Sonia Gedeón
Columnista / 15 de agosto de 2020

La Cartagena de Gabo

Cartagena es la ciudad que la inmensa mayoría de los colombianos siente como propia y Gabriel García Márquez no fue la excepción, desde aquel primer contacto, siendo un aprendiz de periodista y escritor en el recién fundado diario El Universal, en 1948.

De allí que no nos debe sorprender que, justo un año antes de su muerte, en una tarde sofocante de abril de 2013, bajo la guianza de la historiadora y escritora de libros infantiles Claudia Vidal, diera su último paseo en coche tirado por caballos en las callecitas del Centro Histórico. La invitada era su novia de penurias mientras vivió en París, la poetisa y actriz de teatro vasca Tachia Quintanar, cuya amistad conservó con el paso de los años, y a quien quería mostrar la Cartagena que inspiró El amor en los tiempos del cólera, libro que le dedicó en su traducción al francés.

Claudia, quien trabaja como guía desde hace 35 años y como muchos de sus colegas extraña las hordas de turistas que llegaban tras los pasos del Nobel, recuerda esa tarde con especial nostalgia, desde el mismo inicio del tour en la Casa de Gabo, en la Calle del Curato, que ella acostumbra a narrar, partiendo del Hotel Santa Clara, justo en la bóveda donde dicen que reposan los restos de la protagonista de Del amor y otros demonios, Sierva María de Todos los Santos y su larga cabellera rubia cobriza.

Durante el recorrido, Tachia, extremadamente delgada y de pelo blanco muy corto y desordenado escuchaba con atención y miraba a su amigo con la ternura propia de amores furtivos de juventud, mientras Mercedes, algo incómoda observaba la escena, con los celos propios que nunca ocultó con el gran amor de su vida. Claudia, algo desentendida iba contando la historia de la Casa del Marqués de Valdehoyos y su relación con su ocupante en la novela de Gabo, el Marqués de Casalduero, padre de Sierva María.

Más adelante, el turno fue para la Inquisición, donde se dice que Cayetano Delaura, hombre de confianza del obispo de turno, un bibliotecario de 36 años, intenso, pálido, de ojos vivaces, cabello negro y manos febriles, fue el elegido  para exorcizar a Sierva María, a quien paseando por el hoy Muelle de los Pegasos con su esclava la mordió un perro que fue su maldición.

Mientras, el coche avanzaba lento y acompasado, Gabo miraba distraído, poco atento a las historias que conocía de memoria. Claudia, a su vez, en el más cotizado de sus tours, recreaba los personajes de Del amor en los tiempos del cólera y su interacción con el Centro Histórico, para lo que hay que retroceder en el tiempo e imaginar la Cartagena de calles polvorientas y no tan próspera como lucía hasta hace pocos meses. Fermina Daza y Florentino Ariza, un romance que duró cerca de 50 años y se paseó a hurtadillas entre el Parque Fernández de Madrid, donde Florentino se las ingeniaba para dejarle mensajes de amor escondidos en las materas y en los recodos de las bancas; el Teatro Heredia,  donde Fermina atendía eventos de poesía ungida como gran dama de sociedad; y a la observancia de su amada en La Catedral desde un discreto café en el Portal de los Escribanos, mientras ella asistía a la misa dominguera.

Al llegar al Parque de Bolívar, Claudia hizo una breve escala para, ante la estatua ecuestre del Libertador, narrar algunos episodios de los que Gabo relata en su libro El general en su laberinto, cuando ya enfermo, Simón Bolívar entró a la ciudad por la Puerta de la Media Luna en su tránsito hacía Santa Marta, donde falleció días después un 17 de diciembre de 1830, en la Quinta de San Pedro Alejandrino.

También recrea en el tour el Portal de los Dulces, donde otrora solían permanecer con sus máquinas de escribir Remington transcriptores de cartas de amor y correspondencia, intermediarios de enamorados y amores prohibidos que, magistralmente, describe Gabo en sus novelas. 

Cuenta Claudia en su guianza los contrastes del Gabo de finales de los años 40, que amanecía entre prostitutas en el Mercado Público, y quien no escapó al arresto por violar el toque de queda en aquel incendiario 9 abril de 1948, el mismo que dormía sobre los rollos de papel periódico en El Universal y que no contaba con el apoyo de su padre, quien no se cansaba de repetirle: “Si quieres ser escritor, terminarás comiendo papel”, con el Gabo de talla mundial que poseía una mansión a la altura del Nobel, en una privilegiada esquina del Centro Histórico, que jugaba tenis en el Hilton y se regodeaba con el jet set criollo en La Vitrola, uno de sus restaurantes favoritos para dar de sí y convidar en esta otra historia de novela que fue su vida y que se resume en su biografía Vivir para contarla.

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