Sonia Gedeón
Columnista / 5 de septiembre de 2020

El ocaso de Celestina

Tenemos los cartageneros largos meses contemplando un mar cuyo suave rumor nos invita a disfrutarlo, mientras las autoridades cada día se enredan más en los protocolos para dejarnos dar un baño de mar y que el sol nos acaricie la piel para no tener que tomar pastillas de vitamina D, sino recibirla directamente del astro rey como manda la naturaleza.

Tan confundidos están que pretenden que se haga reserva para ir a la playa. Ante ese exabrupto salí a buscar a Celestina Cassiani, la otrora matrona de las playas. Aunque ya no sale a vender frutas, oficio que delegó en sus hijas y sobrinas, sí cuenta con la sabiduría que le da su pelo cano y una vida de trabajo, desde que abandonó Palenque a los 12 años para preparar y vender con su mamá bollos y alegría con coco y anís, primero en las casas solariegas de Manga y luego en Bocagrande.

A Celestina la conocí hace 40 años, cuando recién desempacada de la universidad, pasaba horas tumbada al sol para no parecer turista en mi tierra. Con su palangana de frutas en la cabeza, espalda erguida y suave cadencia, recorría las playas con su perfecta sonrisa, sin fustigar a los bañistas, mientras el negro Evaristo, con su carreta de cocos de agua, le competía fuerte en una ciudad que apenas despertaba al turismo con unas temporadas muy marcadas.

 Dos años más tarde, a principios de los 80, trabajando en el despacho del alcalde, la busqué de nuevo para que con su liderazgo me ayudará a reglamentar el oficio y a uniformarlas con vistosos delantales con los colores de la bandera cuadrilonga de Cartagena. Para ese entonces, entre vendedores de raspao, frutas, cocteles de ostras y cerveza, no pasaban de 45. Ese fue tal vez el primero de muchos intentos por organizar la informalidad. Hoy solo entre tejedoras de trenzas, vendedoras de frutas y masajistas, hay 260 mujeres registradas en las playas de Bocagrande, y crece la pila.

Celestina, que fue la reina de las playas del Hilton en sus años dorados, reconoce que el oficio de las palenqueras está degradado, porque dice que no todas vienen de Palenque, que a muchas les basta con ser morenas y robustas para hacerse pasar por palenqueras, y añade que el pecado no es ese, porque cree en la igualdad y el derecho al trabajo. La diferencia está en el trato amable hacia el turista, guardando la distancia, sin abusos, ni acosos.

En ese entonces, había camaradería entre ellas y una torreja de piña gruesa y jugosa costaba $10 pesos, y las utilidades diarias en un buen día de ventas podían ser hasta de $300 pesos. En años recientes, los turistas se multiplicaron en número, más la competencia entre ellas es real, marcan territorios y se respetan los linderos imaginarios definidos por ellas mismas.

En este deseado regreso a la mal llamada nueva normalidad, Celestina ya no es protagonista. Su foto no aparece cada noviembre en las páginas de los periódicos, ni en los noticieros de televisión al lado de la Señorita. Colombia, no espera la puesta del sol en la playa y tampoco es centro de atracción para invitados especiales en congresos y convenciones. A sus 80 años, su ocaso se replica en las mujeres de su oficio como vendedoras de frutas, y mientras dure la pandemia si este no se reinventa, se extingue.

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