Wilson García
Columnista / 1 de mayo de 2021

Trastocados …

“Se nos ha movido la vida”, me dijo mi madre en medio de conversar sobre las circunstancias de la Sindemia que nos rodea. – No mamá, no se nos ha movido, se nos ha trastocado,-  le respondí. Hay una diferencia de sentido entre mover la vida y trastocar, llevamos 13 meses de prohibiciones, restricciones, alejamiento, confinamientos, incertidumbres, enfermedades, muertes cercanas, pérdidas económicas y quiebras que tensionan la cotidianidad a tal punto que algunos de nosotros somatizamos y llevamos al dolor físico las ansiedades acumuladas, con el propósito subconsciente de hacer un pare de actividades con causa justificada para poder reflexionar y proporcionar un cambio de hábito (nunca una re invención).

En mi caso la acumulación de tensiones, dificultades excesivas y preocupaciones propias y ajenas durante este año insano, sumado a la realidad de perder la empresa cultural creada desde hace mas de diez años y que da sustento a mucha gente, por causa del deterioro económico en el que está cayendo “c”olombia, ha tenido la rareza de generar en mí, un trombo embolia que detuvo el paso de la sangre hacía el pulmón izquierdo, que conlleva como consecuencia un paro respiratorio con calambres y dolores agudos. Ver que el mundo es inseguro, recibir las noticias diarias de enfermedad y muerte despertó inconscientemente un comportamiento espejo de aflicción. De tanto repetirme que la humanidad está en su mayor punto de fragilidad, con un contagio viral ¡zas! somaticé la dolencia. Según la OMS Anualmente mueren más de 30 millones de personas en el mundo por causas patológicas y enfermedades contagiosas, información que jamás me afectó, ni traje a colación en mis resúmenes y planes anuales; pero durante el 2020 dada la presión mediática y el confinamiento, he estado tensionado pensando solo en el covid-19 que en 15 meses ha causado tres millones de muertos de entre ciento cuarenta y un millones de contagiados en el globo terráqueo.

Esto me ha llevado, por primera vez en mi vida, a un hospital. Estar dentro de un recinto que resguarda y cuida el dolor humano es como sentirse en uno de los círculos dantescos. Allí mis quejidos se mezclan con el resonar de otros dolores. En urgencias sobresale de tanto en tanto el llanto de algún aliviado que lamenta la pérdida de un cercano, se siente el revuelo enérgico del personal de sanidad que con su energía vital se preocupa por transmitir a los enfermos esperanza y optimismo en medio de tanto resquebrajo de salud. Exámenes de sangre, electros y ecocardiogramas, chequeo de signos vitales, radiografías, inyecciones, intravenosas, oxigeno, medicamentos y toda acción necesaria para sanar y resanar se activó durante mi permanencia hospitalaria.

“Cómo se llama” – “Que edad tiene” – “A qué es alérgico” – “Número de cédula” me lo preguntaban cada vez que ingresaba un medico, enfermero, internista, especialista, camillero, auxiliar, y hasta las del aseo. Tanto responder mis datos se repetía con eco como una extraña voz que aferraba mis pies a la tierra para corroborar los límites físicos propios del paso del tiempo. Con esta experiencia se abrió una puerta a otro nivel y otro sentir que estremeció mi andar obligándome a entender la realidad de que no hay nada que hacer, que estoy aquí para enfermarme en cualquier momento y por cualquier causa, que todos tenemos el mismo origen y el mismo fin, pero que no tenemos la misma vida … ni el mismo camino y recordé el poema que habla de vivir hasta morir sin lamentar lo que hemos dejado atrás y no sentí miedo, sentí más ganas de vivir.

Me llevaron a recuperar a un pabellón de cuidados libres de contagio, desde la habitación 422 y a través del ventanal del cuarto podía ver al frente el bloque de internos covid-19 entubados, inconscientes, batallando por sus vidas mientras yo adolorido, ahogado con respiración limitada sentía el remo frío de Caronte navegando entre un pabellón y el otro estirando su huesuda mano para recibir la moneda que pagaba el pasaje para ir al otro lado de la vida. De ipso facto una mujer en ataque de ansiedad y con una energía desbordante corría por el pasillo y gritaba “Libérenme, Libérenme” “Sáquenlo de mi”, “No me dejen morir”, sin atreverme a moverme, yo veía por el ventanal el cuarto de enfrente donde un hombre era atendido por personal de la salud, enmascarados y protegidos de pies a cabeza, que por su actuar preparaban al enfermo para su último aliento, una mujer con una toalla blanca limpiaba el cuerpo y le hablaba, un hombre desconectaba el aparato de signos vitales y otro desplegaba bolsas plásticas para envolver el cuerpo, yo sentí escalofrío, vi de lejos el momento final de un infectado mientras escuchaba una angustiosa voz de mujer que pedía ayuda al mundo. Lloré por el hombre infectado, me estremecí por la mujer angustiada y ahogué en mí el silente grito de salvación de un paciente en medio de la soledad del doliente.

A pesar de estar solo, en ese instante un halo cálido envolvió la cama de hospital, y en medio de tanta conmoción, me sentí en calma por alguna razón no determinada, me cobijé y sentí el suave peso de la cobija como una capa de protección que resguardaba una zona segura, un sonido suave repetitivo y a manera de mantra invadió el cuarto estereofónicamente y me dio certezas, sentía compañía de algo o de alguien y me fui dejando ir en un sueño profundo y renovador.

Al día siguiente vivía el ahogo y el dolor de otro modo, una amiga me llamó quería saber como estaba y cuando supo qué tenía y donde me estaban cuidando me dijo: “estás en la misma habitación donde hace un año y medio tu amigo murió”, no lo tenía presente, de hecho lo había olvidado, yo no asocié nada con nada, pero de ser así me alegra sentir que algo que trastocó mi vida me llevó a sentir que la vida es aquí, allá y acullá y recordé a mis muertos y los sentí cerca, y me hicieron falta, mucha falta, pero no sentí dolor ni tristeza, sentí emoción y calma.

Esta es una época trastocada que solos no la logramos pasar, hay que vivirla juntos. Lo que me pasó detonó el amor de mi familia, el aprecio de mis amistades, el cariño de mis cercanos y la solidaridad humana inherente en el ser, de esa manera es que funciona la vida, cuando algo se afecta por un lado, por el otro se activan esperanzas y soluciones que te dan la oportunidad de rebobinar energías para arrancar de nuevo. No imagino cuantas personas en el mundo viven en aflicción en este trastoque de época y es de lamentar, pero de algo si estoy seguro, es que la vida seguirá siendo vida por encima de cualquier pandemia o hecho catastrófico mientras exista dentro de cada uno de nosotros la capacidad de creer en sí mismo y el cuidado propio en función de los demás.

PD: Si soñar costara, de seguro el gobierno entraría una reforma para cobrar IVA a los sueños, así como en esta reforma rentará impuesto el conocimiento, el derecho de autor y el saber hacer, con la intención de recaudar recursos para el bien de todos. @eldelteatro

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