Wilson García
Columnista / 19 de junio de 2021

La palabra Robar

En Bogotá, el espacio Fragmentos, curado por Extensión Cultural de la Universidad Nacional, abrió una acción de memoria llamada Vidas Robadas para visibilizar las muertes que las manifestaciones y la explosión social ha estado dejando en el país. Este nombre de “Robadas” me ha quedado resonando y activó la reflexión que voy a dar sobre que es lo que nos hace integrantes de una sociedad que inculca con facilidad argumentos que permiten la toma de decisiones personales que afectan la calidad emocional y vital del otro.

Cuando tenía 8 años de edad, en día de brujas decidí que me disfrazaría de conejo, con traje mameluco zapatos y guantes integrados, enterizo en algodón blanco, capucha con orejas naranjas, y rostro maquillado de blanco con un producto de pintar zapatos llamado Griffin, a falta de tener maquillaje teatral. Todo lo hice solo, sin ayudas de adultos, sin acompañamiento de familias, mi felicidad era poder hacerlo yo y salir a la escuela, vivir la fiesta de brujas, almorzar en la escuela y al atardecer recorrer las calles exhibiendo mi disfraz y viendo el de los demás; esto también valía si lo hacía solo, sin adultos alrededor. Ese día me fui por libre y a mi cuenta, en casa no se dieron cuenta, no recuerdo por que razón exacta, el hecho fue que no me extrañaron.

Estando en este recorrido de calles, centro comercial y casas mostrando mi disfraz fui abordado por tres jóvenes que tenían como diversión arrebatar los dulces y asesorios de disfraz a incautos que dieran la oportunidad de hacerlo, y ahí caí, la diversión de estos tres jóvenes era burlar, fastidiar, molestar, hacer llorar y arrebatar las cosas de los demás. Así fue la primera vez que me robaron, tres alegres vándalos de barrio se llevaron los dulces recogidos durante el día y quedé ultrajado con el maquillaje en costras fisuradas sobre la piel y el disfraz roto en su capucha y orejas. Lloré sin mostrar las lágrimas, la soledad se profundizó y el desconcierto se agrandó. A esa edad no entendía lo que hacía que otras personas quisieran rapiñar las cosas sin considerar que no era solo las cosas, sino que también afectaban las ilusiones y motivaciones de una persona para confiar en los demás. Desde ese día al caminar en las calles de Medellín lo hacía con el miedo y prevención de que alguien quería llevarse algo de mi, así no fuera nada de valor. Unos años después lo que viví fue un abuso y en la adolescencia el intento de asesinato como se los conté en columnas pasadas. Así es la vida en esa ciudad, opípara en recursos y mísera en espíritu.

A mi hermano a los 16 años de edad le pasó algo similar, ilusionado en tener a mejor precio y mejor calidad unos jeans de marca, compró en el comercio de segunda mano del barrio guayaquil, unos pantalones a muy bajo precio y cuando llega a casa ilusionado por su compra, al abrir el paquete no encuentra el jean sino retazos que dan cuenta del timo burlador para robarle su dinero; su tristeza y llanto nunca lo he borrado de mi recuerdo. Tantas modalidades de arrebato de lo propio se ha dado en nuestra sociedad que se usan para cuentos, historias y estudios sociales que mejoren a otras sociedades.

La palabra Robar ha de ser una de las más gastadas durante el día a día de los colombianos y ha estigmatizado nuestras vidas a tal punto que es un referente de reconocimiento mundial asociar a colombiano con embaucador. Se ha perdido la confianza, cada hecho y acción que esta sociedad genera, reafirma que el deseo más común de sus habitantes es tener mas de lo que tienen y quitar a otro lo que no tiene. No es solo el dinero lo que se nos quita en “C”olombia, se arrebata el tiempo, se mueve la silla, se corrompe el contrato, se desgasta la energía, se mutila la motivación, se pelea los sueldos, se impone la impotencia como grilletes de dominio del individuo, se actúa desde el oportunismo y el aprovechamiento como modus operandi para ser exitoso en los negocios. No se necesita cuantificar con estadísticas ni datos oficiales que comprueben que esto que expreso es una actitud arraigada que nos caracteriza, los hechos dan cuenta de ello y el atraso en los procesos de justicia a causa de la cantidad de casos que no alcanzan a juzgar (mas de 10.000 procesos disciplinarios y 2000 casos judiciales según la actual noticia sobre la entrada en vigencia del Código General Disciplinario de la Procuraduría General de la Nación) son hechos que materializan o la incompetencia o un modo de actuar del sistema administrativo que por antonomasia puede llamarse democracia “c”olombiana (Rosca, Jugada, Viveza, Oportunismo, Aprovechado)

Lo peor que nos está pasando como sociedad es que se está generalizando la normalización de lo deshonesto justificado en la actitud de los demás, “si aquel lo hace, por que no yo” y se está confundiendo lo inmoral con la disciplina de responsabilidad con uno mismo, porque a la primera persona a la que hay que rendir respeto, cuidado y honrar honoríficamente es al propio ser, es con su propio cuerpo y espíritu con quien primeramente se debe tener una relación de responsabilidad y ética. Me pregunto si aquellos que robaron vidas, dignidades, ilusiones, esperanzas, y futuros bien sea por iniciativa propia o por mandato superior, no se rendirán cuentas a si mismo a sabiendas de tener plena consciencia de los actos que cometieron. Me pregunto si comerán, dormirán, cantarán y celebrarán con la honestidad personal de saber si hicieron algo bien o mal, porque solo quién lo hizo se rinde cuentas a si mismo angustiando o apaciguando su sentir. Y me inquieta que la sociedad avale al ladrón o asesino justificando justicia justa oficial para pacificar al autor.

Mientras leía y sentía todo lo que la acción de memoria “Vidas Robadas” removía dentro de mí, lamenté el dolor de los demás, se entristeció mi ser por las pérdidas obscenas que esta colectividad indolente se está permitiendo bajo la satisfacción de tener y ser más y mejor que los demás, y me inquietó la pregunta de saber qué origina que prefiramos combatir antes que debatir, en el debate y la conversación se forman ideas, apreciaciones, argumentos, conceptos y acuerdos, en el combate descontrol, abusos y muertes.

PD: Perder cien mil habitantes por pandemia en un año es perder una ciudad completa, multiplicando un millón de duelos que desmotivan la vida. Lamentando la muerte de amigos y familias cercanas les pido perdón por lo que este gobierno no pudo cuidar.

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