Estoy muy enamorado y feliz: Alberto Linero

Miredvista.co

El exsacerdote eudista habla, como pocas veces, de su nueva vida en pareja; cuenta que ha aprendido a cocinar “a punta de tutoriales de Youtube”, y analiza el momento de polarización que vive el país.

Linero en su espacio radial.

Polifacético, ágil de pensamiento, divertido, comprometido, conversador, analítico, buen bailarín, amante del vallenato y del Unión Magdalena y con una fe inquebrantable. Con o sin sotana, el samario Alberto José Linero Gómez sigue siendo la misma persona fogosa, vehemente, que usa la metáfora para hacerse entender y que no entra en vainas para cantarle la tabla al que se mete con él o al que intenta controlarle la vida, tal como lo hacía aún en sus años de sacerdote eudista.

El 5 de septiembre de 2018 anunció entre lágrimas que, después de 25 años de sacerdocio con la comunidad Eudista, colgaba los hábitos y se iba de año sabático. Siendo en ese momento tal vez el sacerdote más influyente –el rock star de la iglesia colombiana, como lo tildaron algunos medios–, esta decisión causó revuelo y dividió al país entre quienes apoyaban su honestidad y valentía y quienes lo consideraban un traidor.

El “padre Linero”, como muchos lo siguen llamando, es filósofo del Seminario Regional Juan XXIII, teólogo de la Javeriana, especialista en negociación y manejo de conflictos de Uninorte y en alta gerencia de los Andes, magister en comunicación social de la Javeriana y doctorado en Educación de en Educación de la Nova Southeastern University (NSU), en Estados Unidos. Es autor de más de una docena de libros de autoayuda, entre los cuales el más reciente es Vive y déjame vivir #MVM, editado por Planeta, como casi toda su obra.

Hoy, con 52 años, 44 kilos menos y un cabello que crece cada día más, Linero habla abiertamente con MiREDVista de las razones de aquella decisión, y revela detalles de su nueva vida y de la persona con la cual la comparte hace un año en Bogotá. Ella es una “caribe andina”, como la define él, con la cual explora y disfruta el complejo camino del amor y la convivencia. ­ A continuación, la charla a través de la plataforma Meet.

¿Qué pasó después de aquel día en el que usted anunció que dejaba el sacerdocio?

La vida continuó con la misma pasión, la misma alegría, con la misma opción de servirle a los otros, la misma energía. Obviamente cambiaron algunas rutinas y dinámicas de vida, pero el espíritu y la esencia siguieron siendo las mismas. No soy diferente a ese que comunicó el 5 de septiembre de 2018 que iba a vivir de una manera diferente. Sigo siendo el mismo, con la misma ganas de servir, de enseñar, de inspirar, de escribir, de hacer la vida como la había venido haciendo.

Cuando dice que quería vivir la vida de una manera diferente, ¿a qué se refiere? ¿Qué cambió?

Cambió todo.  Cambiaron los actos y los rituales cotidianos, y entonces cambió la vida. Ya no estoy en una institución ejerciendo un ministerio, ya no presido el sacramento, ya no vivo en una comunidad religiosa. Cambió la manera cotidiana de vivir. Antes había unos horarios, una reglas, unos rituales que hoy ya no están. El hoy está más marcado por la informalidad, por la experiencia cotidiana. Cambió la manera como administro mi vida. Antes no administraba, por ejemplo, el dinero. No lo administraba directamente. El primer mes me iban a cortar la luz y afortunadamente me llamó el portero y me avisó. ¡No la había pagado! Quise decirle: eso le toca al ecónomo, porque esa era mi vida. Yo ganaba todo y entregaba todo, ahora no. Yo siempre fui administrador, estaba al frente y me era fácil arreglar las cosas para mi comunidad, pero si era para mí ya me resultaba más complicado.

Concretamente, ¿qué le sorprendió de tener que administrar el dinero?

