Juan Alejandro Tapia
Columnista / 16 de septiembre de 2023

El País

Leer cada mañana la edición digital de El País, que no es un diario español, sino en español, se me ha vuelto una adicción. Para un periodista desencantado de los medios después de veintiocho años de conocer sus entrañas, y un poco también de su profesión, reencontrarse con la compleja sencillez de un texto bien escrito, llámese noticia, crónica, reportaje o artículo de opinión, ha rescatado mi fe en el servicio que el periodismo presta a la sociedad. 

Placentera como toda adicción, la lectura de las secciones, frente a la pantalla del portátil o el celular, resulta parecida a la de una buena novela. O a la de muchas buenas novelas. El drama del mundo moderno está ahí, entre los dedos que saltan de la invasión a Ucrania a los diez minutos del espectáculo de Shakira en los premios MTV, del «piquito» obsceno de Rubiales a la exploración espacial al mando de Elon Musk, del cierre de los salones de belleza en Afganistán a la nueva vida de Messi en Miami, de Milei a Trump con escala en Petro y Bukele. Todo elaborado con la receta milenaria del pan, que es la del buen periodismo: preparar la masa, darle forma y hornear. O lo que es lo mismo: investigar, escribir y publicar.

Pero lo primero siempre será el panadero, y eso lo saben en El País. Firmas, firmas, firmas. Nombres, nombres, nombres. Rostros, rostros, rostros. Si vas a la panadería y te gusta el pan, regresas por más. En tiempos de recorte en las redacciones, de párrafos construidos con inteligencia artificial, de productos de nicho, el diario insignia de la lengua de Cervantes y García Márquez apuesta por ampliar su cobertura en América y contratar periodistas que no solo cuenten y expliquen, sino que vivan la realidad de sus países. Es como volver a la época dorada de los corresponsales, pero potenciada con grupos satélites de trabajo. Como volver a leer Caracas sin agua cuando se daba por sentado que ya no había gente dispuesta a leer Caracas sin agua.

Solo el buen periodismo puede salvar al periodismo, y enfrentar las fake news, las bodegas, las narrativas impuestas con descaro o con disimulo. El buen periodismo informa, educa, entretiene, pero cumple otra función que los medios y los mismos periodistas han olvidado: transmite emociones. No basta con estar documentado, hay que sensibilizar. Tampoco basta con ir, visitar o acompañar a los protagonistas, después hay que saberlo contar. Eso vale. Vale como vale todo en esta vida: un montón. Dinero para transporte, alimentación -incluida una que otra cerveza-, para herramientas tecnológicas de primera y, por supuesto, para salarios también de primera. Buenos salarios para muchos buenos periodistas que escriban muchas buenas crónicas, reportajes y noticias, o hagan una mezcolanza de géneros e igual dé gusto leerlos.

Firmas, nombres, rostros, una fórmula que genera confianza en el público, luego un hábito y, por último, una adicción. Es la perogrullada a la que deben aferrarse los medios escritos para sobrevivir: escribir bien. Y que sus lectores reconozcan a quienes lo hacen. Por eso no puedo evitar la fascinación de hallar un error en un texto elaborado con esmero y brillantez. Un gazapo de digitación que escapa de los rigurosos controles a lado y lado del Atlántico y confirma que hay un periodista de carne y hueso detrás de las teclas, no un pedido expreso al ChatGPT o, lo que es peor, un reportero sin pasión, una máquina de producir noticias perfectas.

La humanidad ha vuelto a leer, hasta en las conversaciones cotidianas las letras han vencido a los fonemas. Un celular tiene más utilidad como máquina de escribir que como teléfono convencional. Por primera vez en la historia, la oralidad ha sido desplazada por la escritura. El problema de los diarios es que de tanto preocuparse por no quedar atrás en el universo digital, con sus pódcast, especiales multimedia, interactividad en redes sociales y demás, dejaron en las gavetas de los escritorios los viejos manuales de redacción. Por suerte para el periodismo, y para los desencantados como yo, El País y muchos medios independientes en español los han traído de vuelta.

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