Juan Alejandro Tapia
Columnista / 25 de marzo de 2023

La culpa es de Orson Welles

Pasó el 23 de marzo y la invasión extraterrestre, tendencia mundial en redes sociales, no se dio. La predicción del tiktoker Eno Alaric, quien dice ser un «viajero del tiempo» llegado del año 2671 y cuenta con 380 mil seguidores que volvieron viral su afirmación apocalíptica, dejó a más de uno con el telescopio montado y con víveres de sobra en la casa porque uno nunca sabe. Mientras el hashtag relacionado con la llegada de los alienígenas se multiplicaba, los principales medios de comunicación del mundo publicaban sin tanta alharaca la existencia de un informe del jefe de una oficina del Pentágono y un científico de Harvard sobre la «remota posibilidad» de que una nave espacial nodriza de origen extraterrestre esté enviando sondas para explorar los planetas de nuestro sistema solar, entre ellos, la Tierra.

En octubre de 2022, con pobre registro mediático, un boletín de prensa de la Nasa dio a conocer que la agencia espacial estadounidense seleccionó a 16 expertos para participar en su equipo de estudio sobre fenómenos aéreos no identificados (UAP por sus siglas en inglés), es decir observaciones de eventos en el cielo que no pueden clasificarse como aeronaves o fenómenos naturales conocidos. El 13 de febrero de este año, tras el derribamiento de tres ovnis en el espacio aéreo norteamericano, el Pentágono, ante la pregunta concreta de la periodista de The New York Times Helene Cooper sobre la posibilidad de que los objetos tuvieran procedencia extraterrestre, informó por intermedio del general Glen D. VanHerck, al mando del Comando Norte de la Fuerza Aérea: «No descartamos nada», titular que fue recogido por el prestigioso diario El País, de España.

La búsqueda de los restos de los tres ovnis, que debía arrojar claridad sobre su origen, fue suspendida a finales de febrero por militares de Estados Unidos y Canadá, según precisa una nota de la periodista Katie Rogers, del 22 de ese mes, nuevamente en The New York Times. «¿En serio? ¿Eso es todo?», plantea la reportera en el comienzo de su artículo de investigación, para luego añadir: «Tan pronto como empezó el frenesí nacional en torno a los fenómenos aéreos, las fuerzas militares empacaron sus cosas y se fueron a casa, dejando las respuestas encapsuladas en el hielo del Ártico y bajo las olas espumosas del lago Hurón». Deje así, decimos en Colombia.

En un informe enviado por el Pentágono al Congreso de Estados Unidos en enero de este año quedó consignado que en el transcurso de 17 meses, hasta agosto de 2022, hubo registro de 247 avistamientos, casi tantos como en los 17 años previos, de acuerdo con una publicación de El País. La mayoría son globos, aviones, drones o aves, pero hay muchos sin atribuir y algunos presentan “características de vuelo o capacidades de rendimiento inusuales», según el departamento de defensa. Como dato curioso, en los documentos oficiales la sigla UFO (Unidentified Flying Objects), objeto volador no identificado, ha sido reemplazada por UAP, fenómeno aéreo no identificado.

El 30 de octubre de 1938, un joven Orson Welles aterrorizó a Nueva York con la interpretación radial, durante 59 minutos, por los micrófonos de CBS, de la novela del escritor británico H.G. Wells, La guerra de los mundos. Contada como noticia de última hora, y con el concurso de una compañía de teatro, la ciudadanía creyó que el país estaba siendo invadido por alienígenas. Desde entonces, en el imaginario popular solo tiene cabida la confrontación bélica con seres venidos de otros mundos. La posibilidad de un escenario de concordia e intercambio de conocimiento murió el día en que Welles recibió por primera vez el calificativo de genio.

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