Patricia Escobar
Columnista / 22 de enero de 2022

Dos mundos, distintas realidades

Definitivamente Colombia no es solo un país de regiones, Colombia es un país de países. Muy distinto es lo que se dice y pasa en el interior del país, teniendo como centro la capital, y en la periferia, en este caso, el Caribe colombiano y más concretamente, Barranquilla.

Esta semana me sucedió algo que quiero compartirles y que me afirma en mi teoría de que somos dos mundos muy distintos.

Fui a aplicarme mi tercera dosis de la vacuna contra el Covid con la premisa “científica” de que la mejor vacuna es la que uno se aplica. Es decir, fui con la mente abierta para aplicarme la que estuviera disponible, pero por recomendaciones familiares, inclinada a escoger la de Astrazéneca, si me tocaba elegir.

Cuando llegamos al sitio donde me había aplicado las dos primeras dosis de Pfizer nos informaron que solo había Moderna y que como todas las vacunas era compatible. Obvio, yo iba por mi dosis de refuerzo y me la apliqué, no sin antes haberme tomado dos pastillas de Acetaminofén.

Cuando llego a la casa y enciendo el televisor para ver las noticias, me encuentro con que el Secretario de Salud de Bogotá, con el pecho erguido y con voz de mando sentenciaba que para refuerzo sólo había que colocarse Astrazéneca y que Moderna era para segunda dosis. No aclaró que era para Bogotá por la disponibilidad que ellos tenían. Lo dijo como si fuera norma mundial.

Lo cierto es que los estudios científicos son bastante rotundos al señalar que esas dos son las mejores vacunas de las que disponemos en la actualidad. No obstante, las nuevas investigaciones sugieren que Moderna es ligeramente mejor como dosis de refuerzo.

El tema aquí no es cuál es mejor que otra, el tema es que mientras desde Bogotá pontifican que la tercera dosis tiene que ser de una marca, la que seguramente tienen ellos en sus almacenamientos, en Barranquilla se trabaja con otra. Dos verdades opuestas de un mismo país.

Y este es sólo un caso coyuntural. Pero a diario vemos las diferencias sustanciales y vemos como nos quieren marcar pautas y conductas sin tenernos en cuenta. Así como cuando se contratan a “excelentes” arquitectos para que diseñen plazas como la de Valledupar donde se colocó un piso hermoso que funciona para ciudades que no reciben el solazo que se recibe en esa capital, o diseñar modernos planteles educativos completamente cerrados que necesitan de aire acondicionado para poder albergar a personas.

Lo que debe quedar claro es que las verdades en Colombia no son universales. Y que los medios no podemos, en la gran mayoría de las veces, generalizar, y mucho menos “pontificar”.

La psicología social ha estudiado las relaciones que existen entre los seres humanos y su entorno. El ruido, las condiciones atmosféricas, la temperatura, entre otras cosas, “moldean” de alguna forma a los seres humanos, y de entrada entonces una persona nacida frente al mar, es distinta a una nacida entre montañas o valles. Y partiendo de esas obvias y notorias diferencias, todo o casi todo es diferente, y no podemos pensar que un país con tanta diversidad se maneje desde un solo lugar, en este caso, Bogotá, o se piense que fuera de ahí no hay un mundo que vale la pena tener en cuenta.

No es regionalismo, es simple lógica: no podemos aceptar que todo nos venga de afuera como la única verdad verdadera, no podemos seguir repitiendo como loros lo que escuchamos lejos de nuestras fronteras, y no podemos tener como agenda informativa lo que pasa por aquello lares. Ahí está el comportamiento del virus y la forma como hemos reaccionado y afrontado las cosas. Se supone que los costeños somos “folclóricos” y resulta que con seriedad afrontamos la vacunación hasta el punto que ya más del 95% de la población se ha aplicado por lo menos una dosis.

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