Patricia Escobar
Columnista / 29 de agosto de 2020

Quitarnos las gafas

En La Guajira y muchos otros poblados remotos y cercanos a Barranquilla, cientos de niños siguen muriendo de hambre. En Arauca, en el sur del país y en otros lugares de nuestra extensa geografía, el asesinato de jóvenes y líderes sociales ya es pan de cada día. Según la Defensoría del Pueblo, en Colombia dos mujeres son asesinados cada día en nuestro país, y más de 6.400 niñas han sido violadas en lo que va de este año.

Cualquiera de estos datos y cifras superan con creces el horror de la pandemia ocasionada por el coronavirus. Y lo preocupante del asunto es que poca o nada atención se le está prestando al tema, más allá de las voces aisladas de mujeres tachadas como feministas, o de personas, estigmatizadas como opositores del gobierno.

Duele también escuchar que desde el alto Gobierno no se hable con presión del tema cuando la palabra masacre se reemplaza por homicidios colectivos. Lo cierto es que en el país se acaba con la vida de compatriotas de manera sistemática y descarada, con mayor fuerza que la que tiene el mismo virus.

Los colombianos no podemos seguir siendo ciegos o indiferentes ante esta situación que, muy seguramente, tiene sus raíces en las profundas brechas sociales, económicas y educativas en las que vivimos. La primera tarea de todos debería ser, cerrar esas brechas, pero para cerrarlas tenemos que ser conscientes de que existen, de que están ahí y de que nos pueden tocar.

Sufrimos por todos los muertos y enfermos de coronavirus, y no nos inmutamos por el resto de muertos que suceden a cada momento, sin fecha en el calendario, sin esperanza de vacuna y sin que sentemos una posición.

Creo que todos podemos poner de nuestra parte para ayudar en la solución. De grano en grano se forma una montaña. ¿Qué tal si por ejemplo, en cada hogar, comenzamos a respetarnos, a valorarnos, a amarnos por encima de cualquier cosa?, ¿qué tal si inculcamos valores y no fantasías?, ¿qué tal si en cada hogar de Colombia se trabaja en forma unida para derrotar barreras y desigualdades en nuestro entorno cercano?

Parece romántico, pero en cada hogar se siembra la semilla que da frutos, buenos o malos. Y después hay que pasar en los colegios, en las instituciones educativas, donde hay que reforzar las bases del hogar, donde a los niños y jóvenes hay que mostrarles la realidad del país y el compromiso de todos para lograr una sociedad más justa. ¿Por qué en los colegios no comienza a aplicarse la economía colaborativa?, ¿por qué los útiles escolares de hoy están diseñados para ser desechables, cuando antes eran la herencia del hermano mayor o del amigo cercano?, ¿por qué no todos pueden acceder a una conectividad gratuita si ya es un medio para educarnos en igualdad?

En las familias y en los colegios debemos enseñar a ahorrar, a cuidar el planeta, a compartir lo que tenemos, a no competir por cosas materiales. Debemos enseñar la solidaridad y no la lástima. Debemos derrotar la competencia individualista y fomentar el cooperativismo. Debemos aprender a valorar y comprar lo nuestro. Debemos aprender a respetar, a agradecer, a aportar.

Hay muchas cosas que podemos hacer en casa cuando nos demos cuenta que, más allá de lo que solemos ver, hay un mundo que nos necesita.

Esas bases sencillas crean seres pensantes, solidarios, comprometidos que pueden elegir libremente, que cuestionan sin dogmatismos, ni violencia, que respetan a niños y mujeres, que saben cuál es el trabajo de un líder social, que valoran la vida y la naturaleza, que trabajan en equipo, que no hacen trampas.

Ojalá que este largo encierro, que ya casi termina, nos permita ver el mundo sin las gafas oscuras con las que lo hemos visto y que nos ha hecho ser tan indiferentes a realidades tan o más duras que el mismo virus.

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