Juan Alejandro Tapia
Columnista / 7 de octubre de 2023

El museo

Una mesa con portarretratos, en la sala de mi casa, cumple el papel de museo de historia familiar. Varias veces al día me detengo frente a ella para recordar de dónde vengo y a quiénes se lo debo. Cada fotografía es el vestigio de una celebración o de un momento especial entre los miembros de la misma tribu. Todos sonrientes, los ojos puestos en el lente de la cámara o el celular, congelados para la eternidad. Click. El disparo del flash ilumina el telón oscuro de la memoria y los trae de vuelta -ese «diminuto instante inmenso en el vivir» al que se refiere Silvio Rodríguez en Y nada más-: mamá, papá, hermano, tío, madrina, abuela; hasta Luna, la perra, me ladra desde el pasado.

Repasar las imágenes es como contemplar las obras de pintores fallecidos siglos atrás. Uno empieza a fijarse en los detalles: el color de una camisa, los aretes aquellos que por dónde andarán, el hoyuelo en la mejilla que se le formaba al reír, el cielo encapotado de ese día. Ninguna información sobra cuando se trata de almacenar un nuevo recuerdo de un ser amado, de grabarlo con fuego en la delicada piel del olvido para que no se borre.

En mi museo comparten espacio, apretujadas, fotografías que bien podrían enmarcarse, como en la historia del arte, dentro del renacimiento, el barroco y el romanticismo de cada familia. La llegada al mundo de un nuevo integrante, el bautismo, la primera comunión, esa época oscura de la juventud de la que no queremos acordarnos, los viajes en pareja, las bodas, los asados, un paseo a la playa. Y, como en todo museo, sin importar que su colección quepa en una mesa, la vida y la muerte se encuentran unidas por un puente. Miras fijamente a los que ya no están y es como si ellos, desde su lugar, también lo hicieran.

Siento sus miradas encima, en mi museo ya son muchos del otro lado del puente. Juego a enumerarlos: uno, dos, tres, seis, siete, paro de contar. Y ahora, los que seguimos acá: cuatro, cinco, seis. Recuerdo entonces que un bebé ha nacido hace unos días para equilibrar las cargas y que debo comprar un portarretrato.

Imposible no cuestionarse por el tiempo perdido, lo que debimos haber hecho y dejamos para después, la disculpa que no dimos. Esa también es función de un museo: incomodar. Por eso no es lo mismo hojear el viejo álbum de fotos o volver a ver la selección que hicimos para Instagram. Porque en un museo las obras están expuestas, como ocurre con los cuadros y retablos sobre mi mesa, y son indiferentes a tu presencia.

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