Patricia Escobar
Columnista / 10 de octubre de 2020

Estamos lejos

Ya muchos hemos entendido y hasta aceptado que la virtualidad ha llegado para quedarse. Sin embargo, al país le falta mucho para estar a la altura de las necesidades, de las exigencias, de la demanda.

Aunque muchos, antes de la pandemia, utilizaban con alguna regularidad las redes para comunicarse, pocos lo hacían por obligación, como los estudiantes que saltaron de las aulas al internet; o los trabajadores de compañías que ahora hacen trabajo remoto, o los artistas que medio subsistente gracias a sus “en vivos”.

Un poco más de la mitad del país tienen una conectividad más o menos aceptable cuando se observa el panorama mundial. La mayoría tiene esa conectividad en sus equipos móviles. Expertos en el mundo aseguran que para que colapse el WIFI debe trabajarse en redes inalámbricas “más inteligentes”.

Según Confecámaras, en el 65% de los departamentos de nuestro país la suscripción a internet es solo del 10% y esto de entrada es un gran problema para avanzar, por ejemplo, en el comercio electrónico, o pensar que la educación remota es una solución.

De otra parte, todos los días la televisión muestra imágenes de las dificultades que enfrentan los estudiantes para poder acceder a las clases virtuales.

La difícil geografía del país, la escasa preparación de personal especializado, las lentas decisiones del Estado, hacen que sea casi imposible conectar a toda Colombia. Y el rezago se mantendrá con nosotros por mucho tiempo, a pesar de los esfuerzos que hacen los particulares por no desaparecer del panorama en épocas de pandemia, por ejemplo.

En el Caribe colombiano hay experiencias exitosas como las de Valledupar que no solo ha marcado la pauta con los conciertos virtuales –más de 20 en estos seis meses– sino que también se atrevió a realizar su máximo evento cultural de manera virtual. Pero no fue fácil.

Primero, la lucha por conseguir una plataforma confiable y con gran capacidad para que soportara un número alto de personas conectadas e interactuando al mismo tiempo; segundo, lograr que las prestadoras del servicio de internet, desde los lugares donde se realizaban los concursos, fueran sólidas y pusieran a disposición todo lo que ofrecían, y por último “haciendo fuerza” para que el fluido eléctrico no fallara en una región donde un aguacero apaga la luz.

La conectividad y la velocidad en Colombia no son las mejores, y los servidores de streaming privados apenas están fortaleciéndose, por lo que redes públicas como Youtube se han convertido en la mejor opción. Si a esto se le suma la cantidad de personas que en un momento dado están conectadas, la posibilidad de que “se cayera la red” fue un riesgo alto para quienes, en el caso de la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata se atrevieron a realizar un evento virtual desde cuatro escenarios diferentes, que en momentos trasmitían simultáneamente concursos permitiendo que las audiencias entraran al de su preferencia.

Por fortuna, los problemas que alcanzaron a presentarse fueron mínimos, pero siempre existió entre los organizadores y productores técnicos el estrés adicional de que todo saliera según lo presupuestado.

Estamos lejos de ser un país movido a través de la virtualidad, por eso se requieren ya, inversiones millonarias en tecnología y capacitación de personal especializado en el tema.

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