Patricia Escobar
Columnista / 29 de mayo de 2021

Pido a Dios

No recuerdo que en Colombia hayamos sufrido un paro más largo y con más actores que el que estamos afrontando y que ya supera los 30 días. En el 2016, si mal no recuerdo, los camioneros hicieron un paro de 45 días exigiendo garantías laborales resumidas en 27 puntos, pero no hubo marchas multitudinarias, festivas, coloridas, ni vandalismo mayor al parar el país en cuanto a circulación con todo lo que ello implica.

Nunca antes hubo tantas voces gritando su desespero, sus angustias, sus exigencias. Las marchas que arrancaron con el pretexto de tumbar la Reforma Tributaria y la salida del Ministro de Hacienda se han convertido en un ‘pliego de peticiones’ tan largo e imposible de solucionar en un periodo corto, que a uno le cuesta pensar que este descontento acabará pronto. Tampoco nunca antes se había visto tanta destrucción y daños en tan poco tiempo.

Esas mismas marchas y el paro en general han demostrado, además, que lo peor que le puede pasar a las personas y sobre todo a los gobernantes, es su incapacidad de escuchar. Ojo de escuchar que no es lo mismo que oír.

Sí desde que esto comenzó hubiésemos dejado de lado el sentido de oír, que es una acción involuntaria de percibir un sonido, y hubiésemos escuchado, que es básicamente el acto de procesar lo que escuchamos, las cosas seguramente fueran diferentes.

Para escuchar hay que dejar de lado las prevenciones, hay que ponerse en los zapatos del interlocutor, hay que “mirar” variantes, hay que permitir el feedback, hay que generar empatía. No es lo mismo caminar por una calle, por ejemplo y escuchar el ruido que producen dos vehículos al chocarse, que ir por una calle y prestarle atención a una persona que te dice, “regáleme algo que no tengo nada para comer”. En el primer ejemplo, el sonido ingresa por el oído y listo. En el segundo la información llega por el oído, pero la procesa el cerebro, cuando muestra algo de empatía por el emisor, cuando tiene una respuesta para darle, cuando piensa “si quiera no soy yo el que está en esa situación”, o cualquier sentimiento relacionado.

Estoy segura que si desde el principio se hubiera escuchado la insatisfacción sin que eso quiera decir que tengan que atenderse las peticiones al pie de la letra, las cosas no hubieran llegado hasta este punto. Un punto donde el caos y los oportunistas están haciendo de las suyas, un punto donde los daños colaterales nos están acabando, un punto donde el desgaste está haciendo de las suyas y posiblemente poco pueda obtenerse de las peticiones justas.

El no haber escuchado y sacar justificaciones erráticas por parte del gobierno, tardío para actuar, le está haciendo más daño al país, que la misma pandemia.

Hoy hay una supuesta mesa de negociación que no ha arrancado a trabajar en orden porque cuando se le dio el espacio ya habían muchas heridas abiertas y muchos oportunistas sacando la cara por un pueblo que no los reconoce como sus representantes. Aún a estas alturas del paseo, la sordera es notoria de lado y lado.

Si uno se detiene a examinar el panorama se da cuenta que los sordos más sordos están en el Gobierno, que apenas ahora han comenzado a limpiarse los oídos. Sordos han sido también el 95% de los congresistas, y todo el sector financiero del país que no ha hecho una sola propuesta en favor de que esto mejore. A esos sordos se suman los grandes gremios del país y gran parte de los colombianos que nos desgastamos en pelear por las formas y no por el contenido, que nos dejamos polarizar por otros, que no queremos reflexionar. Yo le pido a mi Dios, y sé que todo el mundo tiene un ser superior en el que cree, que nos enseñe a escucharnos unos a otros, y comencemos así a construir un país con un poco más de justicia y equidad.

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