Popayán en esas magníficas procesiones nocturnas de la Semana Mayor, que se vieron por primera vez interrumpidas este año por el Covid-19. Asociada al dolor que produce la pérdida de la libertad, los presos encuentran consuelo en Nuestra Señora de las Mercedes, a quien celebran cada 24 de septiembre con gran pompa en las cárceles del país.

Ligada a las tradiciones precolombinas tenemos en la árida península de la Guajira a Nuestra Señora de los Remedios, que según manda la tradición y como todos los vecinos del lugar, tiene dispuesta en cada morada su altar y su hamaca, mientras no dejan de ser noticias las apariciones de la virgen que de tanto en tanto se dan en los cristales de las ventanas, en las ollas de la cocina, en paredes y muros que siguen siendo motivo de contemplación y reafirmación de la fe cristiana que mueve fibras y multitudes.

Imposible cerrar esta nota sin hacer alusión a la Inmaculada Concepción, que en todo el territorio nacional se celebra desde 1854, la noche del siete y la madrugada del ocho de diciembre, con miles de velas encendidas trazando el paso de la virgen, en las que se mezcla el fervor con la parranda para darle la bienvenida a la Navidad. Así las cosas, le guste o no a los ateos o a la izquierda, la Virgen María en Colombia como Diomedes, tiene una gran fanaticada.

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