Patricia Escobar
Columnista / 16 de abril de 2022

Vivir la vida

Aunque seamos conscientes de que todo el que nace muere, nunca estamos preparados para recibir la noticia de la partida de un ser querido, como tampoco lo estamos para escuchar que un familiar enfermó gravemente y está en manos de Dios, aunque la ciencia haya avanzado años luz.

Esta es una historia personal, pero estoy segura de que es la historia de muchos. Mi primer gran pérdida fue hace más de 40 años. Mi padre, un adulto mayor que se veía vital, murió de repente y eso causó en mí un dolor profundo que todavía hoy siento. Después se fue mi madre. Ya era una mujer mayor que estuvo “preparándonos” de alguna forma, cuando enfermó y fue hospitalizada. Antes de partir tuvo tiempo de despedirse, y de alguna manera ella manifestó que quería ir a descansar y así lo hizo. También dolió.

Después fue mi hermana, la tercera, la más sana, la que no fumaba, no tomaba, hacia ejercicios, visitaba a los médicos para chequeos preventivos, cuidaba su alimentación, en fin, llevaba una vida sana y activa. Tanto que el día de su muerte había salido muy hermosa y muy bien arreglada, como solía estar, a un compromiso social. De repente, le sobrevino algo y en pocas horas se fue. Todavía hoy me parece mentira. Creo que está de viaje por algún lugar maravilloso disfrutando de bellos paisajes, buenas mesas, grandes almacenes, o la compañía de sus hijos y amigos.

Hasta hace poco más de un mes, yo creía que esos eran los golpes más duros que había recibido en mi vida. Pero todavía había más. Otra hermana, un año menor que yo, fue a un chequeo médico y de allí salió para una UCI. Aunque realmente no se veía mal, a pesar de que ella se sentía disminuida, estaba a punto de reventar por dentro y había que intervenirla urgentemente. Sin embargo, no se podía porque tenía la presión alta y había estado tomando anticoagulantes.

Sin embargo dio con dos eminencias médicas, pero más que eso con dos profesionales de la salud llenos de amor, compasión y fe en Dios, que hicieron lo humanamente posible para que su cuerpo no reventara mientras atendían los dos impedimentos para su operación. Antes de ser sometida a ella, los científicos nos dijeron: “Oren con fe. Estamos en manos de Dios. Haremos todo lo posible”… Fueron las 8 horas más largas, angustiosas, traumáticas y eternas de nuestras vidas. Terminada la cirugía, con el rostro demacrado, un cansancio infinito en sus manos y piernas, uno de los médicos dio el parte y volvió a decir: “Estamos en manos de Dios, hay que esperar por lo menos 72 hora a ver cómo reacciona”.

Se superó este tiempo y esta etapa, y luego otro, y otro y otro, hasta que hoy ya podemos respirar con más tranquilidad.

Ese dolor y esa angustia me ha llevado a pensar en la importancia de vivir cada día agradecidos con el Creador por darnos esa oportunidad. Desde hace tiempo, pero más en estos últimos días, cuestiono a todo aquel que se la pasa quejándose de la vida o acumulando riqueza o trabajos, para no vivir.

La vida es sencilla y nosotros nos la complicamos. Pero la vida hay que vivirla cada día con amor, con respeto, haciendo lo que nos gusta, sin excesos, sin comparaciones, sin excusas, sin culpar a Raymundo y todo el mundo por lo que nos pasa o deja de pasar. Ahora todos parecemos vivir en una eterna competencia con tiempo solo para trabajar y acumular o derrochar, y enterrarnos en la tecnología como la única compañía. No disfrutamos de todo lo gratis que nos ha dado el Creador, no agradecemos todo lo que tenemos, vivimos anclados al pasado, al que culpamos de mucho, y pensando en un futuro que solo Dios sabe si es el que nosotros soñamos o anhelamos.

En esta época de Semana Santa, aun saliendo ya de ella, siento que es necesario que cada uno de nosotros busquemos el verdadero sentido de la vida. Reflexionar sobre la verdadera importancia del dinero: obvio que es necesario, pero no lo es todo; reflexionar sobre la importancia del tiempo: obvio que es importante, pero no puede ser nuestro verdugo, y reflexionar sobre la grandeza de lo sencillo y el poder de la fe.

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