Todo me sorprendía. Alguien creerá que estoy exagerando, pero es que yo no hice nada por vivir. Tu me decías: Alberto quiero hacerte una entrevista y yo te decía, con mucho gusto. Pero es que ahí no estaba en juego nada. Hoy no. Me llaman para esto o para lo otro y tengo que pensar en que me toca cobrar eso. Tanto es así que me tocó conseguir una manager (María Alcira Matallana), porque si no, al principio no hubiera podido. El dinero hay que estirarlo. Antes yo ganaba mucho dinero para mi congregación, pero no me faltaba nada y ni siquiera tenía que pensarlo. Por ejemplo, un día hice una compra y exageré y se me dañaron las cosas. Son vainas estúpidas, pero es que yo vivía antes preocupado por otras cosas.

¿Y qué cosas siguen de su vida de antes? ¿Reza?

Lo fundamental sigue. Gustavo Tatis, del periódico El Universal, dijo una frase hermosa: que yo no había dejado los hábitos ­–jugado con las palabras–, y él tiene toda la razón. Mis hábitos espirituales están: sigo siendo una persona que ora en las mañanas y antes de dormir. Celebro los sacramentos, aunque obviamente con esto de la pandemia no he podido ir a la iglesia como tal, pero seguramente volveré a comulgar, a confesarme. No ha cambiado el hábito de querer inspirar y compartir palabras con la gente para que se sienta animada, el hábito de querer dictar clases y de estar atento a propiciar procesos de aprendizaje.

¿Cómo es su cotidianidad ahora? Por lo que le veo en medios, tiene un día a día muy agitado…

La pandemia tiene todo patas arriba, pero yo me levanto a las 4:30 de la mañana y hago mi oración. Tengo mi programa de Caracol de 5 a 5:30 a.m. A las 5:30 entro a la mesa de Blu Radio, donde estoy hasta las 10:30 a.m. Media hora después tengo un consejo de redacción con Jorge Alfredo Vargas y Esteban Hernández para Vox Populi en la tarde. Ahí paro por el almuerzo, porque hoy toca hacer almuerzo, algo que no había hecho antes. En la tarde siempre estoy leyendo o escribiendo algo, porque es que yo no me acuesto un día sin haber escrito una página de algo, ya sea la columna para las colaboraciones que presto, para los tres o cuatro libros que estoy escribiendo al tiempo, o respondiendo mensajes. Por la tarde estoy en Blu Radio, otra vez en Vox Populi; a las 5:30 estoy buscando noticias para el día siguiente, tengo un consejo de redacción muy rápido con mi director, Néstor Morales, al que le mando los temas que pueden ser parte de mi editorial, elegimos uno y lo preparo. Y a las 6:30 ya me pongo a leer y hago otras cosas dedicándome a mí.

El exsacerdote durante labores domésticas.

Además de hacer el almuerzo, ¿qué otras cosas aprendió de los oficios caseros durante la pandemia?

Esa ha sido una experiencia muy gratificante de la pandemia, porque me ha volcado a hábitos o acciones domésticas que no había hecho nunca antes. Yo no sabía que me gustaba cocinar, por ejemplo. Lo único que había hecho era agua de panela y me quedaba salada… ahora soy capaz de hacer todo lo que haya que hacer ­–como el almuerzo– a punta de tutoriales de Youtube. Tampoco sabía que había que había que planchar topa, y he planchado y doblado ropa, he aspirado, he barrido y he pasado la mecha, como decimos nosotros. Un día me tocó lavar el baño. Ha sido una cosa chévere porque, primero, me ha hecho valorar a las personas que antes me prestaban ese servicio, he dado gracias por ella. Segundo, me he dado cuenta de que uno tiene que lavar sus suciezas, que ser libre es hacerse cargo de uno y que botar la basura orgánica es horrible, porque huele maluco, pero es que eso es parte de la vida.

