Juan Alejandro Tapia
Columnista / 12 de noviembre de 2022

Fútbol sin corazón

La pelota sí se mancha, Diego Armando querido. El producto va a terminar por acabar con el juego. A una semana de que ruede el balón en Catar, el ruido de los seis mil trabajadores inmigrantes que perecieron en la construcción de los estadios quedará silenciado apenas Messi, Cristiano y Benzema salten a la cancha. La Fifa, como las más populares marcas de gaseosa, es una multinacional dedicada a explotar sentimientos y emociones, con un modelo de negocio al que le sienta bien el desierto catarí y sus incontables yacimientos de petróleo, pero que no tiene problema en adaptarse a las canchas y los parques de cualquier ciudad intermedia del mundo.

En Barranquilla, por ejemplo, para el más insignificante partido recreativo es indispensable lucir botines que lleven el nombre de un jugador consagrado y se amolden al pie como una zapatilla de ballet. Según la escala social, las marcas de las camisetas darán cuenta del poder adquisitivo, pero compartirán el mercantilismo implantado por Fifa: por estos días las prefeencias pasan por la celeste del City con el apellido de Haaland o la de Luis Díaz en el Liverpool. Aparecerse con una del Junior o de la Selección Colombia, salvo los modelos  más recientes de las tres líneas alemanas, es exponerse a pasar la pena. Mejor quedarse en casa a ver el Mundial.

Para los niños, las escuelas de fútbol ya no son una opción, sino la única posibilidad de sentirse como sus ídolos de la pantalla. No se juega por jugar, sino por demostrar. En la grama sintética de los parques es frecuente verlos sacar el pote de gomina del maletín, tan importante como las medias o la pantaloneta, para que sus madres les fijen el cabello mientas escuchan la charla técnica. Cada partido es grabado con la expectativa de una actuación que permita vender las virtudes del chico a través de Youtube y, ¿por qué no?, dejar de aparentar para empezar a ganar plata de verdad.

Porque no hay padre que no quiera tener un futbolista en la familia sin preguntarse la responsabilidad que esto implica, pues la búsqueda de la vida ideal de Messi puede ir a parar a la tragedia real de Maradona. En la Liga local, para no mencionar cifras del exterior que no alcanzaríamos a procesar, un equipo como el Junior paga contratos individuales por 200 y 350 millones de pesos mensuales a algunas de sus «estrellas», lo que equivale a diez veces el salario del presidente de la República.

Desde el 1 de enero de 2022, el jefe de Estado recibe aproximadamente 34,4 millones de pesos mensuales, unos 412,8 millones anuales, es decir, con solo un mes de trabajo un futbolista de mediano rendimiento, lejos de la élite mundial, como todos los que juegan en Colombia, devenga más del 80 por ciento de lo que gana en un año el presidente Petro.

Para defender el negocio podría argumentarse que el fútbol no es el único deporte que maneja tal desproporción, otros son, incluso, más lucrativos para sus practicantes. Pero el fútbol no es una actividad cualquiera, como queda demostrado con el interés desbordado que año tras año despiertan los torneos femeninos y que pronto derivará en un fenómeno cultural y de masas tan fuerte como el masculino. Es iluso pretender que la Fifa regule ganancias y gastos cuando ni siquiera el Fair Play Financiero ha servido para aminorar las inversiones de los llamados ‘clubes Estado’, con el PSG y el City a la cabeza, pero también lo es creer que esta federación internacional de empresarios puede comportarse como un supra poder dictatorial que no admite reclamos ni opiniones de nadie. A una semana del Mundial cabe preguntarse si el sueño del francés Jules Rimet, que otorgó la sede del primer torneo orbital a Uruguay en 1930 por méritos deportivos y no por plata, a sabiendas del boicot europeo que se le venía, es el mismo de su predecesor Infantino.

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