Pilar Castaño
Columnista / 15 de agosto de 2020

El futuro en pausa

Llevamos hoy 5 meses viviendo un espectáculo aterrador. Con un miedo compartido por primera vez en nuestra historia, un miedo universal con consecuencias fatales!

Rostros cubiertos con máscaras, como si el aire estuviera envenenado. Y es que el enemigo invisible, el virus, está por todas partes

Jamás pensamos que libros como La Peste, de Camus, podrían convertirse en titulares de este 2020.

Abrir la puerta se ha convertido en un riesgo mortal, con ansiedad y angustia. Un movimiento que pasaba inadvertido, hoy es un paso a lo desconocido. Miradas tristes y desconfiadas ante la cercanía del amigo, del vecino, del ser amado. Familias fragmentadas, personas mayores aisladas del cariño y cuidado de sus seres queridos. El olor a alcohol y desinfectantes es el aroma cotidiano.

Trajes que nos cubren el cuerpo como armaduras para protegernos de la realidad. Guantes, tapetes que desinfectan cada pisada. Parecemos habitantes de otro planeta.

Las ciudades desiertas, las tiendas, los cafés y los restaurantes se han convertido en piezas de museo, reliquias de otros tiempos.

Los balcones, que siempre han adornado los edificios, habían perdido vigencia en este mundo moderno desenfrenado, donde el acelere laboral y tecnológico no permitían el reposo del guerrero en una hamaca o una mecedora. Hoy han vuelto a la vida para sentir, aunque sea con distancia, la música y el olor de otras cocinas. Ha salido a relucir una solidaridad que se había perdido. Un diálogo, un saludo, se han convertido en una tabla de salvación.

Los héroes invisibles han asumido un rol histórico. Médicos, hombres y mujeres, enfermeras e internistas, nunca se imaginaron la magnitud de la crisis que manejarían sin descanso en hospitales infestados y atestados de pacientes, que muchas veces no logran salvar por falta física de recursos, entregando sus propias vidas en el intento. Estos héroes que parecen más personajes de las grandes obras de ciencia ficción, de mentes maestras como Aldous Huxley o Ray Bradbury con su Fahrenheit 451, rebasan la ficción siendo seres humanos sin descanso.

El que está herido de muerte es el planeta. Herido y devastado por la mano inconsciente del hombre, y nos pasó factura. La deforestación, la contaminación, la pesca y la caza indiscriminadas, los excesos de deshechos, las montañas de plástico por nuestro consumo desenfrenado, un mar recalentado que se ha convertido en basurero, que derrite los glaciares. Esta guerra sin cuartel no tiene hasta el momento una vacuna a la vista. Y cuando llegue, seremos los últimos en tener acceso, no por tercermundistas, sino por que no ha habido voluntad ni acuerdos con nuestra consabida burocracia, ni siquiera de estar cerca de producirla o por lo menos hacer el intento. La excusa, nuestra economía devastada.

Y los jóvenes, ¿qué? Parece que la vida se detuvo de pronto sin sentido y los planes de un buen empleo, después de graduarse por internet, de viajar, de enamorarse, de dar rienda suelta a sus sentimientos, lo ven como otro video. Una gran incertidumbre, frustración, miedo, tristeza y mucha rabia. Salir a correr es lo que quisieran. Están limitados, confinados, relegados a su mínima expresión. Son momentos de cambio. Una nueva forma de pensamiento más incluyente y espiritual.

La creatividad, o reinventarse, es la salida a esta nueva realidad surreal. Botar toda esa energía negativa, con la que se despiertan cada mañana, con el conteo de muertos y más muertos, en todos los medios de comunicación.

El futuro está en pausa como esos video juegos de la niñez.

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