Patricia Escobar
Columnista / 14 de octubre de 2023

¿Cuál seguridad?

La gran mayoría de los colombianos están pidiendo a gritos a los aspirantes a corporaciones públicas mayor seguridad en sus regiones y entornos. Y ellos, los candidatos, están prometiendo soluciones similares que pueden sonar bonitas pero que, a mi juicio, no acabarán con el problema, y tampoco son fáciles de implementar.

Todos coinciden en que van a aumentar las cámaras de seguridad o las van a modernizar. Bueno, esa medida no puede ser una solución. No lo es para mí. Solo servirá para atrapar a los ladrones, pero no para prevenir los delitos. Adicional a que las cámaras no son baratas y una vez instaladas no sirven si no hay centros activos observándolas y reaccionando.

Todos coinciden en que van a aumentar el pie de fuerza, y yo me pregunto: de dónde van a sacar a centenares, miles, de hombres y mujeres que quieran ser parte de la institución, en cuánto tiempo los van a preparar y a entrenar, y quién garantiza que todos ellos serán honestos, leales y trabajadores.

Teniendo toda una ciudad vigilada con cámaras y policías, ¿cómo se garantiza que los delincuentes paguen por el delito? Dicen las mismas autoridades que ellos se cansan de detenerlos y que más se demoran en esa tarea, que el delincuente o infractor volver a la calle. El sistema judicial colombiano, que en su gran mayoría depende del centro del país, de leyes que no pueden ser reemplazadas por decreto, es obsoleto y en ocasiones parece estar hecho en favor de quienes no acatan las leyes.

Ahora bien, supongamos que los jueces se esfuercen, primero habría que nombrar muchos investigadores y muchos jueces para descongestionar los despachos, ¿a dónde irían los sentenciados y condenados? No hay cárceles, las carceletas son insuficientes, las prisiones están sobrepobladas, son centros de delitos y la atención a reclusos le cuesta al Estado una millonada. Pero, además, allí no se regenera nadie por lo que nos muestra la historia. Y la mayoría de los que pagan las penas salen a seguir en las mismas.

Esta cadena, que yo podría denominar, de choque, de golpe a la inseguridad, es larga, costosa y no depende únicamente de la voluntad de un alcalde o gobernador. Posiblemente ayude a “asustar” a los delincuentes, pero no creo que acabe con el fenómeno. Posiblemente las acciones darán alguna tranquilidad a los ciudadanos, pero cuando el ciudadano se enteren de que quién lo estaba extorsionando sigue haciéndolo desde una cárcel, o quien lo robo o atracó está libre a las pocas horas o día, su decepción será mayor.

La inseguridad en este país se combate a partir de que entendamos por qué se da, cuál es el origen de ella. En un plano superior podemos decir que hay inseguridad porque hay hambre, porque hay una desigualdad y una inequidad abismal, porque hay una gran riqueza concentrada en unos pocos, porque hay una corrupción galopante, porque el trabajo y la educación no están al alcance de la mayoría de los habitantes de este hermoso y rico país.

Mientras una persona tenga con que llevar el pan a su casa, muy seguramente no va a exponer su vida actuando en contra de la ley y de otros; mientras todos tengan la oportunidad de recibir una educación digna, de calidad, muy seguramente van a buscarla para ellos o para sus hijos, cambiando la oscuridad por luz, y mientras generar dinero con pequeñas o medianas empresa, negocios o emprendimientos no sea toda una odisea, nuestras calles tendrán muchísimos menos peligros.

Hace algunos años en Barranquilla unas pandillas tenían azotada la ciudad y el sector donde vivían era todo un infierno. Con ellas se hizo un gran trabajo: se capacitaron sus miembros y se les dio la oportunidad de trabajar en obras que necesitaba el barrio. Pasaron rápidamente de ser delincuentes armados hasta los dientes, a obreros de construcción, a cuidadores de lo urbano, a trabajadores de las empresas de servicios públicos. La paz volvió, y la gran mayoría de esos chicos crecieron y se volvieron “personas de bien”.

Los candidatos deberían explicar sus propuestas de cómo van hacer para lograr que sus electores tengan lo mínimo vital para ser ciudadanos: educación de calidad y trabajos dignos, no necesariamente creados por las grandes empresas que no se pueden expandir de la noche a la mañana. Y unido a esto: más deporte, música y cultura para un sano esparcimiento.

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