Juan Alejandro Tapia
Columnista / 14 de octubre de 2023

Fragilidad

Hasta hace unos días me creía invencible. Con dolores en la parte baja de la espalda al agacharme, barba medio tupida de blanco, patas de gallo y presión arterial elevada, pero invencible. Nada importaban las gafas de aumento que había comenzado a usar para leer sin dificultad ni las siestas cada vez más prolongadas después del almuerzo, yo era un roble bien plantado, de esos que ponen su pecho de corteza a la brisa y soportan hasta la embestida de un huracán. Así era, al menos lo creía, hasta hace unos días. O, para ser preciso, hasta el segundo exacto en que di un paso en falso en la escalera de un supermercado y cuesta abajo en mi rodada tuve que reconocer y reconocerme como frágil, delicado, que puede partirse -literal y en forma figurada- o incluso morir. 

Un traspié cualquiera da en la vida, pero lo mejor es no darlo con un vaso de café caliente en una mano y una bandeja con huevos revueltos, chorizo y arepa en la otra. Estrepitosa, telenovelesca y, para qué negarlo, cómica fue mi caída. Nueve escalones en cámara lenta frente a dos decenas de comensales que corrieron a constatar si mis huesos todavía me permitían ponerme en pie. Gente buena aún queda, más de lo que uno cree.

Quizá el piso estaba encerado, quizá las suelas de mis sandalias no tenían suficiente agarre o quizá ya estoy en edad de pensármelo dos veces antes de aventurarme a un acto temerario de equilibrismo como subir una escalera con las manos ocupadas. Recuerdo haber gritado, no por los golpes, sino por el contacto de la infusión hirviente que derramé en mis brazos. Pero lo que más tuve presente fue la conciencia de mi fragilidad, del espectáculo que estaba dando, de lo ridículo que me veía. Soy habitante de esa franja entre la plenitud y el declive físico en la que la gente a mi alrededor no sabe si angustiarse o reírse en estos casos.

Alguna sonrisa vi cuando, humillado en mi amor propio, intenté levantarme antes de tiempo y caí sentado en un charco de café. Dos chicos con indumentaria y actitud de pasar muchas horas en el gimnasio me alzaron por los brazos; una señora entrada en años me limpió el rostro con una servilleta; un trabajador de oficios varios llegó presuroso con el trapero. «Siéntese acá conmigo, no intente subir otra vez», me dijo la mujer, «y tóquese para ver si todo está bien». Un golpe en el hombro izquierdo, una magulladura en la rodilla derecha, nada de gravedad, constaté. Entonces me atacaron las ganas de llorar: acababa de perder mi invencibilidad.

Sentí pena de mí mismo, de mi condición de hombre que debe empezar a ver bien por dónde camina, de que el miedo me pellizque al subir o bajar por otra escalera, de jamás volver a abrir un libro sin preguntarme antes por el paradero de los lentes. ¿Seré yo ese que llevan de la mano al cruzar la calle? Mi cuerpo no parece seguir el ritmo de mis pensamientos como lo hacía hace unos años, reconocí en silencio mientras escuchaba comentarios de tipo «casi se mata» o «¿no sería conveniente que lo examinara un médico?». Y en ese momento lo supe: llegará el día en que cabalgue una bestia cansada, el día en que el jinete que llevo dentro quiera ir más rápido que el caballo.

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