Wilson García
Columnista / 14 de mayo de 2022

Ni desmemoriados, ni ignorados

En “c”olombia* la práctica del olvido, ignorar y omitir se ha venido afianzando como un modo de accionar a favor de la exclusión de todo tipo de manifiesto, evitando de ese modo que cualquier intento de expresión cultural, social o política considerada inapropiada, molesta, inconveniente o inoportuna a un objetivo de ambición individual, alcance a integrarse dentro de cualquier práctica del enriquecimiento desbordado del sistema macro económico nacional. Algo que ha sido establecido por linajes dominantes y que hoy ven como riesgo que su fuerza laboral se salga del sistema de sumisión por el por el dinero.

El mundo cultural y sus diferentes expresiones artísticas ofrece a los individuos la posibilidad de aplicar reflexiones, motivaciones y libertades que no son muy bienvenidas en ninguna de las circunstancias, ni niveles del poder hegémonico o autocrático de una sociedad inequitativa que usa el olvido y la omisión como el arma esencial para darle continuidad a lo impositivo desde el poder del dinero.

La intención de la política de gobierno de estos ultimos 4 años para fusionar la creación y las expresiones artísticas, de autoría propia, dentro del mundo estadístico competitivo y productivo de la economía del país, no ha podido ser más equívoca en su modo de aplicación y es muy difícil que evolucione desde el lugar ministerial que lo pretende desarrollar. La imposición presidencial del olvido y la omisión del valor patrimonial existente y de las capacidades ya desarrolladas por los proyectos artísticos reconocidos, son más la divisiones que genera que las uniones sinérgicas.

El territorio cultural, artístico y patrimonial del país, requiere de un reconocimiento y una inclusión de todos sus procesos tanto en el sistema de gobierno como en la vida productiva de la empresa privada, facilitando así su accionar investigativo, inventivo y creativo como un gran aporte al desarrollo del ser y su comunidad.

Pero lo que más necesita la cultura de un país como el nuestro es la inclusión de un hábito cultural memorativo, activo y sin olvido dentro de la práctica personal y familiar. La conservación y repetición de las expresiones culturales como una rutina esencial en la vida del grupo familiar genera costumbre y recordación de los valores humanos para construir vidas con calidad, respeto y armonía. Permitámonos ser mejores personas desde lo cultural en comportamientos, lo cultural en educación emocional, lo cultural en la convivencia, lo cultural en salud, lo cultural en educación, lo cultural en relaciones interpesonales, lo cultural en negociaciones, lo cultural en lo laboral, lo cultural en los dialogos, lo cultural en lo político, lo cultural en lo ambiental, lo cultural en las creencias.

Seguramente no aplicaremos olvido, ni ignoraremos lo que esta política económica de color ha abierto para el entendimiento y el desarrollo de la vida social y cultural del país, porque hay muchos colombianos creadores gestores, artistas, que saben vivir de su quehacer sin necesidad de modelos impositivos de creación, asi que es el momento de presentar un territorio de culturas por la vida, por la admiración de la belleza, por el respeto al saber hacer, por la generación de las capacidades individuales y colectivas, por el amor propio y la solidaridad más que por la ambición del dinero. Y es el momento de que cada persona, asi como hace su práctica religiosa que también es cultural, practique o asista mínimo una vez al més una actividad cultural para alegrar su alma y alimentar su ingenio.

 Vale redundar en que el Producto Interno Bruto en cultura debe ser, antes que una estadística económica, un Valor de Creatividades Inventivas y Productivas, agregadas a la cualidad distintiva del ser humano colombiano.

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* escribo “c”olombia con c minúscula, como manifiesto al maltrato infantil que vivimos.

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