Pero además es que ha bajado muchísimo de peso…

Bajar de peso ha sido duro, difícil. Lo que pasa es que yo soy glotón y, además, infortunadamente mi papá es diabético, entonces genéticamente tengo predisposición. Segundo, soy obeso: llegué a pesar 122 kilos. Y tercero, tengo una vida estresada; yo viajo mucho, imagínate que en 2017 viajé 50 veces al exterior, ¡cada semana estaba fuera del país!, Llegó un momento en el que el azúcar se me subió y el médico me dijo: o bajas de peso o se va a complicar tu vida. Y tocó bajar.

¿Le afectó el bullying que ha recibido por su nueva apariencia?

Ha sido muy duro, porque el bullying que he recibido ha sido muy grande. Afortunadamente tengo muy buena autoestima y MVM, uno de mis últimos libros, me ha ayudado mucho. Ya entiendo por qué Dios me pone a escribir cosas. Es que yo recibí 10 mil mensajes en mi contra por mi bajada de peso. La gente se burlaba, me decían cosas muy feas y, si no hubiera tenido una buena autoestima y si no supiera responder “MVM”, no sé, me hubiera tirado de algún lado, porque es que es un bullying exagerado. No sé si la gente es consciente de eso, pero no tenemos que andar diciéndole a los otros que los vemos flacos o gordos. En mi caso, yo soy el que más sufre de estar flaco, no por verme o no verme, porque yo me gusto como soy, sino porque ser flaco es no comer la cantidad de comida que me gusta. Ahora acabo de comerme una ensalada de espinaca, ají pimentón, pepino, tomate. Un 70% fue eso y un 30% fue una carne asada. Quien me conoce sabe ahí me hizo falta una libra de arroz, 15 patacones y dos vasos de jugo mamelludos. Soy el primero que sufre con una dieta de esa forma. Pero todo fue muy cruel. Fui tendencia dos días seguidos en las redes, afortunadamente yo soy fuerte, me río y soy grosero de nacimiento. Conmigo el que se pasa se lleva su buena grosería, porque yo nací en un barrio y en los barrios tienes que aprender a defenderte, porque o si no se la montan.

Y también le han criticado porque está cabellón. ¿Cuándo se motila?

No me voy a motilar. La gente quiere mandar sobre mi cabello y yo soy libre. Por eso mi libro se llama Vive y déjame vivir. Si tú quieres que yo no haga algo, trata de imponérmelo. Había dicho que cuando estuviera la vacuna (contra el Covid.19), pero eso no va a estar rápido y tal vez me haga una moña. Pero no lo voy a hacer aún.

Hoy, mirando los hechos en perspectiva, ¿finalmente cuál fue la razón de fondo para tomar la decisión de dejar el sacerdocio?

Vamos a enumerar esas razones: primero, ya a mi no me definían algunas dinámicas institucionales. Yo ya empecé a sentirme incómodo y creo que algunos jerarcas se sentían incómodos conmigo. No acuso a nadie, no hay resentimiento, es una realidad, hay cosas eclesiales que ya no me decían nada. Dos: no tolero situaciones pecaminosas. Quienes me conocen saben lo exigente que soy. Yo no soy un santo, soy un pecador, pero soy un tipo que todos los días se esfuerza por hacer las cosas bien, tanto así que desde el año 90 he estado en el espacio de lo público y tú nunca has oído de mí algo que vaya en contra de mi moral; habrás oído que fui grosero, que bailé, eso sí, pero no algo de lo que me tenga que avergonzar, yo soy muy estricto. Y a mi me pegó muy duro la pedofilia, el encubrimiento, y eso que no tuve casos cercanos, pero no puedo participar en una Institución que, de alguna manera, se hace la de la vista gorda frente a esos temas. Tres: sí me sentí solo. Estuve tres días en una clínica cuando se me subió el azúcar, y me tocó llamar a mi madre. Y te lo voy a decir groseramente, pero, un chacarón de 49 o 50 años, teniendo que llamar a su mamá de 70… ¿para que lo cuide? ¡Nombre! Eso para mi fue la metáfora de que yo no le interesaba a nadie y, perdóname, pero yo quiero interesarle a alguien. Quiero que alguien se preocupe por mí. Y eso de que todos se preocupan por ti significa que en realidad no tienes a nadie. Y la soledad no era tener o no tener mujer, el problema no era sexual o genital. ¡No! Yo había sido célibe y virgen, aunque la gente se burle de esas vainas. Ese no era mi lío. Quería tener una partner, una persona con la cual construir, y yo no nací para decir mentiras, yo no iba a ser un cura que tuviera mujeres escondidas, ni hijos que dijeran tío, me gusta mirar a los ojos a las personas. Esas fueron las razones. No hay resentimiento con la Iglesia. La Iglesia ha sido para mi una madre, me ha bendecido, me ha ayudado, pero hay cosas que no tolero.

