Juan Alejandro Tapia
Columnista / 22 de octubre de 2022

El temblor

«Despiértenme cuando pase el reguetón». La frase acompañó a la leyenda del rock argentino Gustavo Cerati en sus últimas giras como un juego de palabras con el estribillo de su éxito Cuando pase el temblor. La voz irremplazable de Soda Stereo se presentó en vivo por última vez el 15 de mayo de 2010 en Caracas y murió cuatro años después sin ver al puertorriqueño Bad Bunny convertirse en la estrella número uno de las plataformas musicales y en el mayor nominado a los American Music Awards de 2022 con ocho postulaciones.

Falta menos de un mes para que el ‘conejo malo’ llegué a Bogotá y Medellín con su World’s Hottest Tour, la gira más taquillera de artista hispano alguno en la historia de Estados Unidos con 232 millones de dólares recaudados. Nada mal para el boricua de cabello ensortijado que a los 13 años cantaba en el coro de su iglesia y a los 28 será materia de estudio en un curso especial de la Universidad Estatal de San Diego (California) por desafiar el modelo de la masculinidad latina.

No tengo nada en contra del reguetón, aclaro. Puedo escuchar cinco, ocho, diez horas seguidas de perreo sin que mis oídos estallen. Eso, si se toma en cuenta que no soy capaz de pararme a bailar el vals en un quinceañero, hace de mí un aliado del género, y es bueno remarcarlo. Les dolerá a los amantes de la salsa, el merengue y otros ritmos caribeños, pero esta musiquita sencilla, sin pretensiones de nada, es una expresión liberadora y libertadora que hace rato superó a sus ancestros. Por donde pasan, los reguetoneros, cual Bolívar a caballo, van conquistando.

El problema del reguetón es con el tiempo. Sus canciones no saben envejecer, hablar de «clásicos» suena ridículo y la imagen de un Maluma calvo, gordo e incapaz de moverse con sensualidad a causa de la osteoporosis no encaja con el recuerdo que las veinteañeras de hoy tendrán dentro de tres décadas de ‘Hawái’ o las ‘Cuatro babys’. Y el tiempo, no hace falta ahondar en el concepto, es el juez del arte. El cedazo de los años puede hacer que un huracán sea recordado como una brisa.

Precisamente porque la fuerza del reguetón está en sus intérpretes y no en sus letras ni melodías, no pasa de ser un género menor. Quizá el menor de todos los exportados por la isla del encanto. Mientas ‘Gasolina’, de Daddy Yankee, lanzada en 2004, suena a prehistoria y en ninguna rumba juvenil la pondrían salvo para despedir a la gente, ‘Sonido Bestial’, de Richie Ray y Bobby Cruz, grabada en 1971, es como viajar a la Luna en 2022: imposible de repetir pese al avance de la tecnología. Simplemente no se puede, ningún músico se atrevería.

A propósito del ‘cangri’, quien por estos días agotó entradas en Cali, Bogotá y Medellín, lo efímero de su legado queda retratado en la insolencia de montar una gira de despedida con la convicción de que, a sus 46 años, su obra musical está concluida, cuando, no sé, Serrat, por ejemplo, tuvo que llegar a los 78 para convencerse de lo mismo.

Pero soy un aliado, insisto, no un detractor. Si una universidad californiana considera necesario abrir una ‘cátedra Bad Bunny’ por transformar la imagen del macho latino aun cuando ponga a cantar a medio mundo que «tengo muchas novia, hoy tengo a una, mañana otra» y que se las va a llevar a todas para un VIP, debería haber por lo menos una clase magistral sobre los movimientos de Anitta en ‘Envolver’ con su perreíto pegado a la pared. El reguetón, contrario a lo que pueda pensarse, no ha denigrado a la mujer, la ha hecho más consciente que nunca de su sexualidad y le ha dado poder para ejercerla y explotarla. Hasta la diosa Shakira, que antes pasaba sus tusas con baladas pop, encontró en el sonido de la calle su mejor instrumento de venganza. Pensándolo bien, quizá Cerati no debió hacer el parangón con el temblor, sino con uno de sus más grandes éxitos, ‘De música ligera’, porque del reguetón… «nada nos libra, nada más queda».

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