Juan Alejandro Tapia
Columnista / 4 de noviembre de 2023

Un pelao de esquina

Lo dijo el ‘Pibe’ Valderrama cuando en la década del 90 le preguntaron, con mala intención, por el salario astronómico de Iván Valenciano en comparación con el suyo, símbolo del fútbol colombiano, y el del resto de la plantilla de Junior. El crack de Pescaíto y capitán del equipo, corto de palabras, pero sagaz para advertir la grieta que podía producir su respuesta, no dudó en contestar que era merecido, porque los goles valen oro. No hay jugador nacional o extranjero, periodista, aficionado o directivo que haya visto al ‘Bombardero’ dentro de una cancha que reniegue de su importancia o su talento. Nadie, excepto el mismo Valenciano.

Esta semana, a sus 51 años, el hijo pródigo del barrio Simón Bolívar volvió a ser noticia, ya no por sus goles ni por sus opiniones como comentarista de fútbol, sino por su arresto en Estados Unidos tras un accidente de tránsito en el que le fue detectado alcohol en el análisis de las autoridades del estado de Florida. Su foto de reseña recorrió, en un santiamén, las cadenas de WhatsApp y, cuando confirmaron el hecho, los medios de comunicación la replicaron a nivel mundial. No fue más de una noche en prisión, pero la información trajo de regreso los demonios que han perseguido a Valenciano desde su debut en 1988, cuando un adolescente de cachetes inflados y colita de cabello ensortijado, como pelao de esquina, le marcó un gol de casi media cancha a Santa Fe en el Campín que prendió las alarmas sobre la potencia de sus piernas.

Contrario a la mayoría de sus colegas, activos o retirados, Valenciano es un personaje delicioso de entrevistar. No contesta con monosílabos ni lugares comunes, maneja un vocabulario fluido y sus conceptos están bien construidos, aunque no siempre son fáciles de interpretar. Usé la palabra personaje porque es lo que su nombre representa, pero debí escribir persona, porque cada vez que Valenciano habla se deja ver como es en realidad, sencillo, informal, un pelao de esquina, lejos del exfutbolista famoso que es.

Reconoció, tras quedar en libertad, que es alcohólico y que comenzó a beber a los 15 años, un poco antes de su debut. Habló de su adicción a la comida, del consumo de medicamentos para la ansiedad y de la manera en que despilfarró su fortuna. Pero dijo algo más que, ante la crudeza de su confesión, pasó desapercibido: denigró de sus virtudes como jugador. Remarcó que siempre se sintió torpe con el balón y que nunca se consideró a la altura de sus compañeros de Selección, como Valderrama o Asprilla. Caso diferente al de Maradona, quien, a pesar de su relación de amor y odio con la droga, jamás pensó en bajarse del pedestal de mejor futbolista de la historia. 

Quizá de esa pobre valoración de sí mismo parta todo, de la disputa interior contra una fama que no pidió y unas condiciones naturales para jugar al fútbol que nunca le interesaron. Gracias a que su vida ha sido un libro abierto, tanto por el asedio de la prensa como por su disposición a contarla, es sabido que Valenciano no sintió atracción por este deporte sino por el baloncesto, y que fue su padre, Ariel, futbolista profesional, quien lo presionó para que lo practicara y, deslumbrado por la capacidad del pequeño Iván, direccionó su carrera sin importarle la opinión ni el querer de su hijo. 

He seguido la trayectoria deportiva de Valenciano desde esa fría tarde de domingo en Bogotá, en la que venció al ya arquero de la Selección Colombia Eduardo Niño, hasta su retiro dos décadas después. Asistí semana a semana al estadio, por años, solo para verlo jugar. Poco me importaba quién estuviera a su lado, si Ferreira, Pacheco, Mackenzie o Valderrama, la verdadera diferencia la marcaba él. ¿Torpe? Basta con recordar el freno sorpresivo y el cambio de pierna para anotar el primer gol de Colombia ante Argentina en el partido por las eliminatorias al Mundial de USA 94, con el Metropolitano a reventar, para desechar esa creencia. ¿Simple goleador? Revisen cuadro a cuadro la acción del empate de Junior contra América en la final del 93 para comprobar su valor por fuera del área: la potencia para desmarcarse de su rival con una bola larga, la fracción de segundo para alzar la cabeza y ver al compañero mejor ubicado, el centro teledirigido a la cabeza del ‘Niche’ Guerrero al segundo palo, la distancia de la raya de cal cuando la pelota toma vuelo tras el zapatazo certero. Un poema firmado.

Lo supo el padre desde que lo vio: su hijo iba a marcar una época y, de rebote, le llenaría los bolsillos. Lo supimos todos también. En 1992 fue la primera gran venta del fútbol colombiano al exterior, 4.8 millones de dólares pagó el Atalanta italiano, por encima de los 4 millones que había dado el Parma por Asprilla. Los goles valen oro. Pero antes del primer año se devolvió. Lo veían feliz con sus amigos de siempre paseando en su auto deportivo por las calles de su barrio. Con veintiún años y ya con el peso de su leyenda a cuestas seguía siendo un pelao de esquina. Como lo es todavía, mientras intenta sobreponerse del autogol de haber vivido una vida que no quería.

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