Juan Alejandro Tapia
Columnista / 15 de octubre de 2022

El reloj de arena

Rodeada de montañas y verdor se encuentra la fosa donde está enterrado mi hermano, en el fértil y templado Valle de Laboyos, postal del sur de Colombia, Huila adentro, nuestra Toscana. El sol baña con sus rayos las tierras en las que se produce el mejor café del país, y una brisa mojada, de los páramos que observan a distancia, refresca las tardes. La tumba tiene flores rojas y azules y amarillas y blancas, naturales y de artificio; piso y muros laterales de mármol; una fotografía del difunto en sus mejores años –bello, mi hermano–; una alfombrita color grama y la lápida (1960-2021). Cada fin de semana, mi cuñada limpia y riega con devoción, reza el rosario y guarda silencio. Es su manera de sentirlo cerca, de aferrarse a su recuerdo, de que no se le vaya.

El dolor suele ser lo más efectivo contra el dolor, y la tumba es un espacio hecho por y para el doliente, de ahí la necesidad de que todo en ella transmita vida. El cuidado o deterioro de esa «última morada» es –basta un repaso rápido a cualquier cementerio para comprobarlo– proporcional al miedo de dejar ir, de soltar. Por eso la decisión sobre el destino final del cuerpo de un ser amado no debería ser autónoma, sino consensuada. Porque el que se queda tiene derecho a opinar y hasta a exigir cómo prefiere llevar la carga.

El tiempo, nuestro gran enemigo, es implacable con el dolor: lo arrasa. Denle tiempo a un dolor y verán que no quedará nada. Pero, qué ironía, no se puede pasar por encima del dolor, hay que darle horas, semanas, meses, años. El dolor mantiene viva a la persona que ya no está, es el calor de la presencia a fuego lento, con dolor no hay ausencia. Pero, como en un reloj de arena, el receptáculo terminará por vaciarse.

Ese miedo al vacío es más fuerte que el dolor. Aterroriza. Paraliza. El vacío es la muerte del doliente, la señal de que ha llegado la hora de seguir con la vida. La vida, ahora sí, sin el otro. Es reconocer que no hay nadie en esa tumba, aunque quizá sí en las montañas, en el sol radiante de la mañana, en la brisa fría de la tarde, en la sonrisa del hijo, en el comportamiento del gato, en la planta sembrada en el patio.

La muerte tomó por sorpresa a una querida amiga y sus dos hermanas. Sus padres, luego de cuidarse al extremo durante más de un año, de no recibir visitas, de dejar en la entrada los zapatos y lavar con esmero todo lo que ingresaba a su casa, no pudieron evitar que el virus se les colara. Fue rápido, en menos de una semana estaban muertos los dos, y ellas todavía se preguntan por qué. Mi amiga es consciente de que ninguno de sus papás habría podido vivir sin el otro. Compartieron, cama con cama, hasta la misma sala de urgencias, agarrados de la mano.

Falta mucho dolor por caer para ellas tres, pero cuando el reloj de arena haga su trabajo, quizá mi amiga y sus hermanas puedan ver, en lo profundo de la tragedia de sus padres, el final más bello para una historia de amor.

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