Vanessa Restrepo Hoyos
Columnista / 19 de junio de 2021

El síndrome del copiloto

Hace poco iba con mi esposo en el carro. Él, al volante y yo, de copiloto. En el camino, caí en la cuenta de que cada vez que voy de acompañante, me pongo tiesa y en alerta. Incluso, me aferro de la manija encima de la ventana de mi puerta creyendo que así, nada malo me va a pasar si llega a frenar en seco, o si, Dios no lo permita, nos llegamos a chocar.

Si bien no soy de las que voy indicándole qué vía debe tomar, como copiloto no me quedo corta en cuanto a comentarios y consejos “no solicitados” se trata: “vas muy rápido”; “te pegaste mucho al andén”; “cuidado con el carro de la izquierda”; “ojo con el camión”, etc.

Realmente no sé por qué lo hago. Jamás he sufrido un accidente automovilístico, así que no debería tener motivo alguno para asumir esta actitud tan precavida, aunque tengo entendido que no soy la única.

He oído decir que a este comportamiento le llaman el “síndrome del copiloto”, el cual define a la persona que necesita controlar el timón de mando. Puede ser… ya que el no hacerlo, me hace sentir insegura.

Y como al que no le gusta el caldo, le sirven dos tazas, para una persona como yo, no hay peor pesadilla que la de ir de pasajero en un avión, en donde es despojado de todo tipo de control. 

Cada vez que oigo al jefe de cabina decir por alto parlante: “siéntense, relájense y disfruten del vuelo”, me pregunto qué tan calmado será el viaje que voy a realizar una vez estemos en el aire y este último, no lo fue en absoluto. El pasado domingo, 13 de junio, me llevé el susto de mi vida viajando de Houston a Panamá en un Boeing 737 de la aerolínea United.

El vuelo de 3 horas y 42 minutos tenía pronosticado llegar al aeropuerto internacional de Tocumen 10 minutos antes de lo planeado, pero terminó convirtiéndose en una vicisitud de casi 14 horas.

Al empezar nuestro descenso hacia la ciudad de Panamá quedamos atrapados en una tormenta eléctrica que obligó al capitán a abortar dos veces el aterrizaje en donde los sacudones, bajones abruptos y  relámpagos incandescentes estuvieron a la orden del día.

El tiempo pasaba, mas no la tempestad. Fueron muchos los rayos que seguramente le cayeron a la aeronave, sin embargo, uno de ellos no tuvo misericordia de nosotros y nos atacó tan fuerte, que el pararrayos del avión no bastó para defendernos.

El estrépito fue ensordecedor y la luz tan brillante, que llegué a pensar que el avión se había partido, más aún cuando comenzó a oler a quemado. En esos momentos, ni agarrarme de la inexistente manija de mi asiento me salvaría de esta situación. Solo me quedaba ahogar mis gritos y calmar mi angustia.

Poco tiempo después, el capitán nos informó que nos desviábamos hacia Cartagena para reabastecernos de combustible. ¿Qué, qué? ¿Combustible? La mayoría sabíamos que algo andaba mal y que definitivamente, el combustible no era el problema.

Camino hacia Colombia, nuestras sospechas fueron confirmadas. El capitán volvió a dirigirse a nosotros, esta vez para comunicarnos que uno de los rayos había impactado la aeronave. “Ahora sí, hasta aquí llegamos”, pensé.

Extrañamente, en medio de lo que parecía una montaña rusa, pasé del miedo a la expectativa. Durante lo que para mí fueron 40 largos minutos de Panamá a Cartagena, lo único que quería, era escuchar el sonido mecánico del tren de aterrizaje, el cual se convirtió en música para mis oídos cuando empezamos a hacer el descenso final hacia el aeropuerto internacional, Rafael Núñez.

Por fin en tierra, el capitán nos explicó que no volaríamos en el mismo avión ya que debía ser revisado por un técnico de la compañía y que otro avión de United, proveniente de Houston, vendría a buscarnos para llevarnos de regreso a Panamá. Menos mal, ¿quién iba a querer montarse nuevamente en él?

Pero el avión de reemplazo tomaría unas cuatro horas en llegar, así que debimos pernoctar en la sala de espera del aeropuerto de “La Heroica”.

A las 3:00 a.m. despegamos, rezando por un vuelo completamente diferente al que habíamos vivido horas antes y así fue: calmado y placentero. Me sentía flotando en el aire. El cielo estaba despejado, se podían divisar las luces de los barcos ya en fila para entrar al Canal de Panamá, las colinas se veían como grandes sombras,  y a lo lejos, el paisaje urbano iluminado de la capital panameña, se acercaba cada vez más.

En esta ocasión, tampoco tuve el control de la nave ni una “manija de seguridad” de donde aferrarme, pero por fortuna, no la necesité.

PS Quiero agradecer al capitán y a su tripulación por habernos llevado sanos y salvos a Cartagena en medio de condiciones meteorológicas adversas y con un avión ya afectado por un rayo.

El daño de la aeronave tuvo que ser reparado con una nueva pieza.

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