¿Quién le acompaña hoy? ¿Con quién comparte su vida?

La persona que me acompaña pertenece al espacio privado, y ella me ha dicho que cuando ella sea pública lo será por ella, por lo que es, por lo que construye, y que no será pública por ser pareja de nadie. Por eso hemos hecho todo el esfuerzo porque se mantenga en lo privado. No porque no quiera mostrarla, sino porque tengo que respetarla. Ella es una mujer feminista, inteligente, muy intelectual, líder de su propia empresa… Obviamente estoy enamorado, y entonces solo le veo virtudes, pero lo que más me importa es que yo no le sirvo para nada, porque ella no es tan creyente como yo. Ella no come de cuento. Yo para ella no soy más que un ser humano, y eso me encanta. Me valora por lo que es. Por eso prefiero no decir su nombre, no presentarla. Nos han pedido hasta ser portada de revistas, pero ella tiene derecho a su intimidad, tiene derecho a ser ella.

Portada de su último libro.

¿Cómo ha sido ese proceso de convivencia?

Eso ha sido difícil, porque yo soy machista, un machista en recuperación. Obvio: estuve en una institución machista, nací en el Caribe colombiano, y además de eso tengo más de 50 años. Nací en una época en el que el machismo era muy fuerte. Por eso ha habido todo un proceso de conversión, de rehacer mi vida. Por ejemplo, nos tenemos que dividir las cosas de la casa. Yo no puedo hacer desayuno, porque a esa hora estoy trabajando, entonces ella lo hace. Pero ella no puede hacer el almuerzo porque está trabajando, entonces yo hago el almuerzo. Y la cena la hacemos entre los dos. Si ella lava, yo plancho y viceversa. El sábado en la mañana hacemos el aseo de la casa. Yo soy más bien flojo y quisiera tener a alguien que me colaborara pero ahora no ha sido posible, y lo único que yo pido es que sea tarde, a las 10 de la mañana. La respeto, la valoro, pero ha sido difícil. Yo antes tomaba las decisiones porque siempre fui jefe y de superior en mi comunidad. Yo no preguntaba y hoy me toca preguntar. Yo soy muy rutinario y yo podría comer siempre lo mismo, pero ella no. Hoy tengo que pensar en ella. Ha sido un proceso, ha sido lindo sentirme acompañado, valorado, que alguien me dedique tiempo real. Me encantaría hacerla pública porque además estoy orgulloso de ella, me gusta, estoy muy enamorado y quiero mostrarla, pero también tengo que respetar sus deseos.

¿Es costeña?

Ella es mitad bogotana y mitad costeña. Obviamente tiene que ser alguien de la Costa, porque yo soy muy Caribe, pero es mitad y mitad. Algún día estábamos en África y se le acercó alguien y le preguntó en inglés que de dónde era, que era muy rara, porque en rasgos era muy negra, pero era blanca. Le dije es que eso eres tú: una caribe andina, por decirlo de una manera chévere.

