Wilson García
Columnista / 11 de septiembre de 2021

El dinero y yo

Si bien he dicho y escrito que una de las falencias educacionales de nuestra sociedad es la educación emocional, otra que he visualizado, durante estos dos años de enfermedad global, es la de la educación financiera o léase la relación de cada uno de nosotros con el dinero. Si algo ha quedado determinante en esta época, es que hemos sido educados para integrar una sociedad consumista que como esquema de éxito social aspira más por una visión de logros económicos individuales, que por capacitar holísticamente para suplir los mínimos básicos humanitarios.

Aquí no se ha instalado una visión social de economía humanista como lo definió el escritor José Luis Sampedro, o lo viene desarrollando Amartya Sen y su teoría de las capacidades en la India. El filósofo y político Francis Bacon decía “El dinero es un gran sirviente, pero un mal maestro” y entre nosotros ese mal maestro si que ha tenido reconocimiento y aprendices que se han movido en lo político, en lo comercial, en lo industrial, en lo deportivo, en lo social y en lo cultural.

Es claro que desde su creación e instalación como sistema mediador, el dinero como lenguaje humano permite medir el valor transaccional entre las personas para encontrar estructuras financieras que muevan propósitos comunes, pero cuando se generan lazos de unión monetaria entre las personas es cuando se ve al dinero como catalizador de lo mejor y lo peor del ser humano y en esa medición si que los colombianos nos hemos vuelto especialistas. Es verdad que generamos una relación con el dinero a partir de vincular su valor a un estado esencial de felicidad, pero lo que vivimos actualmente es dicotómico a todo propósito noble de uso humanístico del dinero, porque la deformación de su poder es tal que en la modernidad es uno de los causantes de guerras, eliminando todo valor intrínseco de mediar naturalmente para intercambiar mercado y complementar necesidades básicas para la vida de los pueblos, tal como lo hicieron históricamente las sociedades que intercambiaban la sal, el cacao, el maíz, como objetos de valor dentro de grupos que no los poseían y demandaban su consumo.

Pensemos qué pasaría si multiplicamos los sueños y las ilusiones individuales de tener dinero a mares por 48.000.000 de habitantes, algo que de seguro por derecho propio debería estar bien para cada uno de nosotros, imaginemos de que manera podremos convivir y complacernos ante el derecho individual a tener tanto o más que los demás que es una de las enseñanzas ambiciosas del mal maestro. Cómo manejar a nivel macro esta idea y modo de actuar instalado en el raciocinio de cada uno de los colombianos, que reconocidos por su capacidad creativa e inventiva han diseñado las más asombrosas empresas de enriquecimiento lícito e ilícito, éticas y corruptas, exitosas y fracasadas, ejemplares y pervertidas.

Digo “han” porque ahí no entro yo; aquí es donde cuento cual ha sido mi relación con el dinero, algo que he aprendido más por el camino de las equivocaciones que por lo educacional. El dinero y yo hemos sido familia, amigos, amantes, colegas, soñadores, facinerosos, ociosos, caritativos, solidarios, ambiciosos, emprendedores y motores. Todo esto hemos podido ser y si yo lo he sido de seguro cualquiera en algún momento ha generado una relación tal con este sirviente disruptivo eterno, que estoy seguro de que la suma de esas relaciones individuales difícilmente podrá llegar a ser una construcción de bienestar con visión de sostenibilidad colectiva para países con tanta falta de educación emocional y financiera.

Hace más de seis mil años se instaló la intermediación del dinero entre las necesidades físicas y emocionales de los grupos sociales, y el paso del tiempo en la humanidad ha vinculado el concepto de felicidad al de tener dinero, de tal manera que durante estos dos últimos años a causa de un mal global estamos debatiendo la calidad de vida de los países entre la salud y la economía, lo emocional y lo espiritual, vivir y morir.

Desde pequeño he estado intrigado sobre qué es lo que le da valor a un objeto; siempre me he dicho que la valoración de una cosa es irreal, intangible, emocional, voluble, inconstante, si quién lo demande no lo reconoce como objeto de valor, lo que crea el efecto de la depreciación. De niño intercambiaba cromos de colección del álbum de chocolatinas, y las figuras más escasas pasaban a tener un valor por el cual dábamos o hacíamos lo que fuera por tenerlas, bueno esa fue la primera enseñanza sobre lo que significa algo, obtener el naranjal valenciano, la rana marsupial, los patitos o el pájaro dodo se convirtió en un propósito del año escolar a tal punto que perdí un carro de rodillos que me regaló mi abuelo al darlo en canje por una lámina falsa del naranjal valenciano que me dieron. Así aprendí negocios sobre objetos de valor y entendí que algo se vuelve dinero cuando es escaso, es reconocido, se puede dividir, se sustituye sin perder valor, y puede llevarse a todos lados para hacer tratos.

Hoy que insistimos en mantener vivas, a pesar de toda circunstancia desafiante, entidades en el sector de lo cultural que aporten al desarrollo del ser humano, vemos lo esencial que es la materialización de la idea creativa a partir de una administración financiera equilibrada que permita llevar el intangible de las emociones humanas al encuentro con un público que le apueste, valore y viva la experiencia artística como parte esencial de su vida. En “c”olombia hay que vigorizar la relación con el dinero, con las políticas de subvención y gestión del dinero para la cultura, porque los últimos años se discute más por los asuntos del dinero que por la creación, el arte y los valores humanos, esto es deformante para una sociedad sensible, porque sabemos que el papel de lo cultural, lo social, lo educacional, es categórico en toda participación de políticas para el desarrollo del ser participativo, productivo y pro activo.

Ojalá quien lea esta columna y vea en este manifiesto el valor de lo que expreso para la sociedad, se interese en aportar, con sus capacidades y desde su profesión, a la construcción de un sistema de sostenibilidad de los proyectos artísticos como objeto esencial que se relacionen bien con el entorno, con sentido de pertenencia y generen solvencia emocional y monetaria para el bien común, de manera que nos permita ser una mejor sociedad desde lo cultural. @eldelteatro

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