Patricia Escobar
Columnista / 28 de agosto de 2021

Los agazapados

Una mezcla de tristeza y alegría me da descubrir a esos agazapados que van por la vida con piel de oveja pretendiendo dañarle el caminado a alguien por el simple hecho de que es mejor o es transparente y consecuente.

Agazapado es permanecer al acecho, estar en alerta o aguardar para sorprender a alguien. De este modo, quien está agazapado, se encuentra vigilando a otro sujeto y está preparado para actuar, siempre con la mala intención entre ceja y ceja.

Me entristece encontrar gente así porque a pesar de todo lo que la vida nos ha mostrado y golpeado en este último año y medio no han aprendido de sus limitaciones, ni de las limitaciones de todos los humanos, no han aprendido a ser honestos y sencillos con ellos y con el medio. Y me alegra, porque, aunque tarde, a veces, es mejor “descubrir” las “malas” personas y darnos la oportunidad de apartarnos de su camino.

Eso individuos, de muchos tipos y calañas, se los encuentra uno en cualquier ámbito de la vida: en el trabajo, en el barrio, en la universidad, en los sectores públicos y privados. Viven para hacer daño en el momento propicio, sin que nadie lo sospeche. Y muchas veces logran su objetivo recibiendo una satisfacción momentánea.

Al ser lobos vestidos de mansas ovejas muchas veces no nos damos cuenta de sus intenciones y hasta es posible que caigamos en su juego. En la “modernidad” aprovechan las redes para lograr sus objetivos, pero muchas veces, su trabajo lo hacen soterradamente.

Descubrirlos, a veces, toma tiempo, pero al final del camino, todos esos falsos o caen por su propia cuenta o son desenmascarados. Lo importante es no dejar que sus acciones nos afecten, impedir que nos perjudiquen, enfrentarlos con honestidad, con sinceridad, con esa sinceridad que ellos no conocen y que los desestabiliza.

Siento que las esperanzas de que los humanos “saliéramos mejores personas” después de la pandemia y su dura realidad, después del encierro y sus largas horas para meditar, después de haber tenido frente a nuestros ojos la cruel realidad de la inequidad mundial, se han esfumado. Por lo menos a mí me está pasando eso. He descubierto tanta hipocresía y a tantos agazapados tratando de hacer mal a otros, que me parece que he vivido casi 70 años de mi vida en la oscuridad. Mi consuelo es que ya es descubrimiento a estas alturas de mi vida, cuando siento que estoy por encima del bien y del mal, no me hace daño.

Eso sí, me creo con la obligación de decirle a la gente que hay que estar siempre con los ojos abiertos, que hay que estar siempre alertas, que hay que seguir luchando por ser mejores personas, personas fuertes y no contaminadas. Vale la pena.

Algunos a esta altura de la lectura estarán pensando ¿qué le sucedió? Pues bien. No es un tema personal. Es algo que con fuerza he estado viendo en los últimos días, y tiene que ver con personas cercanas a las que están tratando de hacerle daño; con funcionarios públicos a los que han querido atacar “sus más cercanos colaboradores”; con los políticos nuevos que fungen ser salvadores o con los de siempre que suenan arrepentidos.

La pandemia no nos hizo mejores o más sensibles. La pandemia “descubrió” el lado más oscuro de muchos de nosotros.

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