Con tantos cambios en su vida ¿hoy se siente feliz?

Sí, es verdad, la vida me cambió totalmente. Pero chévere, porque sí soy feliz, muy feliz. Mira, la gente fanática, el fariseísmo moderno, me decía que me iba a ir mal, me amenazaba, porque creen en un Dios mala clase, vengador, dañino, mala persona. Y al contrario, Dios me ha con firmado, yo he sentido más bendición ahora. Mira, yo pasé la carta hoy y tomé la decisión del año sabático con una mano adelante y otra atrás, pero al día siguiente ya tenía trabajo. Y no cualquier trabajo. Y me gusta enseñar y tengo ese don, y ahí mismo me llamó Tito Crissien, rector de la Universidad de la Costa, y enseguida me propuso un trabajo que me encanta, que es ser profesor. He dado cursos transversales de liderazgo; estoy ahora acompañándolos en la Casa del Maestro y estamos haciendo una investigación sobre educación emocional, que es mi tesis doctoral. No me ha faltado el pan, no me han faltado las oportunidades: eso es bendición de Dios. He estado sano, mis papás, que me preocupan, también. Yo he sentido un Dios amoroso, un Dios que me bendice. La gran mayoría de la gente, el 95%, me ha apoyado. Cuando pasé la carta, aquí en Bogotá la gente paraba el carro, me pitaba y me decía: Oye, estamos contigo, ¡fuerza!

Bueno, pero hablando de todo un poco, y partiendo de su discurso en medios sobre el perdón, ¿cómo ve el país en este momento?

Con su look más reciente.

Pienso que este es un país de gente enferma interiormente. Y no es raro que un país en el cual se han matado en los últimos 70 años tenga gente enferma. Nuestra desgracia es que tenemos tres enfermedades muy cónicas. Una, los colombianos somos violentos y creemos que esa es la manera de resolver los problemas. La gran desgracia de la guerrilla es que nos convenció de que para que nos escucharan hay que tener un fusil. La otra es una enfermedad moral seria, nos creemos buenos. Fíjate que la gente dice: los buenos somos más, ¡y nunca se mete entre los malos! Y en un país en el que todos se creen con superioridad moral, no tiendes puentes sino que los dinamitas, por eso es fácil hacer dos bandos y tener trincheras, y eso se expresa en unos niveles de corrupción terribles. Y tercero, la  desigualdad, la pobreza, la injusticia. Hay regiones con todas las infraestructuras y hay otras que no tienen nada, como por ejemplo, el Chocó, que conozco como la palma de mi mano. Este país es tan enfermo que al que no ofende a otro le dicen tibio. Yo no soy de derecha ni de izquierda, no quepo en esas lateralidades, no soy tan binario, no soy maniqueo, y me ofenden diciéndome tibio. Mi análisis es que estamos locos, enfermos, y por eso creo que la solución no es quién está en el poder. La solución es que hagamos una revolución personal y social, que tú u yo cambiemos. Que hagamos metanoia, conversión, un cambio espiritual. Necesitamos ser distintos. Si eres de derecha o de izquierda tengo que respetarte igual. Mientras no pueda respetarte no seré sano.

¿Qué es lo primero que vas a hacer cuando pase todo esto y podamos volver a salir sin temores?

Voy a viajar. A mí me gusta el mundo y quiero conocer a Japón. Quiero volver a hacer una parranda vallenata, cuando pase el riesgo, sin tapabocas ni nada de eso. Me encanta tener mi casa llena de gente y tener a algún acordeonero y que la gente venga a hablar. Yo no tomo, a mi me gustar es compartir y cantar. Otra cosa es que este año viví el Carnaval de Barranquilla como un bailador. Fui a una cumbiamba en el Barrio Abajo, estuve en la Batalla de Flores, en el Desfile de la 44 y todo eso me emocionó. Quiero que eso vuelva a pasar.

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