Carlos Polo
Columnista / 21 de enero de 2023

Los reyes del mundo: una épica aventura disruptiva

Un día todos los hombres se quedaron dormidos… Y los cercos de la tierra ardieron.

Y es la calina espesa que camina lenta por los bordes del alma, y es la carretera furiosa que cuenta sus muertos, y es el vertiginoso sueño de los excluidos lo que grita en lo profundo de la montaña, y es la resistencia que habita intacta en los corazones rabiosos… También es la calle antropófaga que se alimenta de la carne fresca, la misma que vomitan las ciudades sin Dios… Y también son esos millones de reyes sin trono que buscan afanosamente un lugar en un mundo que ya tiene dueños.

Los reyes del mundo, además de ser en sí misma un poderoso dispositivo discursivo alimentado por una contundente e inquietante subversión, es también una especie de poema salvaje, de cuento rabioso y cruel cuidadosamente logrado.  

Esta es una película de carretera, dotada de una impresionante belleza onírica, de una poética de lo marginal, de lo periférico, una especie de épica aventura disruptiva, que narra la historia de 5 cinco ‘reyes’ de la calle, de 5 monarcas sin corona cuyo reino es la dignidad, la desobediencia, la noche, las aceras y la amistad… 5 muchachitos hijos de nadie, de la exclusión, el rechazo, y con la suficiente rabia en el corazón para reclamar el mundo que les ha sido negado.  

Quizás por encima del enorme logro estético que resalta en cada plano, en la cuidadosa fotografía, en su apabullante paisajismo, en los elocuentes silencios, el mayor logro de Laura Mora, su directora, es haberle dado vida y voz a aquellos que un país de exclusiones normalizadas, racismo y clasismo sistémico, simplemente no importan para la pequeña y mediana burguesía convencida de sus privilegios de ‘raza’ y de ‘clase’.

A partir de este momento, todos los hombres seremos iguales, a partir de ahora, nadie será más que nadie, todos correrán libres y salvajes…

Durante 104 minutos de drama, aventura, y del más duro neorrealismo latinoamericano, los marginados de siempre se convierten en reyes con coronas de papel de envolver, en monarcas de la carretera que se desplazan ‘muleando’ entre montañas y parajes colombianos, por territorios en donde el poder sigue en manos de los violentos, en donde el color de piel y las miradas matan, literalmente.      

Este filme, que se me antoja un clásico anticipado, me trae de vuelta al más visceral de los Gaviria, a Rodrigo D, La vendedora de rosas, y a su dolorosa narrativa de la realidad de las clases populares, al Ya no estoy aquí de Fernando Trías, otro certero retrato de los invisibles, de esa otra Latinoamérica negada para las postales.

La película se estrenó en salas de cine el pasado mes de octubre, y recientemente se puede disfrutar en Netflix. El filme ya ha logrado importantes reconocimientos como la Concha de Oro a mejor película del Festival de Cine de San Sebastián y El Abrazo, el premio más importante del Festival de Cine de Biarritz y será la película encargada de representar al país en los Premios Óscar.

Mucho, tal vez nada, y quizás todo tienen en común, Rá, Winny, Culebro, Nano, y Sere de Laura Mora, con la Mónica, el Zarco, el Rodrigo de Víctor Gaviria y con Ulises de Fernando Trías, sus viajes físicos o interiores, se convierten en epopeyas latinoamericanas protagonizadas por antihéroes, por muchachitos de carne y hueso que no reciben el favor de los dioses y tampoco tienen una Ítaca adonde volver.

 Y no me digas pobre/ por ir viajando así/ no ves que estoy contento/ no ves que estoy feliz/ Por ir viajando en este tren/ en este tren al sur…

Un particular cuadro dialógico queda de manifiesto entre los barrios periféricos de Monterrey, las comunas de Medellín, las calles del centro de la ciudad y los extramuros, la violencia ensañada con los más vulnerables, la amistad como mantra y refugio, los códigos de la calle, el hablante popular y una lírica de la desesperanza que no es más que un juego de espejos rotos de una Latinoamérica que padece de las mismas llagas.

En este arriesgado filme, protagonizado por actores naturales, habitan viejas y cariñosas putas en una antigua casona en lo alto de una montaña, una mujer trans que administra un raído motel, un ermitaño que comanda una camada de perros en el corazón del monte, fantasmas como escapados de Comala que se resguardan apacibles entre casas ruinosas en medio de la nada, y muchos otros pequeños retazos de vidas que transitan sigilosamente entre la experiencia del mundo físico y lo fantasmal, como  resignificando la marginalidad de unos seres que muy bien podrían vivir en la dicotomía de aferrarse a la vida y odiar un mundo que los ha desechado per se.  

 Qué fuerte soy porque odio, qué fuerte soy por tu odio…

Entre la euforia y la niebla, una llamarada. Entre el fuego que quema el cielo y la penumbra, la risa. —Pa’ qué zapatos si no hay casa—Entre una lata vacía y un techo de cartón, un frío de cemento y unas botellas rotas. —- Ellos no tienen a nadie y yo tampoco, todos estamos solos— Entre una barrica y un bidón de gasolina, otro cielo de reyes de la nada que se rompe a pedazos. Los reyes del mundo es una particular propuesta narrativa brutalmente honesta en su esencia discursiva, una ventana indiscreta que fisgonea en el otro lado, el de los invisibles de siempre, ofreciendo otras posibilidades dentro de lo que podríamos llamar arte comprometido, con sentido social y político, uno encargado de retratar la Latinoamérica profunda, esa que ha sido invisibilizada la mayoría de las veces.

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