Sonia Gedeón
Columnista / 3 de abril de 2021

Custodias con historia

“En la casa de Gregorio bien segura estaba, una reliquia del pueblo tipo colonial. Era una custodia linda, muy grande y pesada: ahora por una liviana la quieren cambiar.

Se la llevaron, se la llevaron, se la llevaron ya se perdió.

Lo que pasa es que la tiene un ratero honrado. Lo que ocurre es que un honrado se la robó”.

El anterior estribillo de La Custodia de Badillo, que inmortalizó el maestro de maestros de la música vallenata Rafael Escalona describe con maravilloso ingenio el más vivo retrato de intrigas, codicias, el robo sacrílego y el deseo de los amigos de lo ajeno por poseer estas joyas, herencia cultural de nuestra fe cristiana.

Por estos días de la Semana Mayor en que las custodias cobran protagonismo en los altares, los invito a un recorrido imaginario por las más bellas y valiosas del patrimonio religioso colombiano.

Dicen los historiadores que fue a partir del siglo XIV cuando en Europa empezó a popularizarse la devoción al Santísimo Sacramento. De Europa pasó a América, en donde la necesidad de los conquistadores por atraer a los indígenas hacía el fervor religioso, por un lado, y los requerimientos del culto, y de una sociedad incipiente que exigía lujos y ostentaciones, por el otro, creó una vivencia particular por el arte religioso. Así nacieron los primeros talleres de orfebrería en el nuevo mundo, siendo las custodias, la joya pinacular de este derroche creativo en oro, plata y piedras preciosas.

La mayoría de las custodias que vemos exhibidas en las iglesias son tipo “sol”. En Colombia hay cuatro que se destacan por su diseño y figura. Estas son: El Águila Bicéfala, La Lechuga, La Preciosa y La Santa Clara de Tunja o Tesoro de Occidente.

El Águila Bicéfala, única en el país, es un símbolo de la Casa de Austria. Mide un metro de altura, pesa ocho kilos y reposa en la Iglesia de San Agustín en Popayán. De esta joya en oro de 22 quilates y plata sobredorada, llama la atención su diseño: un águila de dos cabezas con alas desplegadas y una hermosa corona imperial, sostenida y flotando a la vez, entre las dos cabezas. Su manufactura data de 1673 y está adornada con esmeraldas, perlas, amatistas y otras piedras preciosas.

Capítulo aparte merece La Lechuga, una verdadera obra de arte. Su valor artístico es incalculable y se puede admirar en el Museo de Arte Religioso en Bogotá.

 La Lechuga, al más mínimo contacto con el sol o con rayos de luz, brilla como ninguna otra. En sus 80 centímetros de altura, tiene engastadas 1.485 esmeraldas, 28 diamantes, 13 rubíes, 168 amatistas y 62 perlas. En su elaboración el orfebre José de Galaz, conocido como “El platero de oro”, se tardó siete años y una de sus características es que es exactamente igual por ambas caras.

En esta custodia, el “sol”, donde se guarda el cuerpo de Cristo está sostenido por un ángel esmaltado, coloreado con los polvos sobrantes del pulimento de las piedras preciosas. Igualmente, se destacan en su composición 22 rayos mayores de la esfera terminados en pequeños soles engastados en esmeraldas y 20 rayos menores rematados con una perla.

En su confección, Galaz utilizó una técnica que le permitió ir engastando cada piedra preciosa al mismo tiempo que iba trabajando y no después, como se estilaba. De esa forma, los ladrones no han podido hacer de las suyas y se conserva intacta.

También en Bogotá, en la Catedral Primada, está La Preciosa, que compite en belleza con La Lechuga. Su diferencia radica más que en el diseño, en los tonos de sus destellos platinados y verdes, por la predominancia de los diamantes en la primera 1.958 y de las 1.485 esmeraldas en la segunda.

La Preciosa data de 1737, pesa 18 libras y fue elaborada por el orfebre español Nicolás de Burgos, al igual que la Santa Clara de Tunja o Tesoro de Occidente, que se conserva en el Museo de Oro en Bogotá.

La Santa Clara de Tunja o Tesoro de Occidente es otra de las custodias en que los ladrones hicieron de la suyas. Fue sacada ilegalmente del país en 1974, y en 1987, luego de innumerables gestiones del Gobierno fue rescatada y entregada al Banco de la República para salvaguardarla.

La historia de esta pieza está ligada a la abadesa del Convento Santa Clara, en Tunja, Josefa Del Castillo, quien entregó a Burgos, el orfebre, ocho libras de oro, 440 esmeraldas, dos collares de perlas, 38 amatistas, 20 diamantes y ocho topacios para elaborarla. El resultado es una hermosa custodia tipo sol que remata en una cruz de esmeraldas, con una altura total de 63.5 centímetros.

A lo largo y ancho de país son muchas las historias que se tejen alrededor de estas verdaderas joyas, como la de uno de los cientos de ‘rateros honrados’ que exclamó: “No quiero verla. Es demasiado hermosa y de pronto no resisto la tentación de llevármela de nuevo”.

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