Juan Alejandro Tapia
Columnista / 18 de marzo de 2023

El caso Rentería

Fulminante fue el despido del periodista deportivo Óscar Rentería de Caracol Radio luego de que se refiriera, en el programa El Pulso del Fútbol, a la denuncia por violación que enfrenta en Francia el futbolista marroquí Achraf Hakimi, del PSG. Con cincuenta años en los medios de comunicación, el veterano comentarista vallecaucano emitió una opinión que no va con los tiempos que corren: «Una mujer sola no debía ir al apartamento de un futbolista», fue el comentario que le puso la lápida a su carrera.

Rentería, quien desde los años noventa protagonizó grandes polémicas radiales y televisivas con el narrador Édgar Perea, que le dieron relevancia nacional, no se retractó tras ser notificado de su salida de la emisora y en sus redes sociales fue más allá: «Sigo pensando que si esa muchacha fue al apartamento del jugador sola, sabía lo que podía pasar. Y para qué viene a reclamar después”, dijo, para luego calificar su caso como un atentado contra la libertad de expresión.

Caracol Radio, del grupo español Prisa, es libre de tomar la decisión que considere más apropiada a sus intereses, y el pleito laboral, si lo hay, lo afrontarán los abogados de las partes, pero el caso plantea grandes interrogantes para la prensa. ¿Comete una falta grave a su trabajo un periodista de opinión, función que desempeñaba Rentería en El Pulso, por emitir una apreciación expontánea que, pese a las inmediatas manifestaciones de rechazo, puede ser compartida por un segmento amplio de la población?

La lucha frontal contra la violencia de género, mucho más tratándose de delitos sexuales, no admite discusión, pero el atajo de la mordaza quizá no es el mejor camino para el justificado y urgente cambio de patrones de comportamiento enquistados en la sociedad. Silenciar una opinión puede producir el efecto contrario, que esta se multiplique. Un hipotético mea culpa de Rentería en su programa, el más escuchado de la cadena radial, reconociendo que su comentario no tuvo en cuenta la autonomía de la mujer para tomar decisiones (ir sola a la casa de un jugador en un servicio de Uber contratado por este) sin que se interprete como una invitación a disponer de ella como un objeto o no se respete su libertad de elegir en qué momento detenerse, ha podido sentar un precedente desde la reflexión y no desde el autoritarismo. ¿Y si el periodista no estaba dispuesto a hacelo por considerar que no había cometido un error? Pues una intervención al aire del presidente o un vocero de la compañía, desmarcándose de su empleado, lo habría dejado sin la posibilidad de victimizarse en redes, pero sin violar su derecho a opinar.

Sucede que el mundo cambió y algunos no se han dado cuenta. Todo lo que sale de la boca, por lo menos en esta etapa de ajuste de ideas, valores y conductas, debe pasar por un filtro so pena de ser enjuiciado. No es clara la subordinación del lenguaje al pensamiento, puesto que pensamos con palabras. Es más, todo lo que hablamos y escribimos le da forma a las conexiones eléctricas de las 86.000 millones de neuronas del cerebro humano. ¿Qué quiere decir esto? Que el uso frecuente de un término peyorativo o de comentarios sexistas sustenta y reafirma tales posturas en el individuo, como una serpiente que se muerde la cola.

En un medio de comunicación o en las redes sociales, la viralización de una opinión disonante puede echar a la basura de un día para otro una carrera de medio siglo como la de Rentería, pero en las calles, en las conversaciones diarias, es obligatorio también replantearnos palabras, frases y expresiones referidas al género, contextura física, color de piel o preferencias sexuales. Tengo dos grandes amigos de la época escolar, ‘el Gordo’ Pérez y ‘el Flaco’ Jaramillo, a quienes ya empecé a tratar por sus nombres de pila, Carlos Andrés y Juan David, que no había vuelto a escuchar desde los llamados a lista en el colegio.

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